Crisis industrial y nueva cultura del trabajo

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Por Maurizio LANDINI

Nuestra cultura industrial siempre ha pensado que el crecimiento era un bien en sí mismo, mensurable únicamente con índices económicos. Hoy sabemos que no es así, que todo esto tiene costes y afortunadamente está en discusión el mismo concepto de crecimiento. Pero no es un debate ideológico o terminológico el que nos hará salir de la situación en la que estamos; incluso el concepto de crecimiento hay que matizarlo adecuadamente porque no puede existir ninguna isla feliz en un mundo infeliz, con un trabajo que tiene cada vez menos derechos. Es una cuestión de valores, principios y comportamientos; la lógica de consumir por consumir ha producido auténticos desastres. Pero no hay salida al problema sin una confrontación con aquello que lo determina, tanto más hoy, en este permanente riesgo de quiebra global. No estamos frente a una crisis normal, no es solo el resultado de una especulación financiera colapsada hace unos años en Estados Unidos, de algún banquero loco o prepotente que ha perdido el control de la situación; estamos ante la crisis de un modelo y de un sistema del que la modalidad productiva y la concepción del desarrollo son partes integrantes. Terminada esta fase dramática —si alguna vez acaba — no se volverá a la situación precedente, quizás con alguna víctima de más, pero con todos listos para recomenzar sobre un camino conocido y “seguro”. Nada será como antes en el sistema social, económico y productivo, en el sistema industrial europeo. Y todo esto puede generar ansia, miedo a lo desconocido, angustia por no saber dónde acabaremos, con reacciones —individuales y de grupo— de todo tipo. Pero este es el punto de partida y las contradicciones en las que estamos inmersos son el producto de lo que ha ocurrido. Problemas que no se resuelven “cortando cabezas”. No basta con despedir a una clase dirigente. Es verdad que la clase política tiene una gran responsabilidad pero es cierto también que la sociedad civil la ha legitimado durante estos últimos años. La representación siempre es un espejo y esas fuerzas políticas tuvieron votos, no tomaron el poder por un golpe de estado. Todos estamos implicados en este sistema degenerativo —con más o menos grados de responsabilidad, produciéndolo o soportándolo, vencedores o vencidos— y todos estamos llamados a tomar nota de su crisis, para construir uno nuevo, sin esperar que pase la noche y el mundo de antes vuelva a funcionar mejor que antes. Esto vale más aún para el modelo de desarrollo y para las relaciones trabajo/salud y capital/medioambiente.

Los valores y modos de vida que han prevalecido durante estos años van a tener que cambiar: la actitud individual, la centralidad del consumo, la degradación del trabajo, la “consigna” de dar las peores tareas a los más pobres y a los inmigrantes. ¿Qué diseño, qué hoja de ruta o qué sentido justifica y mantiene hoy en pie todo esto? Nada, a no ser la perezosa, pasiva y temerosa conservación.

Necesitamos planes globales, mantenidos con recursos extraídos a las finanzas y a las rentas, sostenidos por una mano pública y colectiva que controle y dirija, para dar vida a una cotidianeidad en el que las excepciones se conviertan en normalidades. Donde, por ejemplo, los trabajadores negocien sindicalmente de forma distinta, teniendo como referente la cuestión ambiental: nos lo enseñaron, por ejemplo, los trabajadores de Almaviva, que obtuvieron aumento salariales a partir del ahorro energético de la empresa, o nos lo muestran las reivindicaciones del comité de empresa de Fincantieri en Ancona, que propone planes de reducción de costes con un uso ecológicamente compatible del área de los astilleros para parques solares. A quien piensa en ahorrar solo incidiendo en el coste del trabajo hay que demostrarle que los balances pueden mejorar sin explotar al trabajo y a través de un uso del territorio ambientalmente sostenible, con ahorro energético más que recortando una pausa de diez minutos. La revolución cultural que espera al mundo del trabajo se alimenta de prácticas: incorporando a la acción contractual cotidiana una concepción alternativa del desarrollo, valiéndose de otros parámetros que tengan en cuenta el concepto de límite, haciendo más rica, creíble y practicable la batalla contra la explotación del trabajo y por su puesta en valor.

Todo esto debe reabrir también un debate sobre qué significa conquistar el derecho del trabajador a conocer, participar y co-decidir las decisiones estratégicas y organizativas de la empresa […] Es evidente que la solución no es dar acciones  al empleado o la simple presencia de los trabajadores en algún consejo de administración. Creo que la clave es la conquista de un nuevo compromiso entre capital y trabajo que a nivel político significa una intervención pública en la economía a través de verdaderas políticas industriales, a nivel sindical un sistema de negociación que se base en la igual dignidad entre trabajo y empresa así como en una reafirmación de las reglas democráticas.

No es fácil, porque en ambos casos significa establecer nuevas relaciones de fuerza y un nuevo equilibrio en el que el trabajo vuelva a ser la referencia común.

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 Maurizio Landini es secretario general de la Fiom, sindicato metalúrgico de la Cgil italiana. Este extracto pertenece a su libro Forza lavoro, ed. Feltrinelli (2013). Traducción de J. Aristu