Comentarios al Apocalipsis

Foto Flickr por publikaccion.es

Por Antonio SÁNCHEZ NIETO

  Cuando alcancé el uso de razón (con Franco era materia de uso restringido) milité en la izquierda; primero en CC.OO. y luego en el Partido. Comenzaban los setenta y yo entraba ya en los treinta casado y con niño. Trabajando, entre múltiples saltos y carreras, terminé la de Económicas. Como corría bien, eludí hostias y comisarías, y así me convertí en un militante más corto de épica que de miedo, emoción que el régimen producía de forma generosa y eficiente.

Era entonces el militante un personaje sólido que profesaba un  pensamiento fuerte. Si a lo de universitario sumabas lo de sindicalista eras la hostia. Caías bien a mucha gente- algunos hasta ligaban – y fatal a la mayoría. Eras un amateur (amante) de la política, palabras que, juntas o separadas, no tenían las connotaciones negativas actuales.

Te sabías parte de un colectivo que, aunque minoritario, era portador de unos valores modernos, esencialmente libertarios, que se iban incorporando al “sentido común” de la sociedad. Sentías que tus ideas iban en el sentido de la Historia: existía un futuro mejor. (¡Tranqui! No va de miles gloriosus…)

Pronto las urnas desbordaron nuestros temores: efectivamente, el grupo parlamentario del PCE cabía en un taxi. Oriente dejó definitivamente de orientar a la izquierda, que ahora miraba al Norte. Europa era una idea progresista y nos hicimos europeos con derecho a estado de bienestar (que de eso se trataba también). Los sindicatos teníamos influencia en la sociedad ¿os acordáis de que todos los periódicos tenían una sección de laboral?

El retorno a la normalidad-¿en España?- democrática trajo cambios inevitables. Pronto el militante, término de resonancia marcial, devino superfluo en una sociedad  progresivamente civilizada. Las asambleas y cualquier medio de participación colectiva languidecieron porque no se acomodaban (salvo en situaciones críticas) al buen gusto de la recién estrenada clase media trabajadora. Los sindicalistas nos amoldamos con entusiasmo vario a la nueva realidad (que llegaría a ser virtual; hoy se pueden convocar huelgas solo por Internet, evitando el imprevisible calor humano). A partir de entonces los antiguos militantes pasamos a llamarnos liberados, calificativo que ampliaba el deseado consenso transversal: ahora nos odiaban por la derecha y por la izquierda.

La excitación del momento y la  dramática necesidad de profesionales en el sindicato empujaron a alguno de nosotros a alargar nuestro compromiso con la organización, transformando nuestra anterior función de agiprop  en la más lustrosa, aunque precaria, de Gabinete Técnico –se decía en mi Sector del Transporte Aéreo que lo de gabinete venía de sus dos únicos componentes, Gabi y Nieto.

Mientras, Aznar, en vez de meterse en política, estudiaba para futuro presidente, y las mentes más (económicamente) dotadas, desde los departamentos de estudios de los bancos, en los think tanks de las fundaciones, de los gobiernos, en las Escuelas de Negocio, elaboraban la ideología neoliberal que pronto se convirtió en pensamiento único.

No fue la mía mala elección pues me permitió vivir, como sujeto activo y pasivo, un proceso de cambios económicos trepidantes llamado desregulación desde un observatorio tan interesante como el transporte aéreo. Tocaba negociar la transformación de un sector, monopolio de una empresa pública,  en otro inserto en la vanguardia de la globalización y libérrima competencia entre multinacionales, que aparecían y desaparecían como setas. Privatizaciones, alianzas transnacionales, UTEs, subcontrataciones, dualidad en el mercado de trabajo, financiarización del capital fijo, corporativismo, reducciones de plantilla y salarios…conceptos ahora aceptados con fatal normalidad entonces nos enervaban por sus novedosas consecuencias. Eran los ochenta y aún íbamos, ya trabajosamente, al rebufo de la Historia. Por ejemplo, era de sentido común que los sindicatos negociáramos el abanico salarial o que, en bastantes sitios, las grandes empresas elaboraran Balances sociales para… ¡legitimar su acción ante la sociedad! Ejemplos banales, ya sé, pero que indican un clima tan diferente al actual…

Pronto apercibimos que el viento de la Historia cambiaba de sentido. Ahora nadábamos contracorriente.

 Las palabras mudaban de significado. Las anheladas reformas de las estructuras, se convirtieron en reformas estructurales, que implicaban lo contrario. Tampoco la actual nacionalización de la banca es lo que creíamos, y lo que entendíamos como progresiva redistribución de la riqueza se produjo velozmente, pero en sentido contrario. Modernizar significaba desindustrializar. En fin, un lio…

Todo empezó a ser rápido, fluido y breve. Las empresas, las relaciones amorosas, las lealtades, los empleos, las novelas,… cada vez duraban menos.

La falta de sustancia, lo light, se prestigió: el café sin cafeína, la cerveza sin alcohol, la leche sin lactosa, los filetes sin grasa, los partidos sin ideología, la sociedad sin conflicto. Y comenzó lo del pensamiento débil, el desprestigio de cualquier idea de cambiar el rumbo de la sociedad (pensamiento fuerte) dado el coste de todos los intentos anteriores. Lo sólido se convirtió en pesado.

Ser positivo se convirtió en un imperativo moral transmitido a través de libros de autoayuda, estupefaciente con sabor a filosofía y psicología, pero sin rastro de tan tóxicas sustancias. Conocer el pasado, criticar el presente y desconfiar del futuro devino propio de gente venenosa que lastra el necesario entusiasmo que requiere nuestro dinámico tiempo. En un entorno tan fluido todo es coyuntura, nada estructura.

Esta alteración del entorno requería adaptación en la izquierda. Y nuestras élites cayeron en cuenta de que la relación de fuerzas (que raro suena hoy) invitaba a pensar que, al fin y al cabo,  “es mucho más lo que nos une que lo que nos separa”. Y  pasaron a parasitar a los neoliberales en sus ideas económicas, en ocasiones con excesivo entusiasmo. Y como lo económico determina lo cultural también renunciaron a sus mitos, ritos, puños, banderas y cultura. Era necesario renunciar a la identidad que diferenciaba.

Enterrado el socialismo con (no por) González, la izquierda realmente existente inventó la tercera vía o capitalismo compasivo, explicando que al existir un capitalismo bueno y otro malo, como el colesterol, elegían el bueno. Era una idea inclusiva: todos, obreros y banqueros, éramos socios. A su vez el capitalismo compasivo incluía en sus consejos de administración a las élites conversas mediante un ingenioso mecanismo de puertas giratorias.

Respecto a la mayoría, la actitud de las clases altas no cambió. Se cuidó de que, como consumidores, siguiéramos comprando coches, casas y artilugios; pero, como productores, el trabajo se hacía cada vez más precario e inseguro y nuestros derechos se fueron flexibilizando continua e imparablemente. Eso sí, el monstruo es cada vez más amable: en las tiendas y los WC nos llaman caballeros (que realmente no existen desde el medievo) y nos dan el tratamiento de don (antes exclusivo de hidalgos, también desaparecidos). Pasaron de llamarnos gente menuda, proletarios, obreros, trabajadores, a clase media. Cosas que no tienen coste. Pero ni hablar de contribuir al Estado del Bienestar con sus impuestos.

De paso, nos convencieron de que el ser rico o pobre no depende del entorno social sino de nuestra propia valía y, por tanto, el término clase trabajadora devino humillante al ser aplicado a los que menos valen. A partir de ahí carece de sentido calificar la sociedad de injusta, porque al ser la responsabilidad individual carece de sentido pedir a la política que arregle nuestras carencias.

 Ya no se trataba de transformar la sociedad, que se encontraba encantada de sí misma, sino de amoldarse a sus gustos. Consecuente e inevitablemente los sindicatos se despolitizaron y las elites de izquierda se desideologizaron. La política profesional pasó a ser monopolio, más que nunca, de gente bien en la que predominan pijos neoliberales formados en escuelas de negocios. La gente que sabe.

A la gente menuda empezaron a  enseñar que lo de la democracia fue el regalo de un rey y cuatro listos (y ahora, por la izquierda, que Transición equivale a traición).

Pero era innegable que las conquistas  en sanidad, educación, infraestructuras, igualdad de género… iban en línea con las reivindicaciones de la izquierda.

 Ya en aquella época, los valores culturales habían cambiado de tal forma que gente como yo pasó de ser percibido como un profesional sindicalista a un sindicalista profesional, lo que implicaba subir un escalón desde la sospecha a la infamia. En el actual imaginario colectivo, la palabra “profesional” siempre da lustre, no importa lo que se profese,  salvo que sea sindicalismo o política (de izquierdas).

 En los noventa ocurrió el milagro español. Las necesarias mejoras de infraestructuras se convirtieron en un exuberante despilfarro. Se urbanizó el campo, se alicató el litoral, se llenó el país de aeropuertos para peatones, de autovías sin coches, AVEs sin viajeros, ciudades de la Cultura sin estrenar, gigantescas bibliotecas sin libros, de perros atados con longaniza (más bien, chorizos)… Sin saber por qué -en eso consiste el milagro- nuestros dirigentes nos contaron que pronto superaríamos a Italia, Francia…Y exhibían con orgullo la facilidad con que en España se hacía dinero por parte de unos personajes que, en aquella época, no llamaban arribistas sino generosos amiguitos.

 Cuando me jubilé estalló la crisis (mera coincidencia, creo yo).

La de aquí, a la esencia financiera de la crisis global, unía la exuberante corrupción política. Fue como una revolución, pero al revés. Como en toda revolución, los cambios latentes se aceleraron y la ideología de la clase dominante, el liberalismo económico, mostró su fracaso. Pero no hubo un cambio de élites. Al contrario, éstas se reforzaron en lo político, económico y, posiblemente, cultural. Los cambios provocados son profundos, de larga duración y probablemente irreversibles. Lo que antes llamábamos de estructura. El proyecto neoliberal ya se ha concretado en  la realidad en que estamos instalados. Lo inaudito es que este cambio tan radical se ha producido sin resistencia de la izquierda institucional, tan mimetizada con la derecha que carece de ideas diferentes.

 Y es muy inquietante que sea la calle el espacio donde se ha desarrollado la oposición ante la inutilidad de las instituciones. Me esfuerzo en creer que el resultado de las elecciones europeas en España signifique un punto de inflexión, y no un mero fogonazo, en esta tendencia demoledora que viene de lejos. Del Norte tampoco vienen buenas noticias: crecen los que buscan en la identidad refugio frente al foráneo culpable.

  Lo novedoso de esta crisis es que la clase dirigente no promete un futuro mejor para todos como premio al sacrificio del presente. Nos consuelan con que los salarios bajos y los trabajos basura atraerán inversión y se reducirá el paro. Eso sí, que nadie sueñe en volver al trabajo estable, sobreprotegido por legislación laboral, con jornadas laborales y salarios establecidos por negociación colectiva… eso crea individuos dependientes.

Los que no se consideren mediocres son invitados a la movilidad externa.

Y como brillante alternativa a los millones restantes nos proponen al emprendedor, personaje que acabará con la explotación del hombre por el hombre, pues se exprimirá a sí mismo, libre de jornadas y salarios limitados por ley: el hombre libre. ¡Se acabó el conflicto social!

La derecha tiene un proyecto político que está aplicando con eficacia.

¿Y la izquierda? ¡Ah, sí! La izquierda institucional, para salir de la, en mi  opinión, apocalíptica situación política, social, institucional y cultural, nos ofrece renovar (no cambiar, ¡por Dios!) las elites mediante unas primarias donde elegir a nuestros líderes, no en función de lo que piensan-¿a quien le importa?- sino de su juventud, donosura y facundia, ¡que ilusión! Pero ni un proyecto, ni una idea que levante a la sociedad del fatalismo en que está sumida.

¿Y la gente? Muy confiada no parece. Unos cuantos miles se largan individualmente    para hacer patria en el extranjero. Otros cuantos millones optan por salidas colectivas, creando otras patrias en el mismo solar. El Rey, el jefe de la oposición,  el seleccionador de La Roja… se van; la impresión de escaqueo general es nítida.

Comparto con Javier Aristu la sensación de decadencia que hace pensar en el XVII español.

  Pero tengo la esperanza de que ésta sea una visión subjetiva, distorsionada por la experiencia vivida de un militante de los setenta, sin la distancia que requiere el análisis científico. Una mera proyección en mi país de mi otoño biológico. Porque como no sea así…