Sobre el celibato político

Por Antonio SÁNCHEZ NIETO

   La noticia de la corrupción en UGT-Andalucía ha producido un escándalo moderado en quienes pensamos que la corrupción es sistémica y los nuestros también forman parte del sistema.

¿Y ahora qué?

  Pues podemos seguir lamentándonos de la falta de valores, de la necesidad de un proceso de regeneración democrática, de la obviedad de que estamos en una sociedad en proceso de descomposición, que la crisis no es solo económica sino social, política, etc… En fin, un discurso ético, intachable porque:

– es siempre gratificante, al resaltar la virtud propia frente al vicio ajeno

– es inocuo, pues los corruptos no lo entienden y los insobornables no lo necesitan.

Sin duda, la existencia de unos tipos listos que usan ilícitamente de su poder para esquilmar a los demás repugna la moral. Pero cuando se extiende hasta poner en peligro de disolución  las instituciones deja de ser un tema moral para convertirse en un hecho político.  La corrupción en España es un problema político de  extrema urgencia. Sin instituciones fiables no hay democracia.

Podremos disentir sobre la dimensión de la corrupción en España (setecientas treinta y nueve causas abiertas, más de la mitad del PSOE)  matizando sobre si es generalizada o muy extendida. Lo indiscutible es la percepción universal de que todas las instituciones están tocadas.  La Monarquía, el poder judicial, el legislativo, el ejecutivo, la banca, la patronal, los sindicatos, los partidos políticos, medios de comunicación, la agencia tributaria… concitan una desconfianza y resentimiento crecientes. La propia idea de nación está en crisis.

Parecería que, al ser la corrupción un fenómeno trasversal, interesa por igual a izquierda y derecha acabar con ella. Tengo mis dudas: a la gente menuda le es absolutamente necesaria la existencia de instituciones – sindicatos, leyes laborales, partidos políticos, jueces íntegros…-  que la protejan del potencial destructivo de las mutaciones de la economía de mercado; a los poderosos también les resulta convenientes algunas instituciones, pero si fallan… siempre les quedará el mercado (para una exposición menos burda del tema recomiendo la lectura de  La gran transformación, de Karl Polanyi). La Historia nos cuenta que cuando el  mercado falla, amenazando destruir a la sociedad – y la actual crisis pone de manifiesto su  incapacidad para autorregularse -, gran parte de la elite liberal, con el apoyo de una insegura clase media,  reprime sus convicciones liberales y no duda en apoyar el advenimiento de un gran cirujano que erradique todo lo que impide la libre autorregulación del mercado (de trabajo).

Por ello es muy urgente que las instituciones funcionen, como en los países serios, limitando la carcoma de la corrupción para evitar la aparición de líderes carismáticos.

Caben distintas actitudes sobre qué hacer.

– la actitud quietista: no hacer casi nada, en espera de que el escándalo desaparezca con la crisis (que veinte años no es nada…) y su hedor vuelva a ser un olor familiar. Bastante probable.

-la optimista: confiar en el progreso de la humanidad como un proceso lineal que ineluctablemente finalizará en la aparición del Hombre Nuevo, con nuevos valores. Pasaron miles de años antes de que el sentido común cayera en cuenta de que la esclavitud es una barbaridad, ¿cuántos siglos pasarán para que el beneficiar impunemente a seres tan próximos y entrañables como la familia, los amigos o uno mismo a costa de un colectivo anónimo y lejano deje de ser un acto de sentido común? ¿Cuántos para que votar al cacique que, además de ser paisano, democratiza la corrupción recalificándonos  terrenos, sea considerado algo repugnante? ¿Cuántos para que leyes y fiscales dejen de tratar con el respeto debido a los corruptos honorables?

– la revolucionaria: cambiar las clases dirigentes y el tramado institucional. Teniendo en cuenta que es entre las elites donde la corrupción campea y que son las que impregnan a la sociedad de sus valores, parece la más lógica y por ello improbable. Y además, la corrupción ha sobrevivido a (y en) todas las revoluciones.

– la liberal: procede acelerar el actual proceso desregulador de la economía. Como alguien ha dicho, ¿para que hacer golfadas fuera de la Ley si hay amplio espacio dentro de ella?

Mi opinión es pesimista, basándose en el hecho de que las instituciones están constituidas por hombres y no por ángeles, como sería lógico.

En el actual momento histórico, que algunos definen como posmoderno en cuanto enterrador de dioses e ideologías (se acabó lo de sacrificar el presente a un futuro mejor), la especie humana que rige el planeta, el homo oeconomicus, se mueve exclusivamente por codicia. Luego, en un nicho ecológico donde quien no se motive exclusivamente por el beneficio es rara avis entre otro tipo de pájaros, reclutar personas  adecuadas a instituciones respetables es difícil. Cada vez serán mas excepcionales los que entren ahora en política por estar dotados de un plus de virtud; el plus Zaplana seguirá siendo el incentivo normal que despierte vocaciones políticas.

Toda reforma de las instituciones debe empezar por las organizaciones políticas y sociales democráticamente legitimadas para ejercer ese poder político.

En ellas sería necesario:

-democratizar su funcionamiento y estructura jerárquica. Un partido político no puede atraer a un ciudadano crítico si su participación se va a limitar a ser eventualmente elegido en congresos para formar parte de una estructura piramidal al servicio de un líder. Un mecanismo de ascenso basado en el olfato a la hora de elegir familia y líder futurible a quien servir resulta indigerible para ciudadanos sanos. El partido político (y el sindicato, y cualquier organización social) debe buscar ser una organización horizontal, donde se elaboren y discutan soluciones a los problemas sociales.

– con la que está cayendo, la fabricación de líderes carismáticos por parte de la izquierda es una labor fútil. La historia reciente nos ha instalado en la cultura de la sospecha y depositar confianza en personalidades ejemplares queda aplazada ad calendas grecas. Lo de la imagen de un líder joven, guapo y dicharachero puede ser eficaz solo si se confía en que la mayoría silenciosa siga comportándose más como consumidora que como ciudadana (presunción razonable, me temo). Los problemas de la izquierda no son de marketing: es que no tiene nada que vender.

– hay que atrancar la puerta giratoria. En primer lugar, para evitar sufrimientos a  expresidentes como González, que se aburre de asistir una vez al mes a consejos de administración donde solo cobra 126.000€. En segundo lugar, para evitar sospechas en el electorado de izquierdas. La derecha siempre ha percibido la relación entre dinero y política como un maridaje natural, cual princesa y duque; la izquierda lo encuentra promiscuo.

Evidentemente no creo posible que las elites de nuestros partidos tengan tendencias suicidas por lo que nada de lo anterior sucederá.

Desesperando del presente, e incapaz de resistir el subidón arbitrista, recuerdo la práctica de la Grecia clásica de sortear los cargos públicos entre todos los ciudadanos. Pero cuando algún sondeo indica que el 80% de los españoles no encuentran la política tema de interés – es decir, no se sienten ciudadanos- reconozco que tal procedimiento es de dudosa aplicación en una sociedad compleja.

 Sintiéndome incapaz de encontrar salidas razonables a situaciones imposibles, recurro al magisterio de la Santa Madre Iglesia, cuyas habilidades anticorrupción son indiscutibles (más allá del brazo incorrupto de Santa Teresa). En el tema que nos abruma, inventó una práctica de indudable eficacia paliativa: el celibato.

   Si los servidores de la res pública – ¿recordáis que así se llamaban los dirigentes políticos?- no tuvieran prole que alimentar, su necesidad de afanar disminuiría, y lo afanado en vida revertiría a las arcas públicas en el momento del deceso.

El problema de la reproducción de las elites extractivas se vería casi solucionado; el caso de la estirpe Fabra sería genéticamente imposible.

¿Por qué los curas pueden ser célibes y los políticos no? Los postulantes a dirigentes demostrarían que su dedicación a la política es por pura vocación de servicio.

Reconozco que este método anticonceptivo es de eficacia limitada pues siempre habría libidinosos que tuvieran hijos fuera de ley.

Si tal situación se volviera crónica y produjera escándalo social, se podría cortar por lo sano (de forma indolora, eso sí) aplicando la costumbre del imperio bizantino y su continuador, el otomano, de delegar la gestión de la cosa pública en los eunucos. Si se duda de la eficacia del método solo recordaré que el imperio turco duró quinientos años, el bizantino mil y la Iglesia Católica más de dos mil…

Bueno…sí… ya sé. Era sólo una idea.

 

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