¿Y después del 25 de mayo, qué?

Foto Flickr Simon Bourguiboeuf

Por Javier ARISTU

Ante las elecciones europeas del próximo domingo van apareciendo en los medios un conjunto de valoraciones previas que conviene subrayar: la primera de todas, el previsible alto índice de abstención que nos llevaría a confirmar la crisis de la relación hasta ahora afectuosa entre la ciudadanía española (y europea en gran medida) y ese proyecto de unidad económica, monetaria e institucional que es la UE. Una segunda es el también previsible ascenso de las formaciones nacionalistas, xenófobas y de extrema derecha. El descontento social, la profunda desafección de una parte muy considerable de ciudadanos con respecto a un sistema social y político que les manda al paro, les recorta las pensiones y los servicios sociales, ha hecho que se decanten hacia posiciones claramente anti-sistema o, al menos, hacia la manera de gestionar la crisis por parte de la clase dirigente de los últimos treinta años. Una tercera valoración se refiere al resultado que obtendría  la socialdemocracia europea, muy identificada con las opciones tomadas a lo largo del proceso de reajuste económico en Europa, y que no va a tener ni mucho menos un triunfo o resultado que sancione su actual política, por lo que tendrá que plantearse si debe acometer una línea diferente a la hasta ahora desarrollada. La cuarta marca la recuperación, leve, de la izquierda llamada radical o alternativa que engloba a sectores muy diversos en aspectos programáticos decisivos, y que ha pretendido en estos años de crisis alzarse con parte de los votos que iban hacia la socialdemocracia. Sin embargo, su esperable subida electoral no será suficiente para hacer cambiar el rumbo del proceso, dado que sus resultados se mueven en índices por debajo del 15%, umbral moderado si se quiere ser decisivo en política. Una quinta se refiere a la confirmación y estabilidad en Europa de las opciones verdes o ecologistas que siguen jugando, posiblemente cada vez más, un papel representativo y cohesionador de un sector social importante en nuestras actuales sociedades.

¿Y en España? El debate preelectoral augura un duelo de perdedores entre PP y PSOE. Cuando digo de perdedores me refiero a que ambos, al parecer, obtendrán unos resultados decepcionantes comparados con lo que esos partidos han significado en el sistema político de las dos últimas décadas. La crisis de legitimidad se llevaría por delante, aun quedando como “partidos mayoritarios”, al PP y al PSOE que, con resultados bajos (en torno al 30%), y en un contexto de fortísima abstención, significa ni más ni menos que el fracaso de este sistema político basado en esa alternancia. Por el contrario, en las fronteras del PP comienzan a surgir formaciones que, unas al calor del conflicto nacionalista (UPyD) y otras recogiendo una vieja cultura de nacionalismo español cuajado en el proceso antiterrorista (Vox), podrían en un futuro asentarse como muletas del hasta ahora hegemónico PP. Y a la izquierda del PSOE la crisis social, económica y autonómica ha producido un arco iris de fuerzas políticas que todas se reclaman de “la izquierda alternativa, radical, crítica con el proceso europeo y antítesis de la socialdemocracia”. Diversas encuestas podrían dar diputados europeos a la coalición de IU (de 6 a 8 diputados), la plataforma Podemos (entre 1 y 2) y la coalición Primavera Europea-Equo-Compromis-Chunta (con 1 diputado). En resumen: el PP obtendría en números redondos 20 escaños (tenía 24), el PSOE 18 (tenía 23), IU 6 (tenía 3), UPyD  4, además de las dudas de las nuevas candidaturas citadas. Un magro resultado después de tanta movilización y tanto desgaste social.

Primera lectura política: la izquierda política no recupera el terreno perdido en los últimos años, a pesar del reforzamiento electoral de IU y de la entrada de Podemos y Compromís-Equo. Los cinco años de la pasada legislatura europea, la más dura crisis desde la segunda guerra mundial, no han sido los de la recuperación de la izquierda. Solo en Grecia, con la irrupción tan novedosa y atractiva de Syriza, podemos hablar de un papel alternativo, cohesionador y aglutinante político de la izquierda social. No es raro que, por ello, muchas voces de izquierda de nuestro país hagan más campaña a favor de Tsipras que de su propio candidato Willy Meyer, o que en la misma Italia ante la inexistencia de un partido de izquierda alternativo al PD de Renzi, se haya constituido una plataforma electoral a favor de Tsipras. Por otro lado, el proceso social de estos últimos años ha dado como resultado más que una unidad en lo político-electoral, que es lo que cualquiera pediría para salir de la crisis,  una dispersión del voto de esa izquierda: si antes solo IU acogía el voto de protesta ante el PP y el PSOE hoy tiene que competir con Podemos, con Compromís, con Equo… y veremos en el futuro si con alguien más. “Del partido único del proletariado…a la dispersión de siglas y candidatos”.

Segunda lectura: cada vez más se deja ver una difusa opinión electoral que va en la línea de un voto útil pero visto de otra forma: no se trata de aglutinar, como antes, el voto en torno a la fuerza mayoritaria del PSOE o del PP, sino que esta vez mucha gente va a votar con la idea de castigar a una determinada candidatura. De esta forma, algunos votarán al PSOE para debilitar y golpear al PP, otros votarán a IU porque el PSOE les decepcionó en 2011 y posteriormente, unos terceros votarán a Podemos o Compromís, descontentos con IU y para obligar a esta fuerza a abrirse a otras alternativas y componentes sociales. Podríamos hablar de un voto corrido: cada uno vota al otro para castigar al que posiblemente antes era el suyo. En definitiva, se está produciendo una ruptura de las identidades electorales hasta ahora sólidas y cada vez más el cuerpo electoral, muy abstencionista esta vez, es verdad, manifiesta la volubilidad y desplazamiento de unas capas sociales desconcertadas, agobiadas, cabreadas por la crisis y la ofensiva neoliberal pero que no ven salidas o propuestas coherentes y serias por parte de sus representantes políticos.

Tercera lectura: la crisis social es mayor de lo que se puede pensar, los cambios en marcha van más allá de los programas electorales que nos presentan (aunque estos no aparezcan en las informaciones de los medios ni en la escasa propaganda) y trascienden los resultados del 25 de mayo. O la izquierda “se socializa”, es decir, se mete a fondo en las grandes cuestiones que están atravesando y golpeando a todo el cuerpo social, o se mimetizará como clase política e institucional, generando y aumentando la ya importante desafección ante el gobierno de la política. Y otros serán los que se lleven el gato al agua.

Algunos asuntos que nos interesan de verdad van más allá del comentario machista de Cañete, de quién será el nuevo presidente de la la Comisión o de la repetición mecánica de un mantra anti-derechista. Hablamos de asuntos que ya no son de Estado sino de Sociedad, en mayúscula, es decir, de importancia histórica. Tres asuntos cito para intentar convencer del extraordinario momento en que nos encontramos:

  • El papel y función del trabajo y sus derechos en la sociedad que se está gestando. Y esto no es asunto sindical, ni corporativo, ni de una parte de la sociedad. Es quizás la cuestión más importante que un partido de izquierda debe plantearse en este momento. Cómo gobernar el curso de una sociedad que se está transformando a marchas agigantadas desde un modelo industrial corporativo hacia uno líquido, informal, difícil de controlar desde las instituciones clásicas, y donde ya no valen viejas recetas.
  • La inmigración y el futuro de una sociedad multicultural, diversa y conflictiva,  que solo puede  ser guiada si defendemos un modelo cosmopolita, es decir, universal y de derechos globales. Creo que, por ello, es fundamental crear un nuevo discurso general que se enfrente decididamente a los nacionalismos, a los particularismos, a las identidades construidas a partir de relatos míticos que, por mucha “masa nacional” que haya dentro, son eso, mitos.
  •  La constitución de un sistema de convivencia social que ya no puede estar basado solo en la aportación salarial a lo largo de la vida que permite disponer de una pensión y una seguridad social sino que tiene que fundamentarse seguramente, dado el previsible futuro de “la cuestión trabajo”, en un modelo de cooperación social e intergeneracional nuevo y diferente. Por ello, habrá que repensar la relación estado-sociedad-individuo de manera distinta al pasado si se quiere invertir la actual correlación a favor del modelo neoliberal.

Y ante la inmensa profundidad de esta crisis, la izquierda o, si prefieren, las diversas modalidades de izquierdas, ofrecen respuestas parciales o retóricas. Como dijo con proféticas palabras el admirado Bruno Trentin (que no por casualidad fue militante de la resistencia antifascista, sindicalista, secretario general de la Fiom, luego de la Cgil y, al final, eurodiputado entre 1999 y 2004  por la lista de Democráticos de Izquierda): “vuelve a emerger la contraposición histórica entre un maximalismo reivindicativo, instrumental y subalterno con relación a la primacía de la lucha política que tiene como objetivo ante todo, la conquista —si no del poder estatal— sí por lo menos del gobierno; y, de otro lado, un gradualismo redistributivo cada vez más condicionado por la restricción de los espacios existentes para una recolocación de los recursos frente a la crisis fiscal e institucional del estado del bienestar, particularmente en su versión asistencialista” [La ciudad del trabajo, p. 19, traducción de J.L. López Bulla)

Estamos ante cambios generacionales, históricos, de profundo calado, de esos que en el futuro hablarán los manuales de historia social. Por ello hay que mirar más allá del escaño del Parlamento de Bruselas, hay que superar las fronteras nacionales, partidarias o identitarias de todo tipo, hay que elevarse por encima de esta marea de dramas y tragedias humanas y, precisamente para combatir con éxito sus causas,  ofrecer un discurso y un programa con los que sea posible convencer al indeciso,  atraer al inconformista y construir un verdadero bloque social progresista que sea capaz de derrotar las ideas neoliberales y avanzar hacia una sociedad más igualitaria, equilibrada y avanzada. Veremos si el 25 de mayo los resultados avalan esto o, por el contrario, obligan a la izquierda en su conjunto a ser más coherente en su autodefinición.

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Sugerencia para leer: Europa, un voto que puede ser decisivo, de Antonio Lettieri, en el blog hermano Metiendo bulla

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