Contra el estado del malestar

Oficina británica de Empleo

Por Carlos ARENAS POSADAS

Aunque un poco tardía, vaya aquí una contribución al debate que han sostenido mis amigos blogueros acerca del origen, la naturaleza y la crisis actual del Estado del Bienestar.

 Siguiendo una muy larga tradición interpretativa, la ocupación del Estado en la asistencia y bienestar de los ciudadanos a finales del siglo XIX  suele ser atribuido al temor de los gobernantes a la pujante fuerza obrera que amenazaba con hacer política y empezaba a ocupar  parcelas de poder. El Estado de Bienestar fue una conquista,  “no fue un regalo”, se ha dicho.

 No todo encaja, sin embargo. Los protagonistas del movimiento obrero de finales del siglo XIX en Europa (no entraremos aquí en el “excepcionalismo” norteamericano) no eran obreros cualesquiera. Formaban parte de lo que Hobsbawn y Thompson, entre otros, llamaron la “aristocracia obrera”. Aquella “aristocracia” sostenía y regentaba fórmulas de solidaridad mucho más avanzadas y complejas que las meras relaciones familiares, de afinidad y buena vecindad. Existía un entramado mutualista, cooperativo, educativo, de empleo, etc., sostenido por cotizaciones obreras y subvenciones municipales. Aún más, en algunos lugares, como en Gante, y de ahí en otras ciudades y países, el modelo derivó en un paradigma asistencial dotado de recursos propios que ha sobrevivido hasta la actualidad y ha dado como resultado las más altas tasas de afiliación sindical que se conocen.

 En otros países, en el primer tercio del siglo XX, el Estado fue extendiendo los derechos sociales  al conjunto de los trabajadores. ¿Conquista de derechos o regalo? Ni una cosa ni otra. Quizás sea mejor encajar ese proceso como un intercambio político entre clases sociales en un momento en el que una estructura de acumulación capitalista y un Estado liberal caducaba –la que se conoció como la “gran depresión” antes de conocer las de 1929, 1973 y 2008-, y era sustituido por una nueva estructura –la protagonizada por el capital industrial monopolista- y un nuevo Estado corporativo.

 El derecho del trabajo, el sistema estatal de prestaciones sociales fueron el resultado de un pacto corporativo en el que tendrían su recompensa todas o casi todas las partes en presencia. Para la gran empresa monopolista, los seguros sociales funcionarían como barreras de entrada a los negocios y como mecanismo para expulsar de los mercados a las  pequeñas empresas incapaces de asumir los nuevos costes. En grandes fábricas y  minas donde la asistencia era sufragada por las propias compañías, el sistema de prestaciones públicas era una manera de socializar pérdidas a mayor gloria de los dueños del capital. Fueron los trabajadores de las grandes instalaciones fabriles, los obreros de cualificación específica y taylorizados, los “sindicatos generales” de ideario socialdemócrata quienes reivindicaron como conquista propia la expansión de las garantías políticas, sociales y asistenciales que el Estado proyectaba. Otros trabajadores, en cambio, los excluidos en mercados externos de trabajo, los trabajadores de especializaciones ya innecesarias se batían contra el Estado capitalista de la mano de anarquistas y comunistas. El Estado “corporativo” que sucede al Estado liberal del XIX supo canalizar aquel pacto para su propia expansión en detrimento de la autonomía de la clase obrera a la hora de configurar el sistema asistencial, relacional o educativo. La “nación” frente a la “clase” debería ocupar el centro del discurso. Sin duda le salió bien y podemos poner como ejemplo la legitimidad con la que fueron aceptadas las aventuras imperialistas de la época o, peor aún, la conformidad con la que los trabajadores acudieron a matarse en defensa de las respectivas patrias en dos guerras mundiales.

  La culminación del Estado del Bienestar ocurre tras la segunda guerra mundial. Pleno empleo y derechos universales a la educación, la sanidad, a pensiones de vejez, etc., son asimilados al Estado Social en versión socialdemócrata. A cambio, el gran capital industrial impuso obediencia a un modelo de producción masiva de bienes a los que tendrían acceso la inmensa mayor parte de la población. Gracias al consenso corporativo, o neo-corporativo, por primera vez en la historia, los “años dorados del capitalismo” coinciden con los “años dorados” de las prestaciones sociales.

 Todo aquello duró hasta finales de los sesenta, hasta que los mercados interiores de cada país dejaron de estar reservados para las industrias nacionales, hasta que dejó de ser posible sufragar el Estado del Bienestar intercambiando desigualmente productos industriales caros del primer mundo por materias primas baratas del tercer mundo, hasta que dejó de ser asumible para el capital en los inflacionarios años setenta que los costes laborales crecieran por encima de la productividad del trabajo. Entonces, a comienzos de los ochenta, el gran pacto corporativo que duraba un siglo y había traído el Estado del Bienestar quedó roto o manipulado, hasta la fecha.

  ¿Mirar hacia atrás hoy y tratar de recuperar lo perdido? Esa es todavía la estrategia y el objetivo de socialdemócratas y asimilados, de los sindicatos de trabajadores “insiders”. ¿Es posible? Depende. Todos los países están sometidos a la presión de la competencia a nivel global pero, a la vista está que la resistencia a la pérdida de derechos es más factible en países donde los sindicatos y partidos obreros son más fuertes y coherentes, y lo son porque no dependieron exclusivamente del Estado a la hora de construir el sistema de solidaridad y seguridad social.

 En países como el nuestro, por el contrario, es el estado-bancario el que ha posibilitado una inmoral transferencia de rentas desde las prestaciones sociales a los accionistas rescatados de entidades financieras o autopistas. Los “outsiders”, los excluidos del sistema de protección son cada vez más; incluso son muchos los trabajadores y, especialmente trabajadoras, que renuncian a sus derechos sociales, a los convenios colectivos, a las futuras pensiones, por encontrar un ingreso inmediato e informal aquí y ahora. Los que se manifiestan a favor de la dignidad personal, no reclaman tanto recuperar el Estado del Bienestar tal y como se ha entendido hasta aquí como construir un nuevo estado de cosas. Es decisivo que se les oiga y satisfaga sus exigencias si no queremos que la marea de indignados se sume a quienes “pasan” de la profundización de los derechos democráticos adquiridos y propugnan “soluciones” quirúrgicas.

 ¿Es posible construir un nuevo modelo de solidaridad más allá de las afinidades vecinales, la moneda social, el trueque y el banco de tiempo? La alternativa pasa por reconstruir la afinidad de intereses entre trabajadores “insiders” y “outsiders”, por un cambio en la perspectiva de los objetivos a alcanzar, por poner el acento no solo en una mayor equidad en la distribución del producto del capital sino también, y sobre todo, en la distribución del capital mismo. Si el pacto corporativo en occidente ha fracasado después de un siglo, quizás sea hora de volver al punto de partida, un punto ya conocido y transitado, aquel en que los trabajadores persiguieron el igualitarismo, la acumulación de capital colectivo y no dependían de la benevolencia o “neutralidad” de un Estado en última instancia capitalista.

 ***

Esta conversación o discusión ha tenido las siguientes etapas publicadas En Campo Abierto:

Todas las entradas se pueden consultar también en en el blog de José Luis López Bulla, además del sumario de los capítulos del libro de Bruno Trentin La ciudad del trabajo.