Alberto Garzón, la izquierda y “La Tercera República” [1]

Flickr por SpirosK photography

Por Javier ARISTU

Seguimos con las lecturas de los resultados de las pasadas elecciones europeas. La influencia y repercusión que los mismos están teniendo sobre las fuerzas políticas españolas, especialmente en la izquierda, es colosal. En cierto sentido podemos hablar ya de un antes y un después de las elecciones europeas de 2014.

Uno. El PSOE está sometido a un proceso de elección de su secretario general por todo el conjunto de su militancia. Algo inédito en la historia de ese partido y de cualquier otro en España. Los candidatos son tres jóvenes diputados que se disputan el timón de ese partido sin que hasta el momento hayamos podido saber cuáles son los objetivos políticos y los cambios estratégicos  —o no— que piensan proponer si triunfan. Predominan las lecturas internas, propias de un partido con claves  ocultas que sólo dominan los militantes experimentados de esa formación. Pero todos hablan de tiempo nuevo aunque no es posible distinguir por sus discursos lo que separa a uno de los otros. Es significativo que un histórico dirigente y protagonista de otra anterior fase renovadora como Josep Borrell transmita su escepticismo sobre los dos candidatos con más posibilidad de salir elegidos (“Sánchez y Madina no tienen un perfil ideológico propio e identificable” dice el ex ministro) y, en todo caso, dé su apoyo precisamente a Pérez Tapias, el representante de la corriente Izquierda socialista (véase El País del domingo 6 de julio). Veremos lo que puede ocurrir en Andalucía el próximo día 13 si triunfase Madina como se deduce como posibilidad de la encuesta de El País; como se sabe y es público y notorio el aparato, la estructura orgánica y de poder que dirige al PSOE andaluz ha optado nítidamente por Sánchez.

Dos. En la última reunión de la dirección de IU, tras los resultados de las elecciones europeas del 25 de mayo y la aparición del fenómeno político y mediático de Podemos con su líder Pablo Iglesias, se ha decidido, a propuesta del coordinador Cayo Lara, encomendar al diputado malagueño Alberto Garzón la responsabilidad en IU de la Secretaría Ejecutiva de Proceso Constituyente. La principal tarea sería “dirigir las políticas que hagan posible la construcción del Bloque Social y Político, lo que incluye los contactos con otras fuerzas políticas y movimientos sociales para sumar esfuerzos y converger en esta tarea”. En definitiva, se otorga a este dirigente de 28 años la máxima función a la hora de configurar y dirigir el futuro proceso convergente de IU con otras fuerzas —se supone que especialmente con Podemos— y sectores sociales. A su vez se promociona a la dirección de esa fuerza política a un grupo de jóvenes dirigentes, todos ellos menores de 40 años. Como se ha entendido por todo el mundo es “un nuevo equipo para un nuevo tiempo político”.

Tres. Y de Podemos ¿qué podemos decir? Un grupo de muy jóvenes profesores universitarios, a través de una extraordinaria y magnífica síntesis de pedagogía contestataria, han sido capaces de movilizar a más de un millón de personas y llevarlas a las urnas para expresar su radical disconformidad con la situación de nuestro país y con el sistema político que lo conduce. Todo el conjunto del sistema político que se encuadraba en la cultura de izquierda ha sido afectado; no sabemos hasta qué punto esa ola de disconformidad llegará o no a descuadrar y desencajar los bastiones de la derecha pero afectarles, sin duda les ha afectado también.

Primer balance. Una reflexión general, de fondo, es lo que necesitamos en este momento. No es hora de “análisis postelectorales”, cuando tradicionalmente se calibraban las pérdidas y ganancias en territorios, segmentos sociales y franjas de edad para luego corregir mensajes electorales y programas de gobierno. Estamos seguramente ante uno de esos instantes importantes en la historia de una sociedad, cuando necesitamos ponernos bien los prismáticos y divisar un horizonte más allá de nuestras narices, pensando más allá del pasado mañana, imaginando incluso el tiempo futuro.

Son muchas las reflexiones que ya se van dejando caer sobre estos acontecimientos. Es tiempo todavía corto para analizar el largo recorrido de estos terremotos sociales. Tendremos que esperar a las elecciones de 2015 para consolidar análisis, corregir desvíos, confirmar intuiciones y tomar resoluciones adecuadas. Pero ya podemos adelantar que las cosas se están moviendo y a lo mejor a una velocidad y con una profundidad que no podíamos pensar hace dos años. Entre esas reflexiones me permito recomendar una que acaba de publicar nuestro blog hermano Metiendo bulla. En Un interesante artículo titulado Notas sobre la situación política se aportan claves de análisis que me parecen acertadísimas y que abre la perspectiva analítica más allá del juego de edades, generaciones, discursos de la corrupción, monarquía o república… en definitiva acontecimientos y metáforas que generalmente nos ocultan la verdadera raíz de los problemas y de los cambios sociales.

Un libro de Alberto Garzón.

Con esa perspectiva, la de los prismáticos, se lanza el diputado Alberto Garzón a divisar el futuro. Acaba de salir al mercado su último libro, La Tercera República (ed. Península), que lleva el ambicioso subtítulo “Construyamos ya la sociedad del futuro que necesita España”. En su combativa y vehemente Introducción, Alberto Garzón nos dice que su libro “tiene como humilde aspiración convertirse en una herramienta de formación política republicana, entendiendo aquí el republicanismo no como simple momento antagónico de lo monárquico sino como una tradición política íntegra. Es decir, como un paradigma a través del cual entender mejor las cuestiones políticas”. Por republicanismo se puede entender ese marco conceptual y teórico de la actividad política que, arrancando de las primeras experiencias de democracia asamblearia en Atenas y las posteriores de la república romana, traspasa a algunas ciudades italianas de la época moderna (siglos XV y XVI) y desemboca, en una vertiente, en la revolución francesa y sus asambleas cívicas; en la otra, la anglosajona, dota de cultura política a las revoluciones inglesa (siglo XVII) y americana (siglo XVIII). Tras Rousseau y Robespierre, ese republicanismo dará lenguaje y forma a ciertas tendencias políticas basadas en la democracia directa, asamblearia, de mano alzada, que se enfrenta y opone al modelo liberal de la democracia representativa, hoy vigente en toda Europa y gran parte del resto del mundo. Es decir y resumiendo, por republicanismo Garzón entiende un modelo de convivencia política donde “podemos dar mejores y más justas soluciones a los problemas reales que asolan nuestras sociedades, tales como la falta de acceso a los suministros más básicos, la falta de confianza en el sistema político y la creciente desigualdad que desborda la cohesión social”. Efectivamente, lo que plantea Garzón es un  cambio de paradigma en relación con los clásicos de la izquierda.

Es importante que un líder político escriba libros y se moje ofreciendo sus reflexiones y propuestas por escrito, desde su autoría personal y no escudándose en “informes colectivos” de la organización que, luego, a nadie comprometen cuando esos mismos informes muestran posteriormente sus errores y fracasos. Garzón es persona sensata, honesta, dotada de capacidades intelectuales potentes que pueden hacer de él un dirigente político nacional, sin ninguna duda. No es el primer libro de este autor. Desde hace pocos años nos ha venido ofreciendo, en solitario o colaborando con otros conocidos publicistas, sus análisis y propuestas. Por ello, repito,  creo que hay que saludar ese compromiso cívico para ofrecer a los ciudadanos su visión de lo que está pasando y su propuesta de cambio.

Lo que ocurre es que no todo lo que dice Alberto Garzón puede ser aplaudido.

Es sorprendente, cuando uno abre el libro y ve, página tras página, cómo ese paradigma del republicanismo cívico es con el que el autor pretende constituir el cemento de ideas, el sustento teórico en el complejo imaginario de la nueva izquierda española; paradigma curiosamente lanzado desde un militante significativo del PCE, partido en el que Garzón milita y del que no reniega, partido y cultura política al que teorías como el republicanismo cívico le vienen mal compuestas y suponen, dicho en cortas palabras, un contradiós con respecto a lo que ha sido la historia cultural de ese partido. De su presente no soy capaz de discernir sus fundamentos.

El autor hila su línea argumentativa a partir de la crítica radical, rotunda, contra la “democracia representativa” y contra su paralelo de izquierda, el modelo socialdemócrata. Hasta aquí, nada nuevo bajo el sol: la crítica a ambos fue constituyente del paradigma comunista… hasta que en ciertos territorios de ese universo comunista comenzó una elaboración diferente al modelo leninista y, comenzando por el Gramsci de los Cuadernos, siguiendo con las formulaciones de Togliatti y Berlinguer, continuando con las elaboraciones del PC español desde 1956 y otras muchas aportaciones, se plantea un paradigma estratégico que aúna democracia parlamentaria y pluripartidista con cambios económicos de orientación socialista. La crítica de esa llamada democracia procedimental (antes la llamábamos formal) no es por tanto nueva. Desde esa perspectiva da la impresión de que el autor retrocediera cientos de años y a través de esa crítica a los modelos de democracia parlamentaria que hoy constituyen el núcleo duro de los sistemas políticos  en una gran parte del mundo quisiera construir otro modelo democrático, la llamada democracia sustantiva (antes la nombrábamos democracia real o democracia directa) , cuyos referentes son la Atenas de hace más de dos mil años o la Francia de Robespierre. No hacía falta ir tan lejos para desmontar “el actual sistema” y construir uno nuevo donde aparecen —no sabemos a ciencia cierta si Garzón considera al parlamento una  institución democrática sustantiva— como instrumentos decisivos la democracia directa, la revocación de cargos, el sometimiento del representante al mandato imperativo y otros instrumentos que, generalmente, sólo han funcionado en contados y reducidísimos momentos históricos. Una curiosa salvedad: entre esos instrumentos de democracia directa no se promueve la “designación del cargo por sorteo”, seguramente el medio más igualatorio y democrático que los atenienses utilizaron en algunos momentos, como muy bien recalca el autor.

Nuestro autor obvia y desprecia al mismo tiempo todo el caudal de aportaciones democráticas que desde el mismo Engels se han venido haciendo desde el campo teórico del movimiento obrero y que, con contradicciones y defectos sin duda, vienen a consolidar un modelo de estado democrático que ya no es “el estado burgués que hay que derribar” y donde se rompe la dicotomía democracia formal/democracia real que durante muchos años atenazó las posibilidades de influencia del movimiento de los trabajadores y de sus partidos representativos.

Más aún, es desproporcionado el balance evaluador que se hace respecto de experiencias históricas de enorme repercusión sobre nuestras vidas. Para analizar la democracia sustantiva o directa experimentada en Grecia —que no olvidemos se nos pone como ejemplo de lo que se podría hacer ahora— se extiende a lo largo de dos capítulos completos, el 3º y el 4º de un total de 8. De la experiencia contemporánea del fracaso del socialismo de estado, en teoría la primera experiencia histórica de constitución de una “democracia obrera”, que va desde 1917 a 1989, sólo aparecen algunos elementos sueltos, no se dedica ningún capítulo a lo que sin duda es un hecho decisivo para entender bastantes razones de lo que no está pasando y para proyectar nuevos planteamientos. Se llega incluso a decir que “lo que siguió políticamente al socialismo es bien conocido y no es objeto de debate de este trabajo”.

Son muchas las ocasiones en que Garzón nos incita a discrepar. Es un escritor claro, coherente y diestro en la argumentación y por eso, por su claridad,  es posible y fácil disentir de él. Nos habla de las fuentes en las que se ha alimentado para formular su proyecto constituyente y su modelo de democracia sustantiva; son representativas de un amplio y diverso conjunto de autores de indudable prestigio que han reflexionado en épocas anteriores sobre la crisis, sobre la democracia y sobre la izquierda. Forman parte muchos de ellos del caudal de aportaciones de la izquierda europea. En eso demuestra Garzón su afán por informarse, por investigar, por escrutar los pasajes de crisis y victorias de la izquierda aunque no creo que bastantes de esos autores de referencia compartirían las conclusiones de Garzón. Creo que el resultado final del planteamiento que propone Garzón no es lo que puede sacar a la izquierda española de su situación a la defensiva, no son sus propuestas las que podrán alguna vez convertir la actual guerra de posiciones en una ofensiva contra el neoliberalismo; más bien creo que las propuestas que plantea y el paradigma teórico en el que se ha situado el diputado de Izquierda Unida pueden llevar a esa izquierda precisamente a una situación de mayor aislamiento y desconexión de la nueva sociedad. Y lamento decirlo porque a muchos nos gustaría que tuviera éxito.

Pero de todo esto hablaremos en entradas posteriores.

 

 

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