Solidaridades y crisis del Estado social

Foto Flickr por Landahlauts

Por Javier ARISTU 

[Escritas estas líneas me llega la inteligente aportación del catedrático Joaquín Aparicio Tovar El estado social no fue un regalo, publicada en Metiendo bulla, y que publicamos también En Campo Abierto. He preferido dejar mi texto como estaba; habrá tiempo de contestar]

Entro de manera inmediata, no con la  reflexión que necesita una cabeza lenta como la mía, al debate sobre este asunto de la relación entre la crisis del Estado social (estado del bienestar, estado providencia, welfare) y la necesidad de configurar un marco nuevo de solidaridades sociales. José Luis López Bulla, con su habitual sagacidad,  me pilló en un renuncio cuando usé la fatídica palabra “expropiar” (despropiar dicen por el agro andaluz con esa imaginación carente de academicismo pero a veces certera) al hablar de la solidaridad nacional del estado. Vamos pues a precisar, de forma sucinta y escalonada, algunas variantes sobre este asunto.

  1.        Quizá el uso del término “expropiar” no sea adecuado, ciertamente. Lo ponía entre comillas para identificar cómo el estado, esa máquina portentosa de acumular fuerza y poder durante siglos, se hizo con la tarea de facilitar la vida y el trabajo de las gentes, asunto que hasta entonces pertenecía a la responsabilidad de cada individuo (supervivencia) o de las organizaciones sociales que se fueron construyendo a lo largo de la historia para salvar a los individuos. José Luis dice que eso es la  “constitucionalización” de los derechos, y me parece impecable. Con aquel otro término, tan querido a los campesinos y jornaleros de mi tierra, se da la impresión de que el estado secuestra, usurpa la fuerza de la solidaridad a las gentes.  Pero en cierto modo así ha sido también; el estado se ha caracterizado por ir absorbiendo cada vez más, desde el siglo XIX, tareas que hasta entonces o no existían o pertenecían al ámbito del individuo y de la sociedad (¿Hablamos de la URSS?). Todo Estado de algún modo capta energía social para solidificarla, fijarla, encerrarla en el marco de la coerción que él ejerce. Y eso significa que hay un doble o contradictorio proceso: al acumular esa energía el estado nos hace en parte más seguros y más libres porque consigue realizar los grandes objetivos de la realización humana de mejor y más potente manera: nuestra salud, nuestra educación, nuestra seguridad a lo largo de la vida —antes de trabajar, cuando trabajamos y después que pasamos la edad laboral— son mejor realizadas por los servicios del estado que por nosotros mismos. Eso es indudable. Pero a la vez, eso nos hace más dependientes del estado, somos más objetos de la atención del estado que sujetos autónomos que decidimos sobre nuestras vidas. En fin, el Estado liberal del XIX es un avance extraordinario en relación con el papel del individuo; el estado social de principios y mediados del siglo XX supone una revolución cuando asume la necesidad de proteger, velar y cuidar del ciudadano como trabajador y de sus circunstancias laborales. Nunca el ser social había sido capaz de asegurar su vida con nada que no fuera su propia inteligencia y sagacidad; a partir de la creación del seguro de vida y seguro de trabajo (Bismarck, Beveridge) el Estado garantiza la seguridad de ese ciudadano trabajador hasta el final de su vida. Sin embargo, es evidente que si algo ha generado a lo largo de ese mismo proceso es una cada vez mayor fortaleza de los instrumentos del estado (antes los llamábamos “aparatos de estado”) que ya no están destinados a proteger sino cada vez más a vigilar, perseguir, controlar y reprimir al ciudadano.
  2.        No creo que tengamos que tirar por la borda las conquistas del Estado social. ¡No estoy loco! Lo que sí digo es que debemos aprender de estos últimos treinta años para dar salida a la actual crisis de este estado del bienestar. Pierre Rosanvallon (La nueva cuestión social, 1995) nos dice que el Estado social ha pasado por tres tipos de crisis: una, la fiscal en los años 70 del pasado siglo, y aumentada en estos, cuando se produce un crecimiento del gasto y una reducción del ingreso de ese estado; otra, la ideológica, cuando ese Estado providencia —que Ken Loach retrata tan bien en su película El espíritu del 45—,  como empresario social es incapaz de resolver bien a partir de un momento (los años 80) los problemas de la solidaridad, haciéndose cada vez más opaco, más burocrático y más tecnocrático frente a sus propios acreedores, que son los ciudadanos. Desde mi punto de vista, esta crisis ideológica es palpable, terrible y fenomenal en la educación española—la experiencia andaluza en educación es significativa— aunque ahora no me puedo detener en esta decisiva cuestión. Finalmente, dice el pensador francés, hay en estos años de principios de siglo, y tras los acontecimientos económicos y geopolíticos ya conocidos, una tercera crisis de tipo filosófico caracterizada por “la desintegración de los principios organizadores de la solidaridad y el fracaso de la concepción tradicional de los derechos sociales para ofrecer un  marco satisfactorio en el cual pensar la situación de los excluidos”. Es decir, y como están ya constatando gente de la que nos podemos fiar (Sennet, Bauman, Sassen, Supiot, etc.), el mundo actual es un conjunto de desagregaciones, de desarticulaciones; cada vez más gente se queda fuera de los circuitos de protección y seguridad, cada vez más millones de personas, no ya en “el tercer  mundo” como antes sino precisamente en la desarrollada, integrada y organizada sociedad europea, están saliendo del sistema de seguridad, no tienen ningún tipo de protección y están “al pairo” en su discurrir vital. El capitalismo los usa y los tira, la antes sociedad solidaria (sindicato, mutua, partido, casa del pueblo, cooperativa de consumo) o no existe ya o no les da cobertura, y el estado benefactor y providencial literalmente los ha echado de sus listas (emigrantes, precarios, trabajadores en negro, mayores de edad, becarios y tantos más). Se trata de una crisis completa del sistema de solidaridad construido en el siglo XX y tenemos por tanto que levantar otro modelo que por un lado mantenga y haga prevalecer lo mejor de aquél pero por otro incorpore nuevos planteamientos y sea capaz de inventar a partir de la práctica de la lucha social. Como siempre ha sido.
  3.        Hay que ir, por tanto, a través de dos caminos que siendo paralelos son convergentes en su destino final. Por un lado la reforma, adaptación y mejora del Estado y de sus poderes y servicios que, en nuestro caso, solo puede ir de la mano de la democratización progresiva y expansiva así como de la integración europea. Ya ningún estado nacional podrá en nuestro continente resolver por sí solo el problema de la “solidaridad nacional”. Por otro, la creación, extensión y desarrollo de “círculos de solidaridad” social y civil (Supiot, L’Esprit de Philadelhie, 2010) que sustituyan, amplíen, mejoren o profundicen la labor del Estado. Esto yo lo tengo clarísimo aunque no sepa cómo articularlo en lo concreto: hay que dejar de ser simples “usuarios de servicios del estado” para desplegar nuestra dimensión como “ciudadanos autónomos” que, en solidaridad con los demás, formemos el auténtico poder de la democracia (we the people…). Como dice mi hipercitado Alain Supiot “la palabra «pobre», en distintas lenguas africanas, no designa eso que el banco Mundial entiende como tal (un ingreso inferior a dos dólares por día): «es pobre aquel que tiene pocas personas», quien no puede contar con la solidaridad del otro”. Y lo dejo aquí para que otros puedan intervenir en esta conversación.