Dignidad

Foto Álvaro García EL PAÍS

Por Carlos ARENAS POSADAS

En el momento en que escribo marchan todavía por Madrid decenas de miles de personas que reclaman algo tan irrenunciablemente humano como la dignidad. Alcanzado ya el fondo del  insoportable desprecio de las castas del dinero y de sus testaferros políticos, la marcha de hoy me recuerda tantas otras en la historia en la que la economía se tiñe de moralidad y el pueblo de indignación y ganas de decir basta.

Dignidad contra desprecio. Como antes fue la libertad, la igualdad y la fraternidad contra el privilegio de casta y sangre azul, ahora es el momento de decir a la aristocracia del dinero, a los “peseteros de mierda” que decía la otra mañana una a ratos valiente Pepa Bueno en la Cadena Ser, que no nos creemos sus estúpidas argucias responsabilizando  a “los mercados” de sus políticas austericidas encaminadas a hacer daño y causar dolor a la inmensa mayoría, sin otro fin que alimentar la codicia desorbitada. El cleptocapitalismo se ha quedado sin argumentos.

Sin embargo, la historia de las movilizaciones masivas a favor de la dignidad humana nos enseña que suelen terminar, cuando no bañadas en sangre, apagadas por consunción tras la catarsis colectiva. Hacen falta en ese caso instrumentos que sean capaces de mantener viva la llama y encauzar las sinergias hacia políticas proactivas de asalto a los privilegios de los plutócratas.

Nos preguntamos qué hace la izquierda, si tiene alternativas creíbles y eficientes al actual estado de cosas; nos preguntamos qué hacen los sindicatos; pero no nos preguntamos que estamos haciendo la mayoría de nosotros por nosotros mismos. Tendremos a los partidos de izquierda y a los sindicatos a nuestro lado, cuando la marea que reclame dignidad sea un sunami.

Se puede reclamar la dignidad personal contra el banco tramposo que hurga en nuestros bolsillos; contra las eléctricas que fijan precios de monopolio; contra las telefónicas que reclaman fidelidades como en la edad media; contra las prácticas fraudulentas que nos afectan como consumidores (por cierto, hay que defender a Rubén Sánchez de FACUA contra a la campaña pustulosa del sindicato manos limpias-mentes putrefactas); contra las cadenas y programas embrutecedores en televisión; a favor de una sociabilidad igualitaria, solidaria y laica; a favor de la igualdad de oportunidades de las personas a las que se cercena la posibilidad de mejorar en la vida; a favor de la acumulación colectiva del capital y del resto de  los recursos.

Se puede hacer política de muchas maneras. El insultante desprecio con el que se desayuna cada día nuestra clase bancario-política debe ser combatido por cada uno de nosotros y por todos juntos.

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