Aprendices y catedráticos

Por Javier ARISTU

 El pasado siete de junio salió publicado en Diario de Sevilla un reportaje con la firma de Paquiño Correal donde se comentaba la reunión amistosa que había congregado a una cuarentena de antiguos alumnos de la facultad de Derecho de Sevilla. La promoción de 1959-1964. La de Felipe González. Él no pudo asistir —nos dice el periodista— porque se encontraba en Nueva York. Pero sí lo hicieron otros que a lo largo de estos años de democracia han sido figuras importantes de la política, especialmente en las filas del PSOE. Hoy todos ellos están retirados de la misma aunque continúan en sus respectivas profesiones ligadas al derecho. Uno de sus profesores fue Manuel Olivencia Ruiz, de derecho mercantil, ex primer comisario de la Expo 92, ex consejero del Banco de España. Nos dice el cronista que, a la hora de los discursos típicos de estas efemérides, el profesor Olivencia dijo: “No es hipérbole ni exageración, pero la Transición española empezó en la Facultad de Derecho de Sevilla”. No sabemos si tamaño comentario fue acompañado de brindis y aplausos.

De nuevo, la Transición. Hablemos un poco de ella ya que todo el mundo sigue citándola en su paseo por nuestra historia.

Antes he querido saber algo más de la biografía de Manuel Olivencia. He tirado de recursos de Internet, ya saben, prensa, wikipedia, archivos digitales de periódicos y me aparecen algunos datos ya conocidos: catedrático de derecho mercantil, consejero del Banco de España, abogado especialista en asesoría de empresas, comisario de la Expo 92 nombrado por su ex alumno Felipe González. En 2007, su despacho sevillano se integra en Cuatrecasas, el famoso gabinete mercantil, segundo en producción tras el de Garrigues. Hay, sin embargo, un dato que me ha llamado la atención en estas bases informativas (en las que la mayoría se copian unas a otras): siempre que se llega al año 1975 —yo tenía entonces 25 años, acababa de terminar mi carrera de Filosofía y Letras y llevaba pocos meses ejerciendo mi primer trabajo como profesor— su nombre aparece citado con esta frase: “fue subsecretario de Educación y Ciencia durante el primer gobierno de la Transición democrática (1975/76)” (http://sevillanosilustres.wikispaces.com/Manuel+Olivencia+Ruiz) . En alguna otra publicación aparece así: “fue subsecretario de Educación en el primer gobierno de la Monarquía con Carlos Robles Piquer”. Lo de Robles Piquer me sonaba mucho más a camisa azul, así que tiré de más información y me encuentro finalmente con el dato: Manuel Olivencia fue subsecretario en el Ministerio de Educación que dirigía Robles Piquer, cuñado de Manuel Fraga Iribarne, a la sazón Ministro de Gobernación en aquel primer gobierno del rey presidido por Carlos Arias Navarro, antiguo director general de Seguridad con Franco y ministro de Gobernación cuando el atentado contra Carrero (1973). Fue el gobierno que, compuesto en su mayoría por antiguos ministros franquistas, compuso el rey, muerto el dictador. Duraría del 13 de diciembre de 1975 al 1 de julio de 1976. Entre sus principales componentes, recordemos, estaban además de Arias Navarro, Fraga, Areilza, Garrigues, José Solís y otros. De ese gobierno formó parte Olivencia, como subsecretario de Educación. Como todo el mundo sabe ese gobierno perdió la confianza del monarca y fue sustituido en el verano de 1976 por el de Suárez, protagonista y factor decisivo de la Transición. Olivencia, meses después, pasaría a formar parte del PSLA, el partido fundado por otro catedrático, Manuel Clavero Arévalo.

¿Qué ocurrió en esos seis meses del invierno y primavera de 1975-1976 como para que el rey recién coronado tuviese que desprenderse de Arias y de sus ministros? Pues, sencillamente, que, entre otras circunstancias, España pasó por uno de esos momentos en que la movilización social llegó a punto de máxima ebullición y donde coincidieron diferentes sectores y plataformas que cuestionaron, desde la calle, la propuesta política de aquel gobierno continuista con la dictadura. Cientos de miles de trabajadores hicieron huelgas, pararon sus fábricas, las obras de construcción, los talleres,  se manifestaron por las ciudades dormitorio de Madrid, de Barcelona, por Sevilla, por Bilbao y convirtieron el mapa urbano de España en una permanente plaza en manifestación. Detrás y delante de aquellas acciones estuvieron las comisiones obreras, ese movimiento social y político que desde principios de los años sesenta protagoniza los actos de protesta contra el régimen dictatorial.

Uno de esos incorregibles huelguistas fue un chapista de la fábrica Hispano-Aviación, luego bautizada como CASA. Ese chapista se llamaba Fernando Soto Martín y llegaría a ser un conocido dirigente de Comisiones Obreras de Sevilla, popular entre los trabajadores industriales de la ciudad… y entre la policía franquista. Esto último le ocasionaría detenciones innumerables, frecuentes estancias en la cárcel y una condena de diecisiete años de cárcel tras el proceso 1001 de 1973. Fernando acaba de morir y le hemos dado el último adiós, junto a su familia y sus antiguos y más recientes compañeros y camaradas.  Me produjo sonrojo no ver entre sus dolientes a la actual dirección política del partido en el que Fernando forjó sus armas políticas. ¿A tanto puede llegar el sectarismo y el desapego como para olvidar en el día de su muerte a un protagonista clave de la izquierda comunista andaluza contra el franquismo?

No voy a hacer aquí la biografía  de Fernando Soto porque lo han escrito muy bien Ignacio Fernández Toxo en el obituario de El País o Luis María González. Lo conocí recién ingresado, yo tenía entonces veinte años,   en el PCE sevillano, en el otoño de 1969: fue Fernando quien, en un piso sin muebles de la barriada de Miraflores, me recibió “formalmente” de las manos de dos militantes de la facultad de Medicina que precisamente al día siguiente se marcharían al PCI, el otro partido competidor, viéndome, solo y perplejo, en una Facultad de Filosofía diezmada entonces por la policía tras el famoso 1968. Luego lo vi poco, y algunas veces por la calle (sin saludarlo, evidentemente) cuando él iba de clandestino por su propia ciudad. En la legalidad tuvimos mucho más contacto hasta que, por esa fatalidad cainita que ha llevado al PCE hasta su casi desaparición,  nos vimos separados primero dentro del partido y luego en posiciones políticas diferentes. Nunca, creo, le perdí la amistad ni el buen trato. Luego nuestros respectivos hijos, en cierto modo, han seguido sus propias relaciones.

Quiero referirme a la figura de Fernando como prototipo de muchos miles de trabajadores que, desde sus puestos de trabajo o, así ocurría frecuentemente, despedidos de esos puestos laborales, hicieron gran parte del trabajo de oposición al régimen franquista. No estudiaron derecho. Bueno, algunos sí, como mi amigo José Antonio Nieto, que del banco de ajustador de CASA pasó a dirigir CC.OO. de Sevilla en la democracia y luego tuvo, a sus cuarenta y tantos años, la osadía de hacer la carrera de derecho. Hoy es abogado de trabajadores. La mayoría no hizo carrera política en la democracia, siguieron ligados a su empresa, no como aprendices, sino ya como especialistas y hoy son jubilados sesentones que todavía pasean su dignidad por las plazas llenas de manifestantes de otras generaciones posteriores.

Cuando Olivencia daba clases de derecho mercantil a Felipe González, Fernando Soto tenía que andar la mayor parte de las veces de clandestino, durmiendo en casa de otros compañeros, para evitar que la policía lo visitara de madrugada la víspera del 1 de mayo. Cuando Olivencia era subsecretario de Educación en el gobierno de Arias, Soto estaba en la cárcel de Carabanchel esperando un indulto que le daría el nuevo rey. Cuando salió libre, miles de personas lo recibimos  en la antigua estación de Cádiz, en aquellos meses en que conseguir la democracia pendía de un hilo. Cuando, en 1964,  los estudiantes de las clases de Olivencia “empezaban a gestar la transición” —según nos ha dicho el ilustre mercantilista— Soto y sus compadres Saborido y Acosta, y cientos de compañeros más, llevaban ya bastantes trienios ejercitando el duro ejercicio de una oposición al franquismo a fin de hacer posible esa transición a la democracia. Por cierto, en 1962, Felipe González es estudiante de derecho con Olivencia, pasa clandestinamepresente por Sevilla la dirigente comunista italiana Rosana Rossanda y visita a algunos “ilustres profesores” de aquella casa : no encuentra nada de interés opositor en aquella facultad (nos lo cuenta Bartolomé Clavero, en su memoria familiar El árbol y la raíz). A partir de 1977, el catedrático y el chapista valieron lo mismo, su voto pesaba igual. Esto es lo que logró la Constitución. Lo que no ha conseguido, ni conseguirá ninguna constitución, es impedir que se siga olvidando cómo fue de verdad la historia. Y olvidar la historia es afirmar que en aquellas aulas de derecho de mitad de los años sesenta se estaba gestando la transición cuando a la vez se ignora que en los talleres de aquellas fábricas sevillanas se daba, cada día a partir de las 7 de la mañana, un golpe contra la dictadura y a favor de la democracia para todos.

Nos dice Bartolomé Pipo Clavero que “hay quien cultiva la nostalgia y sus espejismos retrospectivos, una forma de contramemoria histórica, la vía para proyectarse en el pasado velando su alcance para el presente” (El árbol y la raíz). Al contrario, decimos, es obligación de memoria recordar —como escribe Toxo en su obituario—a “aquellas gentes que gracias a la memoria de la honestidad harán posible que sigan entre nosotros”. Como Fernando Soto Martín. Descanse en paz.

[Este artículo lo he escrito después de conversar amigablemente con Eloísa Baena, guardiana de las puertas de la Historia de los Invisibles]

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Ante el féretro de Fernando intervinieron, entre otras, tres personas que mantuvieron desde distintas responsabilidades y cercanías relación con Fernando:

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