Relatos invisibles

Foto por zoetnet

Por Javier ARISTU

En la actual sociedad de la información las personas están cada vez más ocultas. Cuantos más aparatos tecnológicos se diseñan para una pretendida comunicación entre las personas éstas más invisibles se sienten. En un mundo donde la economía desarrollada y tecnológicamente avanzada circula por el sector de la comunicación (Google, Amazon, Apple, Samsung, etc.), el trabajo que está tras esa economía anda cada vez más opaco a la ley. Trabajar hoy se ha convertido en una aventura y en un ocultamiento a la norma: sin contrato, sin protección, sin seguridad, apartados de la visión de los demás. La política no escapa a este proceso: cada vez más hablamos de las personas, de nombres,  de líderes y de sus circunstancias privadas, pero cada vez menos de programas, de contenidos, de propuestas. Los franceses llaman a esto la pipolización (people) de la política; la última portada de esta manera de visualizarse la política  la ha dado Hollande y su comportamiento sentimental.

Cuanto más “personalizada” es la política, cuanto más ligada está a las caras de sus representantes, más invisibles se hacen las personas normales, la gente corriente que, sin embargo, es la que sigue haciendo, cada día del año, la historia con minúscula, la auténtica. Frente al parlamento de los notables, de las figuras famosas, tenemos que propiciar un “parlamento de los invisibles”, como plantea el filósofo francés Pierre Rosanvallon [Le Parlement des invisibles. Ed. Seuil].

Ayer nos enteramos de que la cabeza de lista del PSOE a las elecciones europeas será Elena Valenciano. Unos afirman que eso significa “la inmensa apuesta de ese partido” por Europa al colocar de cabeza precisamente a su vicesecretaria general. Es una manera de ver las cosas. Otros a lo mejor piensan que es una forma de colocar a esta política que dentro de unos meses no tendría hueco en “el nuevo PSOE” que se avecina tras las primarias. Cada uno puede ver las cosas como quiera, la perspectiva la escoge cada cual según su colocación en este juego de espejos que ha llegado a ser la política. Al parecer, en el espacio de destellos y reflejos personalizados, los contenidos y los programas son lo de menos. Porque… ¿qué va a defender el PSOE en Europa en relación con la política económica y financiera actual?  ¿Cuál va ser su propuesta acerca de la política de inmigración en la que nuestro país es primer bastión ante la avalancha de “invisibles” inmigrantes? ¿Cuál va ser la posición de Elena Valenciano y su partido ante el futuro de Europa que no sea simplemente poner a Martin Schulz al frente de la Comisión europea? ¿Cuál es el plan de fondo de los socialistas que va a ser capaz de mitigar o reducir la terrible cifra de más de 26 millones de parados europeos?

Y quien dice de los socialistas lo puede decir de los demás partidos. Es un hecho evidente que existe un vacío extraordinario entre la gente que todos los días asiste a su drama personal de supervivencia (los invisibles) y sus representantes políticos que cada día nos visitan a través de la televisión o los medios (los visibles). Como nos advierte Rosanvallon,  «la distancia entre el mundo político y la sociedad no es solamente el producto de una culpable indiferencia o el efecto de un reino de la neolengua de la política. Procede también de una sociedad contemporánea que se ha hecho más opaca, menos comprensible, que ha visto expandirse  la distancia original entre el principio político y el principio sociológico de la democracia». O la política se reconcilia con la sociedad, de la que depende, o será ocupada por quienes mejor se mueven en el estrellato o en el populismo.

La paradoja de este momento de civilización es que conforme más se ha desarrollado el universo individual de la gente menos ha avanzado la política para hacerla precisamente útil al individuo. Todos disponemos hoy de un “aparato de comunicación”, un teléfono inteligente, usamos mensajes whatshap, nos comunicamos permanentemente con los otros individuos de la especie… pero cada vez nos sentimos menos representados en la esfera pública, cada vez la gente se siente más abandonada por los representantes en el ágora política. A más utillaje tecnológico, menos capacidad de contar en el espacio público. Somos más activos en las redes sociales pero a la vez somos más invisibles en la función política. Los partidos políticos, nuestros representantes, han desarrollado una mala representación de nosotros mismos, han ideologizado y caricaturizado la realidad. El paro de millones de personas es una curva estadística; la muerte de inmigrantes en nuestras playas  pasa a ser simplemente motivo para un discurso contra el adversario político; la pobreza de millones de personas invisibles se visualiza a través de una estadística. De ahí la importancia de «reconstruir una representación-narración a fin de que el ideal democrático vuelva a adquirir vida y forma» (otra vez Rosanvallon). Y ese nuevo relato o es colectivo o no será. El individuo necesita que su materia narrativa, su propia vida, se inserte en un relato mayor, el de toda una sociedad democrática que tiene un proyecto unitario e igualitario para todos. O la política da sentido a ese nuevo relato o dejará de ser útil dando paso a la anti-política.

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