Capitalismo: una vuelta a los años 20

Foto por Franco Folini

Por Alain FRACHON

Probable candidato a la nominación republicana para las elecciones presidenciales de 2016, el americano Mario Rubio repite al periodista el edificante cuento de hadas de su infancia en Miami. El senador de Florida lo cambia un poco según el público pero, en esencia, trata de la historia de una familia de inmigrantes cubanos que, a fuerza de trabajar y de privaciones, envía a sus hijos a la universidad. Y estos alcanzarán así en los años 70 los niveles de la clase media, corazón mítico de América.

Hoy eso ya no es posible, observa el senador. Con sus salarios, él, de camarero, y ella, de oficinista en un hotel, sus padres terminaron perteneciendo a dicha clase media y pagando los estudios a sus hijos. Con los mismos oficios en 2014 ellos no tendrían posibilidad de hacerlo igual, no ganarían lo suficiente. El “sueño americano” ha pasado a estar “fuera de su alcance”, ha dicho Rubio durante los actos de las ceremonias del 50 aniversario de la “Guerra contra la pobreza”, lanzada por el presidente Lyndon Johnson en enero de 1964.

El desafío de nuestra época

 Una razón de esta constatación: los Estados Unidos han llegado a ser una sociedad corroída por las desigualdades de rentas. Las de la inmensa clase media no progresan desde hace más de treinta años. Sólo un 10% de la población se beneficia de los frutos del crecimiento. El senador Rubio no cesa de plantear un tema que el demócrata Barack Obama fue el primero en suscitar a comienzos de diciembre: «El desafío de nuestra época es la desigualdad», declaró el presidente.

Cuando en el paraíso del capitalismo, demócratas y republicanos se ponen de acuerdo en formular, casi en idénticos términos, un mismo diagnóstico, es que estamos ante una profunda  patología. Ya se oyen a los turiferarios del célebre modelo social europeo clamar: «¡Eso no pasa entre nosotros!». Error, la mayoría de las economías occidentales sufren un aumento  vertiginoso de las desigualdades de renta.

La tabla bosquejada por los economistas es monocroma. Todos adelantan las mismas cifras para describir la misma realidad. Las diferencias comenzaron a crecer en los Estados Unidos durante los años 70. El fenómeno llegó a Europa Occidental en los años 80. « En vísperas de la crisis de 2008, las desigualdades alcanzaron sus máximos en Estados Unidos y en la mayoría de los países desarrollados», escribe Laura Tyson, economista, demócrata, ex consejera del presidente Bill Clinton.

El componente salarial en el Producto Interior Bruto no ha dejado de descender desde hace treinta años, periodo durante el cual la clase media ha podido mantener su nivel de vida solo endeudándose. No hay crisis en la parte superior de la pirámide sino precisamente concentración de la fortuna. En 2012, el 10% más rico de los americanos compartía más de la mitad de la renta nacional y el famoso 1% del vértice casi el 22%. Cifras sin precedente, salvo que nos remontemos a 1928, y que alteran profundamente el perfil social de América.

´Correlación no es causalidad, necesariamente, pero el crecimiento de las desigualdades de renta ha venido acompañado de otra evolución: la ralentización de la movilidad social. Uno de los motores del modelo está gripado. Incluso los republicanos, que proclaman alto y fuerte el credo americano, están de acuerdo: «Una de las promesas fundamentales de América se basa en esta posibilidad de formar parte de la clase media. Pero esta oportunidad hoy está cuestionada», constata Mario Rubio.

Explosión de desigualdades

Laura Tyson se pregunta: «El hecho de que el aumento continuo de las diferencias de renta sea un fenómeno común en las economías desarrolladas sugiere que existen causas comunes». Los economistas citan, de manera desordenada, desarrollo tecnológico, robotización, fracaso de los sistemas educativos y, sobre todo, globalización de la economía, favoreciendo todo ello un gigantesco movimiento de deslocalización.

Y es que en la medida en que las desigualdades progresan en los países occidentales, éstas disminuyen a nivel mundial ya que la tasa de pobreza desciende en los países emergentes donde aumentan las nuevas clases medias. ¿Cuáles son las lecciones que deben servir a los Estados Unidos, a Europa, a Japón? A los franceses, que aún siguen creyendo en su singularidad no les gusta este tema. Creen que la situación no es la misma en todos los países desarrollados.

El coeficiente Gini, indicador sintético de las desigualdades de renta, es más elevado en Los Estados Unidos y en Gran Bretaña, por ejemplo, que en Francia. ¿El milagro del estado-benefactor a la manera francesa aseguraría una mejor protección contra las desigualdades? En parte, pero sólo en parte. Allí donde Europa del Norte, la que se ha «adaptado» a la mundialización, cuenta un número creciente de trabajadores pobres, Francia alinea sus batallones de parados. Bajos salarios o paro. Los franceses han escogido, sin plantearse la cuestión ¿cuál es el mal menor para una sociedad? La respuesta no es evidente.

Como tampoco son evidentes las cuestiones  que nos sucita la explosión de las desigualdades en las economías occidentales. Estas economías no pueden cuestionar la globalización: para ellas, los mercados emergentes se han convertido en prioritarios. Pero las diferencias de renta, al polarización social entre el «1%» y el resto tienen sin duda un profundo impacto sobre el crecimiento, sobre el equilibrio político-social, sobre la democracia (Véase la emergencia de las fuerzas políticas que expresan la protesta).

Como frecuentemente ha ocurrido, el debate americano es precursor.

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Publicado en Le Monde, el 16 de enero. Traducido por J. Aristu

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