Técnica y política

Por Javier ARISTU

El lunes 3 de febrero ha comenzado en la sala La Fundición de Sevilla un ciclo de coloquios sobre la sugerente pregunta ¿Quién está pensando en la Sevilla de los próximos 20 años? organizados por la asociación cívica Iniciativa Sevilla Abierta. Hace ya años que esta asociación viene actuando en Sevilla a través de sus debates, intervenciones y propuestas acerca del futuro de la ciudad y de los sevillanos. Tengo la opinión de que este grupo está movido por la buena inquietud del que quiere mejorar su ciudad y, para ello, tiene que romper o al menos superar los lastres que atan esta ciudad a un pasado mágico y en muchas ocasiones completamente deformado y deformador de la realidad. Parto pues de la premisa de felicitar a los organizadores por este ciclo a la par que del deseo de la mejor de las suertes, asunto que en Sevilla, como sabemos, es fundamental.

El ciclo comenzó el lunes con el aforo al completo. Más de 140 personas asistieron al primer coloquio. Este se desarrolló entre dos personas que trabajan y reflexionan a partir de dos realidades empresariales de lo que podríamos llamar la “nueva economía”. José Domínguez Abascal es un ingeniero ligado históricamente a la empresa Abengoa, puntera en industrias energéticas sostenibles y otros derivados tecnológicos y con una fuerte implantación no solo en Andalucía sino en España y América.  José María de Cárdenas Domínguez-Adame es socio director de Eddea Arquitectura y Urbanismo e impulsor de la iniciativa City Thinking. El tema objeto de la discusión era “Propuestas para convertir a Sevilla en una sociedad próspera y avanzada”.

Los planteamientos de los ponentes aparecieron claros: hay que cambiar rutinas, superar viejos tics propias de una sociedad más basada en el sostén de lo público, superar marcos localistas para, en el caso de Abascal, desarrollar la tesis de la globalización como único marco  válido para desarrollar una economía posible en la ciudad o, así lo expuso Cárdenas, construir un marco territorial “Bahía de Doñana”, integrado a partir de la triada Sevilla-Huelva-Cádiz.  Salieron asuntos como la educación, el papel de la universidad, los sectores sobre los que actuar y muchos etcéteras que no tenemos tiempo de desarrollar ni comentar. Interesantes fueron las reflexiones y sugerentes las propuestas de trabajo. Por todo ello hay que saludar las exposiciones de los ponentes y sus apuestas por renovar los parámetros de la ciudad.

Vayamos, sin embargo, a los peros, a los aspectos ausentes que quedaron fuera completamente del debate y de la discusión lo cual, lamentablemente, no hace sino actualizar una permanente característica del debate social de estos tiempos en nuestro país. Me voy a centrar en dos asuntos a sabiendas de que una discusión nos llevaría a otros, a cuál más importante. Sirva, por tanto, estas líneas como simple adelanto de posibles desarrollos.

A lo largo de toda la discusión, de más de dos horas, sólo en un momento hubo una referencia a la cuestión del trabajo. Una sola vez se citó el término “mano de obra”, expresión como sabemos clásica pero con limitada capacidad de expresar la hoy compleja realidad del trabajo. De esta anécdota, dirán algunos, deduzco uno de los grandes déficits que el debate económico o prospectivo de nuestro país padece: la carencia, la ignorancia, la marginación de una buena reflexión sobre el papel del trabajo, relación social y factor humano decisivo, en la vida de las gentes. La economía ha trascendido a la propia realidad social, se ha abstraído y convertido en un ente virtual capaz de alimentarse a sí misma, al margen de los circuitos que dan sentido y vida a nuestro mundo: los del trabajo. Hablar del futuro de Sevilla —como de Andalucía , España o Europa— sin hacer referencia al papel y protagonismo del mundo del trabajo, de la función de este, de su reproducción, de su formación —es verdad que Abascal habló bastante de educación y formación— y de su transformación en moderna esclavitud o instrumento de realización, es sencillamente hacer un debate tecnocrático, burocrático o, en el mejor de los casos, fuera del mundo real. Estos son  los parámetros dentro de los cuales hoy se mueven muchas mentes agudas y positivas; no hablamos de ese pensamiento economicista y carroñero que piensa desde sus púlpitos de los consejos de administración que trabajar hoy es un favor que se nos hace. El trabajo, la relación social constituida históricamente entre las personas, queda fuera de la discusión pública porque se sigue pensando que “el mundo interno de la fábrica, del centro de trabajo” es algo estrictamente privado, ajeno a la sociedad, cuando precisamente es la primera y básica relación constituyente de la sociedad. ¿Por qué al hablar del futuro de Sevilla —o de Andalucía, España o Europa— no se mienta este asunto? Porque el neoliberalismo, y su lenguaje economicista y devoto de la eficiencia, ha velado el factor humano, ha despersonalizado las relaciones sociales entre los hombres y mujeres que una parte del día la dedican, qué curioso, precisamente a trabajar, a producir bienes o servicios de los que el conjunto de la sociedad se beneficia. No es posible entender el futuro tecnológico que nos depara sin comprender a su vez las transformaciones que consecuentemente se van a producir en el trabajo y, por tanto, en los seres humanos que a ello se dedican.

El segundo aspecto está relacionado con la democracia, con las instituciones de la democracia. En el debate se habló mucho de “clase política” pero no de la democracia. Me explico y lo relaciono con la anterior reflexión. La ideología neoliberal, productivista y basada en la ecuación mínimo salario/máximo beneficio está contaminando los circuitos democráticos de nuestra sociedad. Se pretende aplicar a la democracia lo que es propio del mundo de la fábrica taylorista: eficiencia por encima de todo, atomización de los procesos, regulación numérica  de los mismos. Desde esa perspectiva y desde esa manera de pensar, los procesos sólo pueden producir dos resultados: primero, evitar el conflicto social, ocultarlo, anularlo o simplemente prohibirlo; segundo, no se admite nada más que una solución, la técnica, no es posible el consenso social, el reparto de beneficios o de cargas, la posibilidad de, en aras del bien de todos, asumir soluciones políticas que no tienen por qué ser las técnicas. Es decir, la política se considera como una simple gestión de procesos que ya vienen marcados y predeterminados por las tecnologías aplicadas previamente. Por eso, la “clase política” es objeto de chiste y de ridículo por parte de ese mundo de la economía porque los políticos no son técnicos, no aplican soluciones técnicas a los problemas, son unos ignorantes de los procesos técnicos. O se rompe esa espiral de la eficiencia y la tecnocracia como únicas soluciones aplicables al debate social o iremos —ya hemos hecho algunos kilómetros— inevitablemente a constituir una sociedad de gobernantes-tecnócratas ajenos a la propia vida social que, por naturaleza, es conflictiva. Gobernar el conflicto solo será posible desde la política, en su mejor y más noble acepción.

Una coletilla. El lunes la sala estaba abarrotada de personas interesadas en este debate y dispuestas a escuchar y participar con propuestas. Es una parte no despreciable de la ciudad, cargada de ideas, de compromisos. No sé qué vota cada uno y cuáles son las preferencias políticas de cada cual. Tampoco me interesa saberlo. Lo que me pregunto al comienzo de este ciclo de visiones sobre la ciudad es si la izquierda política sevillana, la izquierda andaluza, tomará nota del mismo o, como en otras ocasiones, se irá a la playa a tomar el sol. Porque lo que expresa, además de lo dicho anteriormente, este ciclo de Iniciativa Sevilla Abierta es que la izquierda sevillana, y andaluza, a lo peor andan huérfanas de ideas para el futuro y son otros, ajenos a la política, los que proponen los asuntos de la agenda.

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