Thomas Piketty: «En ciertos aspectos las desigualdades son actualmente mayores que en 1913»

Foto Flickr: javier Corbo

 Le Nouvel Observateur: Usted acaba de publicar un resumen de «El capital en el siglo XXI». Es tanto un libro de historia como de economía, en el que usted escribe también que Balzac o Jane Austen describen fielmente los problemas del reparto de la riqueza y el patrimonio. ¿Es esta una forma de decir que la economía es incapaz de suministrar por sí sola las buenas respuestas al estudio del capital?

Thomas Piketty: Sí, por supuesto. En ese libro trato de escribir la historia del capital desde el siglo XVIII, y de sacar las lecciones para el futuro. Para conseguir algunos progresos en cuestión tan compleja es evidente que hay que proceder con pragmatismo y utilizar métodos y enfoques propios de los historiadores, de los sociólogos y de los politólogos más que de los economistas. En ese trabajo, primero busqué reunir la serie más completa posible de fuentes históricas sobre la dinámica de los ingresos y patrimonios, relativa a tres siglos y más de veinte países. Eso me permitió retomar el hilo de las grandes controversias sobre estas cuestiones, desde Marx a Kuznets, pasando por Malthus y Leroy-Beaulieu, pero con muchos más datos.

Los materiales literarios juegan igualmente un papel importante en mi investigación.  No tienen ciertamente la sistematicidad de las declaraciones de ingresos —disponibles anualmente en la mayoría de los países desde la Belle Epoque (años 20 del siglo pasado)— o de los archivos de herencias —que en Francia me han permitido remontarme hasta la Revolución. Pero son en ciertos aspectos más ricos aún. La cuestión del reparto de las riquezas es demasiado importante como para dejársela solo a los economistas, historiadores y filósofos. Interesa a todo el mundo, y es mejor así.

Novelistas como Balzac o Jane Austen tienen un íntimo conocimiento de la jerarquía de las fortunas vigente a su alrededor. Captan las fronteras secretas de las mismas, aclaran las implicaciones de éstas de cara a la vida de los hombres y mujeres, sus estrategias de alianzas, sus esperanzas y sus desventuras, con más veracidad que todas las estadísticas. En la novela  Papá Goriot, Vautrin explica a Rastignac que los estudios y el mérito no llevan a ninguna parte y que la única forma de esperar el verdadero bienestar es haciéndote con un patrimonio. Este terrible discurso se basa en elementos precisos.

En mi libro, he querido averiguar si el discurso de Vautrin era correcto (en este caso, lo era en la época) y yo he querido entender por qué y cómo ese tipo de estructura no igualitaria evoluciona e lo largo de la historia. ¿Estamos seguros de que el equilibrio entre ingresos del trabajo e ingresos heredados se ha transformado desde la época de Vautrin, y en qué proporciones? En segundo lugar y sobre todo suponiendo que tal transformación haya tenido lugar, al menos en parte, ¿cuáles son exactamente las razones y son éstas eternas?

LNO: Para usted, y contrariamente a lo que pretende la doctrina liberal, el mercado no reduce automáticamente las desigualdades. ¿Son éstas hoy verdaderamente tan escandalosas como en la Belle Epoque, hace cien años?

T.P.: A largo plazo, la principal fuerza para la igualdad de condiciones no es tanto el mercado como la difusión de los conocimientos. Pero esta fuerza no cae del cielo: exige particularmente instituciones educativas que permitan a cada uno acceder a los saberes y las cualificaciones.

El error de Marx fue no hacer caso del crecimiento. El error de los liberales ha sido creer que el crecimiento y la competencia podían resolver todo. La desigualdad  r>g no tiene nada que ver con una determinada «imperfección» del mercado. Al contrario, cuanto más «perfecto» es el mercado de capital, en el sentido de los economistas, más posibilidades hay de comprobar aquella, sobre todo cuando el crecimiento baja de forma ostensible.

En ciertos aspectos, las desigualdades son hoy incluso más fuertes que en 1913, a pesar de la existencia hoy de una clase media patrimonial que no existía hace un siglo. Este logro se explica en parte por el crecimiento, que sigue siendo a pesar de todo más fuerte que en los pasados siglos, y por las instituciones públicas (Estado social, servicios públicos, fiscalidad progresiva, particularmente), amenazadas hoy día.

LNO: Para usted, todo empresario que alcanza el éxito se convierte en un rentista. ¿Están condenadas nuestras sociedades meritocráticas a convertirse en sociedades de rentistas?

T.P.: Yo no digo exactamente eso. Digo simplemente que las fuerzas que impulsan en esa dirección son poderosas, particularmente en las sociedades de crecimiento económico y demográfico lento, y que a su vez no pueden ser contrapesadas de forma duradera sino por instituciones específicas y políticas fiscales adecuadas. Los empresarios son indispensables para el crecimiento económico y la innovación. El problema es el paso del tiempo.

Tomemos a Eugène Schueller. En 1909 inventa tintes para cabellos que serán la base de la fortuna de L’Oréal, a la manera de un César Birotteau un siglo antes [se refiere al personaje de Balzac en La comedia humana, perfumista]. En 2013, su hija Liliane Bettencourt forma parte de las mayores fortunas mundiales, a pesar de que ella nunca ha trabajado. Entre 1990 y 2010, su patrimonio pasó de 2.000 millones a 25.000 millones de dólares, es decir, una progresión media de 13% anual (en torno a un 11% anual de rendimiento real, tras las deducciones de la inflación), exactamente como Bill Gates, cuya fortuna ha pasado de 4.000 a 50.000 millones de dólares [76.000 millones según la revista Forbes en marzo de 2014].

Este caso extremo ilustra un fenómeno más general: más allá de un cierto punto, la fortuna se reproduce ella sola, a un ritmo mucho más rápido que el crecimiento económico. Se trata de una lógica temible por sus consecuencias a largo plazo, por lo que los más acérrimos defensores del mercado harían bien en preocuparse. Confiar exclusivamente en la generosidad privada para resolver esta contradicción lógica no tiene mucho fundamento.

LNO: ¿Se puede regular el capital en el siglo XXI?

T.P.: En el siglo XX ha habido guerras que hicieron tabla rasa del pasado, y que crearon temporalmente la ilusión de una disminución estructural de las desigualdades y de la superación del capitalismo. Para que el siglo XXI invente una superación a la vez más pacífica y más duradera es urgente volver a pensar el capitalismo en sus fundamentos, serena y radicalmente, y de levantar una autoridad pública adaptada al capitalismo globalizado de nuestro tiempo.

La Unión europea representa en torno a un cuarto del PIB mundial, igual que América del norte. Tiene un modelo social que hay que defender y promover. Europa, por poco que se uniera, tiene una superficie económica y financiera suficiente para tomar en sus manos la regulación del capitalismo globalizado actual. ¡A condición de que deje de comportarse como un enano político y un colador fiscal! El total de patrimonios (activos inmobiliarios y financieros, netos de todas las deudas) en poder de los europeos es el más elevado del mundo, por delante de los Estados Unidos y el Japón, y muy por delante de China.

Contrariamente a lo que se cree, lo que los europeos poseen en el resto del mundo es netamente más elevado que lo que el resto del mundo posee en Europa. Nuestra crisis de la deuda parece insuperable y sin embargo nuestro nivel de endeudamiento público es más débil que en el resto del mundo rico. Esta impotencia colectiva continuará mientras decidamos ser gobernados por pequeños partidos en competencia exacerbada unos con otros (Francia y Alemania pronto serán minúsculas a escala de la economía-mundo), y por instituciones comunes totalmente inadaptadas y disfuncionales.

LNO: Usted hace campaña por la instauración de un impuesto progresivo sobre el capital. ¿Por qué y no es acaso utópico?

T.P.: El impuesto progresivo sobre el ingreso fue la gran innovación fiscal del siglo XX. El impuesto progresivo sobre el capital podría jugar un papel comparable en el siglo XXI. Es la institución adecuada que permitiría a la democracia y al interés general retomar el control de los intereses privados y de las desigualdad en el trabajo, preservando la apertura económica y las fuerzas de la competencia así como rechazando los repliegues nacionalistas, proteccionistas e identitarios, que no nos llevarán sino a frustraciones aún más terribles.

A decir verdad, existe ya por casi todas partes impuestos anuales sobre el patrimonio, especialmente el inmobiliario, a través de los impuestos sobre la propiedad. El problema es que tales impuestos no pueden ser recaudados correctamente a nivel estrictamente nacional: hay que pasar también a la escala regional, continental, incluso mundial. Esto puede parecer utópico. Sin embargo, es en cierta medida por este camino por donde se dirigen los proyectos actualmente en debate acerca de las transmisiones automáticas de las informaciones bancarias internacionales.

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Thomas PIKETTY es historiador económico, autor de importantes libros sobre la desigualdad.

Publicado originalmente en Le Nouvel Observateur, 13.09.2013. Entrevista de Jean-Gabriel Fredet et François Armanet. Traducción de J. Aristu