Una “conquista de civilización”

Foto flickr por efradera

Respuesta a Javier Aristu

Por José Luis LÓPEZ BULLA

Querido Javier, me siento cómodo con este nuevo artículo que nos presentas; Paco Rodríguez de Lecea y tú mismo sabéis que este viejo quisquilloso no lo dice por protocolo. Es más, pienso que has elevado el tono de nuestra conversación, lo que tampoco es cortesía por mi parte. Te agradezco que nos hayas aclarado (yo lo he reclamado vehementemente) que tu primera observación era el interés por relacionar «la crisis del Estado social (estado del bienestar, estado providencia, welfare) y la necesidad de configurar un marco nuevo de solidaridades sociales». En todo caso, para hacer gala de mis condiciones de cascarrabias, expondré algunas observaciones, en tono menor, a lo que has escrito.1.–  Los tres (Paco Rodríguez, tú mismo y un servidor) sabemos perfectamente lo que Joaquín Aparicio recuerda a los desmemoriados: el Estado social no fue un regalo. Es algo que nos ha faltado explicar suficientemente, especialmente a las nuevas generaciones, que se ha encontrado con un importante acervo de bienes democráticos (siempre parciales, claro está) que no cayeron del cielo sino que fueron el resultado de importantes movilizaciones de nuestros antepasados y de las luchas –todo hay que decirlo— de los de nuestra quinta.
2.–  Dices (después de aclarar las comillas de expropiar  con la misma elegancia que Einstein introdujo su famosa constante cosmológica) que  «el estado se ha caracterizado por ir absorbiendo cada vez más, desde el siglo XIX, tareas que hasta entonces o no existían o pertenecían al ámbito del individuo y de la sociedad». Aquí vuelvo a arrugar la nariz. En todo caso, todavía no hemos valorado (me refiero a nosotros tres) el tránsito del Estado beneficiencia a los primeros andares de un aprendiz de Estado de bienestar, que nos recuerda Aparicio en su artículo sobre el particular (1). Más todavía, las «tareas» que iba «absorbiendo» el Estado fueron, también y especialmente, una consecuencia de las importantes luchas de nuestros tatarabuelos cartistas. Nuestro amigo Trentin caracterizó el Estado social como una «conquista de civilización». Convengamos, pues, que no se compadecen conceptos como conquista de civilización y, en este caso, expropiación, despropiación o desposesión. Por cierto, la gran mayoría de las leyes que se refirieron a mejoras sociales fueron dispuestas por gobiernos conservadores británicos. En casi el mismo orden de cosas, una gran parte de la literatura del abuelo de Tréveris plantea directamente al Estado la exigencia de leyes sobre la jornada laboral, el trabajo infantil, la salud e higiene en el centro de trabajo. Y hasta donde yo sé, aprendido en primero de Marcelino Camacho, Marx no era lassalleano. Por ello me atrevo a decir que el barbudo de Tréveris estaba planteado lo que hoy diríamos la «constitucionalización de los derechos».
3.–  Dices, amigo Javier, (y dices bien)  «que debemos aprender de estos últimos treinta años para dar salida a la actual crisis de este estado del bienestar». Claro que sí. Si se me permite, no obstante, yo miraría más atrás. Habría que remontarse al difuso momento de la colonización que hizo el fordismo de la política de izquierdas y de los sindicatos. El libro de Trentin, La ciudad del trabajo, nos da pistas suficientes para ello (2). Y no abundo en ello porque tanto Paco Rodríguez como un servidor hemos escrito largo y tendido sobre ello.
Sería necio, no obstante, ignorar ciertas gangas del Estado social. Por ejemplo, su carácter centralista. También que la solidaridad que practicó fue, al decir de Trentin, una «solidaridad oculta», que no es lo mismo que la expropiación, despropiación o desposesión. La cosa tiene su importancia (me refiero a la solidaridad oculta) porque, en parte, fue causa y efecto de la aparición de redes clientelares que laceraban el Estado social. Pero, parafraseando a Richard Sennet, eso fue la «corrosión del carácter, del Estado social. Más todavía, lo que parcialmente provocó la crisis del Estado de bienestar.
Y sobre esta crisis quisiera meterme ahora en un jardín escabroso. Si el movimiento sindical iba consiguiendo nuevas conquistas sociales y no reformaba las fuentes de financiación es claro que la crisis estaba cantada. Si la vaca no tiene un prado verde de donde comer y los mortales (cada vez más) tienen que comer es claro que el generoso animal tenga cada vez menos leche. La metáfora puede ser pedestre pero es, a mi entender, suficientemente clara. O, lo que es lo mismo: si cada conquista social no va acompañada de reformas, nuestros familiares de las izquierdas (políticos y sociales) –y nosotros con ellos–  somos responsables también de la crisis del Estado social. Como dice un personaje del programa humorístico de TV3 «alguien tenía que decirlo».  En definitiva, querido amigo, nuestras críticas al neoliberalismo (global, rajoyano y de Artur Mas) y las movilizaciones que hay en su contra –en unos sitios más que en otras latitudes de Sefarad–  tendrían más rigor si los que no hemos hecho crecer la hierba para la vaca-welfare hubiéramos estado por la labor.
4.— Punto final. Se nos ha quedado en el tintero algo de gran interés: las experiencias de nuevas solidaridades que, aunque minoritarias, merecerían una reflexión (dentro de unos meses) por nuestra parte. Me refiero al banco del tiempo y a la economía de trueque (yo te hago un servicio gratuito a cambio de recibir una compensación no económica por otra persona o por la misma a la que he hecho ese “favor”). De manera que la difusión de este tipo de trabajo, todavía minoritarios, que nada tienen que ver con las mercancías, abre un nuevo horizonte completamente diverso del que tiene el mercado laboral, acercándose a las modalidades de cambio o trueque, donación. Pienso que podríamos haber sido más fructíferos si, desde el principio, hubiésemos caído en la cuenta de estas novedades, de estas solidaridades que, en cierta medida, se relacionan con las dificultades del Estado social.

Esta conversación o discusión ha tenido las siguientes etapas publicadas En Campo Abierto:

Todas las entradas se pueden consultar también en en el blog de José Luis López Bulla, además del sumario de los capítulos del libro de Bruno Trentin La ciudad del trabajo.

Anuncios