Nuevas solidaridades

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Por Javier ARISTU

Fue a finales del siglo XIX, en paralelo a una profunda crisis social de la que la guerra del 98 (Cuba, Filipinas, Puerto Rico) fue sólo el detonante, cuando un grupo de intelectuales y profesores de clase media elaboran con sus escritos y ensayos una manera de entender —no me atrevo a llamar teoría— a España. La patria era entonces “un  cuerpo enfermo”, “un  organismo infectado” por los vicios de un mal hábito social y para ello se necesitaba una “regeneración“del país que solo podría venir de manos de un “cirujano de hierro” capaz de entrar “con bisturí” en ese cuerpo enfermo y sanarlo. Ya sabemos que, a pesar de la voluntad de algunos de aquellos pensadores, aquel cirujano después vestiría las ropas militares de general, se apellidaría Primo de Rivera y daría un golpe de estado con la anuencia real que instauró en España aquella “dictablanda” que duró siete años. Una historia para recordar.

Cien años después España está pasando por una crisis social que, en su profundidad y por las consecuencias que tendrá para la gente en el futuro, parece ser mucho más aguda y trascendental que aquella de 1898. Esta sociedad española de ahora tiene poco que ver con aquella de finales del siglo XIX. Aquella era una sociedad campesina en su inmensa mayoría, con pocos núcleos industriales y urbanos modernos; ésta de ahora es una sociedad resultado de un extraordinario proceso de industrialización —y consecuentemente urbanizador— desarrollado en las postrimerías del régimen dictatorial franquista (años sesenta del siglo XX), progresivamente reconvertido (desmantelado) a lo largo de la democracia (años ochenta y noventa) y transformado en un modelo de capitalismo financiero y de consumo a partir de los años noventa y esta década primera del siglo XXI.

La crisis financiera de 2008 visualiza este proceso de transformación de los modelos de capitalismo y la respuesta social que se ha derivado de esto ha adquirido diferentes tonos, intensidades y  potencias. A mi modesto entender, casi siempre a la defensiva: se defiende a parte de la plantilla de una fábrica consintiendo en que otra sea despedida con alguna indemnización, se defiende la reducción de la carga horaria de la empresa como mal menor, se defiende la casa cuya hipoteca no se puede pagar, se defiende reducir el salario un 2 ó 3% antes de que te despidan, se defiende perder la relación laboral con la empresa y hacerse autónomo para que esa misma empresa te pague menos y cotice menos a la Seguridad Social… y así podríamos seguir un largo trecho. No soy yo quien vaya a criticar que la gente se defienda de las agresiones económicas. Este modelo de defensa de las conquistas sociales y laborales levantadas a lo largo de los últimos treinta años —los años de la democracia constitucional— está poniendo en cuestión —a unas más que a otras pero en general a todas—  a las organizaciones políticas y sociales que se oponen a la estrategia neoliberal y a sus clásicas metodologías de respuesta social. Partidos de izquierda y  sindicatos de clase, como organizaciones vertebradoras de la democracia, están sufriendo el castigo de una parte de la sociedad, precisamente la que se ve más golpeada y más acosada por la revolución liberal en marcha. A pesar de que los partidos de la izquierda en todas sus variantes son votados elección tras elección por un cuerpo considerable de electores, siguen teniendo el prestigio social por los suelos. A pesar de que los sindicatos, UGT y CC.OO especialmente, reciben el voto de los trabajadores en las miles de empresas que votan a sus representantes, son el objetivo de la crítica de otra parte de la izquierda y de un importante sector social porque se han atrevido a sentarse con el presidente del gobierno y el de la patronal a fin de negociar algún acuerdo social. La vieja y terriblemente destructora dicotomía intelectual de enfrentar la “negociación” con la “movilización” se abre camino y penetra en muchas personas que llegan a decir que “en estos momentos no se puede negociar nada, hay que luchar, luchar y luchar”. Una interesante movilización social como las llamadas “marchas de la dignidad” —y es que en estos momentos precisamente no sobra ninguna versión movilizadora— algunos la enfrentan a la de los sindicatos UGT y CC.OO como si ambas movilizaciones no fueran maneras y modos diversos y complementarios de responder ante la crisis. Estamos, por tanto, igual que en otros momentos de nuestra historia como sociedad y como país, ante la representación de una tragedia social donde se enfrentan la acción social a la institucional, la movilización a la negociación, lo político a lo social, la calle al parlamento… y al final eso solo puede llevar a la destrucción de los lazos que unen a la gente con sus propios imaginarios sociales, con su propio proyecto de sociedad y con la gente misma. Y tras eso, sólo un “cirujano de hierro”, sólo un líder plebiscitario —ya no con figura de general sino posiblemente con traje cruzado, gomina en el pelo y Ipod 5 en la oreja— podrá recomponer esos lazos, sí,  pero de otra manera, con él como único intermediario, eliminando a las otras representaciones que hasta ahora han venido jugando ese papel. La politóloga Nadia Urbinati afirma que una “tendencia plebiscitaria” o “plebiscito de la audiencia” está en marcha en las sociedades democráticas y que ella puede estar dando forma al nuevo modelo social post democrático, basado en la dirección unilateral del líder hacia la audiencia electoral. Berlusconi, Obama, Renzi son ejemplos a tener en cuenta. Ya veremos en España qué ocurre en los próximos años.

Pero no podemos errar el tiro en el análisis. No estamos ante una “crisis de la política”. Esta es simple consecuencia de una crisis de fondo, más profunda, donde la crisis del “Estado social” (impuestos progresivos, sanidad y educación universal, seguro de desempleo, etc.) es seguramente la que estamos padeciendo en mayor medida. Ese Estado social, construido en Europa a partir de los años 30 del pasado siglo “es un hijo de la sociedad industrial. Ha crecido para servirla y ha heredado de ella rasgos que le incapacitan hoy severamente” (Alain Supiot). La crisis de nuestra sociedad industrial conlleva la crisis de su modelo de Estado —el Estado del bienestar o Estado providencia— y no podemos resolver el segundo sin acometer una alternativa a la primera. No es posible resolver la crisis fiscal, o la sanitaria o la educativa, a través del aumento de las correspondientes partidas presupuestarias  o de la bajada/subida del IVA, si no resolvemos el problema de  modelo económico que sustente una nueva sociedad.

El Estado social de bienestar ha sido capaz de convertirse en un atractivo social contemporáneo porque hizo posible sustituir las viejas solidaridades interindividuales (a través de la familia, los gremios, las diversas asociaciones de todo tipo que desde la Edad media han jalonado la historia europea) que hicieron posible que las personas pudieran sobrevivir en mundos hostiles. El Estado social “expropió” el protagonismo de la solidaridad de la gente y levantó un inmenso edificio de servicios sociales, con fondos aportados por los impuestos, que facilitó que la gente no muriera de hambre, tuviera bajas de enfermedad pagadas, un trabajo estable y pudiera acometer un proyecto de vida a largo plazo. De este modo, nos dice Supiot,  “la solidaridad nacional permitió hacer frente a la erosión de las solidaridades de vecindad o afinidad, provocadas por la urbanización y la industrialización”. La gente dejó de confiar su seguridad a la colaboración con el vecino porque tenía al Estado como protector. Hoy estamos ante esta tragedia, la de la disolución de los mecanismos protectores de ese Estado social, que los está cediendo al mercado, privatizando la protección, y la gente ya no puede ni sabe organizarse solidariamente para protegerse de ese mercado.

¿Volver de nuevo al mismo modelo de Estado protector? ¿Es posible reconstruirlo? Nadie lo sabe pero de lo que sí podemos estar seguros es que si tratamos de seguir dándole valor al concepto de “Estado social” será necesario cambiarlo, adecuarlo, adaptarlo a un proyecto social diferente al que hemos visto desarrollarse durante el siglo XX. Será necesario que las fuerzas sociales que reclaman ser la alternativa al modelo liberal sean capaces de afrontar con decisión y bastante audacia el cambio hacia ese nuevo universo de solidaridades. Para que en algún momento se pueda pasar de la defensa de las posiciones a la reconquista del terreno perdido… o a la invasión del territorio nunca recorrido.