Transición y monarquía

Foto por Font del Vi

Por Francisco FLORES TRISTÁN

Hay afirmaciones que dejan a uno perplejo como esta tan socorrida últimamente de que una Constitución sirve para una generación y que los que los que no la votaron, a causa de su edad, no se sienten concernidos por la misma.  La actual Constitución española  tiene 36 años… Sí, es un poco antigua, pero no tanto como la francesa, 56 años, la alemana, 67, por no hablar de la de EEUU, que tiene 240 años, eso sí con numerosas enmiendas que la han ido poniendo al día. En ninguno de esos países es frecuente oír que haya que cambiar de Constitución cada generación.

Más peso, aunque creo que no mayor razón, puede tener el argumento de los que invalidan la actual Constitución por ser fruto de la “transición inmodélica” (en palabras de algún articulista), es decir, de un proceso en el que la Izquierda se bajó los pantalones ante la presión de los poderes fácticos trayendo como resultado las actuales lacras que ahogan la vida política, corrupción, déficit de representatividad e incluso el retroceso de los derechos sociales, de los que también la Transición sería culpable.

Javir Aristu acaba de escribir un artículo sobre el asunto con el que no puedo estar más de acuerdo. Me gustaría en este sentido contribuir al debate comentando dos argumentos, a mi juicio bastante falaces, con los que se quiere invalidar  la Transición.  Uno de ellos es que  el mal funcionamiento de la Democracia o, para algunos, la falta de ella, sería producto de la ausencia de una verdadera ruptura con el Régimen anterior, de la no depuración del aparato del Estado y de la instauración de la Monarquía, que operaría como garante del poder de la oligarquía.  Si el dictador no hubiera muerto en la cama, si hubiera sido derrotado, según esta tesis, ahora tendríamos una verdadera Democracia, es decir una República, en la que el poder no estaría en la oligarquía sino en el pueblo que sin duda se sentiría plenamente identificado con el sistema. Bien, pues miremos a nuestros vecinos. Tenemos cerca dos países, Portugal e Italia, que salieron de sus dictaduras mediante la derrota del dictador. Allí no hubo pacto con el régimen anterior, que fue derrocado por la fuerza; en Italia incluso fue colgado el cadáver del dictador en una plaza de Milán y por supuesto la Monarquía fue abolida proclamándose la República. Pues bien, no sé si tendré que graduarme las gafas, pero yo veo en Italia y Portugal problemas políticos, (corrupción, déficit de representatividad, retroceso en los derechos sociales) muy parecidos a los de España.

El otro argumento al que recurren con frecuencia los detractores de la Transición es que ésta reproduce el Régimen de la Restauración canovista: dos partidos que se reparten el poder representando a la oligarquía y excluyendo a todos los demás, incapacidad para hacer reformas, falta de sintonía con el país real, problemas todos que abocaron al fin de la Monarquía alfonsina. Pero esta interpretación no puede ser más lejana a la realidad. En la Restauración canovista el bipartidismo estaba blindado por el sistema caciquil que falseaba sistemáticamente el sufragio en las zonas rurales de tal forma que se aseguraba siempre el triunfo del partido que estaba en ese momento en el Gobierno. Esto es plenamente comprobable porque ni una sola vez  en el período 1876- 1923 un Gobierno perdió unas elecciones; además el triunfo del partido en el poder no era por la mínima sino siempre por goleada: si se analiza en la prensa o en las Actas los resultados electorales se observa que el partido gubernamental siempre gana con un mínimo de 2/3 de los escaños. Era el Rey quien cambiaba los Gobiernos y los dos partidos, conservador y liberal, estaban de acuerdo en que así fuera. Esto sí que se podría calificar de “pasteleo”.  Es precisamente la incapacidad de aquel Régimen para abrirse a la sociedad y permitir la participación de las clases medias y de los trabajadores en el poder lo que causó la crisis que le llevó a desaparecer. Mientras en Gran Bretaña el Rey aceptaba sin problema a un Primer ministro laborista en 1924, en España el rey promocionaba una Dictadura militar cuya caída arrastraría a la Monarquía.

No es comparable la situación del régimen salido de la Constitución de 1978. Aunque ha habido un bipartidismo, éste ha sido determinado por las urnas. Y aunque el sistema electoral puede haber potenciado este bipartidismo, no lo ha sido más que cualquier país del entorno. Aunque el sistema no es estrictamente proporcional, lo es mucho más que países como Francia o Gran Bretaña donde rige un sistema mayoritario. Por otra parte, los constituyentes se cuidaron mucho de reducir al mínimo la intervención del Rey en los asuntos políticos, al revés de la Constitución canovista que hacía de la Corona el protagonista fundamental del sistema político. Y esto último siempre se ha cumplido. La única intervención política personal del actual Rey en todo este período se produjo el 23 de febrero  para parar el golpe de estado.  En estos 36 años ha mejorado sustancialmente servicios como la Educación y la Sanidad, las infraestructuras y, por primera vez en toda la edad contemporánea el Ejército está sometido al poder civil. No hay “ruido de sables”, eso que tanto temíamos cuando éramos jóvenes.

Todo esto no significa que el país, y la propia Constitución, no necesiten reformas que regeneren la vida política, restablezcan y aumenten los derechos sociales que el actual Gobierno, y en parte también el anterior, han cercenado so pretexto de la crisis y aborden el problema de la integración de territorios como Cataluña o el País Vasco. Ahora bien, entre estas reformas necesarias ¿es prioritario hacer un referéndum sobre Monarquía o República? Yo soy de los que todavía se emocionan con la tricolor y el Himno de Riego (a pesar de su aire charanguero). Pero la política no es cuestión de romanticismo sino de realismo. Teniendo el país los graves problemas que tiene planteados, pienso que dar ahora una batalla por la forma de estado plantearía una división irreal e innecesaria del país, enfrentaría a la Izquierda con sectores monárquicos pero demócratas, cuya colaboración es necesaria para resolver los problemas  urgentes, por ejemplo los territoriales, que tenemos planteados. En 1931 muchos monárquicos, empezando por el que sería el primer Presidente de la República,  se pasaron al campo republicano porque veían al Rey como un obstáculo para el progreso de España. Por eso pudo decir con razón otro monárquico, José Sánchez Guerra, que la República no la trajeron los republicanos sino los errores de la Monarquía.  Por el contrario en 1978 Jordi Solé Tura, el representante comunista en la ponencia constitucional pudo decir algo que creo que conserva su validez hoy;  hasta ahora la Izquierda había rechazado la Monarquía porque ésta era incompatible con las reformas que planteaba la Izquierda, de tal forma que ésta tenía que suprimir la Monarquía, como paso previo a los cambios sociales que planteaba. En 1978 la Izquierda acepta la Monarquía porque ésta a su vez admite su compatibilidad con un Gobierno de Izquierda…  (y con las reformas que plantee … podría añadirse hoy)

Francisco Flores Tristán, es catedrático de Historia en Enseñanza Secundaria. Fue secretario general de  CC.OO. de Enseñanza en Andalucía.

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