Europa: el pensamiento débil de la autosatisfacción

Foto por Gaia Saviotti (Gaioux)

Por Stefano RODOTÀ

En su libro sobre La crisis de la conciencia europea de 1680 a 1715, Paul Hazard definió Europa como “un pensamiento jamás satisfecho”. Hoy, prisionera de una crisis sin precedentes, la Unión europea se complace con políticas económicas restrictivas, casi una frontera insuperable. Esta es la Europa que estamos viviendo en la que parecen débiles los intentos de superar el déficit democrático señalado por Jacques Delors. Y se desliza hacia un déficit de legitimidad, que es lo está en el fondo de la creciente desconfianza de los ciudadanos, de las distintas derivas hacia la renacionalización, del abandono de los valores y principios de la Unión, como está ocurriendo en Hungría.

Hubo un momento en que este riesgo había sido particularizado, se había tomado el camino para encararlo. En 1999, el Consejo europeo había abierto una fase constituyente, encomendando a una Convención la tarea de escribir una carta de derechos. La razón de esta opción era clara: “La tutela de los derechos fundamentales constituye un principio fundador de la Unión europea y el presupuesto indispensable de su legitimidad. En el estado actual de desarrollo de la Unión, es necesario elaborar una Carta de tales derechos a fin de sancionar de forma visible su importancia capital y su alcance para los ciudadanos de la Unión”. Se manifestaba de esta manera la conciencia de que la construcción de Europa basada solo en el mercado habría agotado sus posibilidades, que su plena legitimidad exigía ya una centralidad de derechos. Volvemos a encontrar aquí el lejano eco del art. 16 de la declaración de los derechos del hombre y del ciudadano de 1789: “Toda sociedad en la cual no esté establecida la garantía de los derechos, ni determinada la separación de los poderes, carece de Constitución”. Lo que ha estado sucediendo en la Unión europea es precisamente esto, una desconstitucionalización. Se le ha amputado de su sistema la Carta de los derechos fundamentales, su Bill of Rights,  que precisamente, como está escrito en el art. 6 del Tratado de Lisboa “tendrá el mismo valor jurídico que los Tratados.” Recogiendo este espíritu, nada menos que cuando la Carta no era vinculante, el entonces presidente Romano Prodi declaró de inmediato que “Parlamento y Comisión han hecho ya saber que pretenden aplicar integralmente la Carta”. Propósito  confirmado y que se mantuvo en sucesivas comunicaciones de la Comisión.

Hoy el horizonte ha cambiado, la Unión actúa como si la Carta no existiese, niega a los ciudadanos el valor que está anexo a la misma  destinado precisamente a adquirir legitimidad a través de sus adhesiones, transformando a los ciudadanos de actores del proceso europeo en simples espectadores, impotentes y desconfiados frente a una Bruselas que dicta imposiciones y  sacrificios y no es garantía de derechos. Hay en todo esto una contradicción, un abandono de la lógica que quería cambiar el término “Mercado único” por “Unión europea”, que tendría que haber acercado instituciones y ciudadanos, y a estos entre sí. Y hay también un abandono de todo lo escrito en el Preámbulo de la Carta, donde se afirma que la Unión “pone a la persona en el centro de su acción”.

Una “constitución financiera” ha sustituido a todo esto, y por eso hay que recomenzar desde aquí, entre otros argumentos porque se ha extendido la conciencia de los desastres provocados por su asunción acrítica. Este debería ser el tema central de las inminentes elecciones europeas. De lo contrario ocurrirá que, en lo que respecta a los europeístas, cobren ventajas las lamentaciones contra los populismos antieuropeos, los que The Ecomist llama la “Europa de los Tea Parties”, mientras que lo que se necesita es ir al fondo de sus razones y producir los anticuerpos necesarios. Y esto puede suceder solo si se recompone el contexto constitucional europeo, reintegrándolo con la Carta, también para retomar un hilo distinto de la misma discusión económica. De este modo aparecerá también más claro el objetivo de que debemos tener más Europa política. ¿Para hacer qué? ¿Hacer aún más dominante la lógica económica? ¿O volver a dar de nuevo aliento a un pensamiento que no se queda en este inquietante reduccionismo?

Comenzar desde Europa, por tanto, no es hablar de otras cosas o una manera de eludir las cuestiones específicas italianas. Es un paso obligado precisamente para definir mejor las responsabilidades nacionales, fragmentadas hoy por las dificultades y egoísmos de los estados individuales, para ir al encuentro sin reticencias no del antieuropeismo barato del que busca ganar algo en las próximas elecciones sino de la objeción radical de quien, como últimamente Wolfgang Streeck, ve la Unión europea ya como el epicentro de la “colonización capitalista”. La respuesta de Jürgen Habermas a esta tesis puede parecer no muy convincente pero tiene algo de verdad cuando señala el riesgo de “una renuncia derrotista al proyecto europeo”, que no abriría la vía a una Europa renacionalizada pero mantendría de manera central precisamente las destructivas dinámicas de la estricta austeridad. La hipótesis es democratizar el sistema de las instituciones europeas interviniendo sobre los tratados. Pero esta estrategia estaría manca y sería débil si dejara fuera la revisión de la nueva constitución económica y, sobre todo, si ignorase el gran conflicto sobre los derechos que ya ha devastado Europa aumentando las diferencias y la desigualdad, empobreciendo a poblaciones completas, y que hoy se alza como  el verdadero obstáculo para la creación de un “pueblo europeo”. Si ciertamente constituyen un error las objeciones de una extrema izquierda, igual de arriesgada es la incapacidad de la otra izquierda que considera ineludible este asunto.

Existe ya un conjunto de críticas a las políticas de austeridad que debemos aprovechar, articulado también en específicas propuestas de intervención, que marcan no una vía de salida de la Unión sino la necesidad de una revisión de sus instrumentos institucionales. Precisamente por esto prestar atención a la exclusiva dimensión económica es insuficiente si no se articula en este contexto más amplio.

Y aquí aparece el nexo entre Europa e Italia, donde muchos continúan separando las dos cuestiones y donde está en marcha la tendencia a separar de la Constitución toda la parte relativa a los derechos. Se ha manifestado una crítica irredenta hacia los defensores de los derechos fundamentales, aprovechando un pintoresco chiste  de Roberto Benigni sobre la “Constitución más hermosa del mundo”. En discusiones serias se deberían usar también otras fuentes. Massimo Severo Giannini, por ejemplo, que define “espléndida” la primera parte; o Leopoldo Elia, que ve en la Constitución “una de las mejores pruebas del constitucionalismo europeo, sobre todo por ser tan completa y por el espesor de la declaración de derechos civiles, sociales y políticos”. Esto no es triunfalismo sino la indicación de una política constitucional que, principalmente en vista de las reformas de la segunda parte, no puede abandonar los principios definidos en la primera. La Unión Europea e Italia tienen el mismo problema de recomposición del orden constitucional como condición para la supervivencia de la misma democracia.

Todos los europeos, y sus gobernantes, deberían tener la obligación de leer la última página del Homenaje a Cataluña, de George Orwell, donde aparece la extraordinaria descripción de la inconsciencia inglesa respecto de las señales de la inminente guerra mundial. Convencidos entonces de sus pequeñas certezas (“no os preocupéis: la botella de leche estará ante vuestras casas cada mañana y el New Statesman saldrá cada viernes”),  encerrados hoy los países más ricos en sí mismos, con una insolente ruptura de cualquier solidaridad y proyecto común, precisamente así se socavan las bases de una “Unión”, más que lo puedan hacer  los antieuropeistas profesionales.

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Stefano Rodotà es Es profesor emérito de Derecho civil de la Facultad de Jurispridencia de la Universidad «La Sapienza» de Roma. Fue en 1991 el primer presidente del Partido Democrático della Sinistra (PDS). En 2013,  la última elección para la renovación de la Presidencia de la República, donde finalmente se renovó el segundo mandato a Giorgio Napolitano, fue votado por un numerosos grupo de diputados.

El artículo salió publicado en Micromega el 10 de enero. La traducción es de J. Aristu

Las opiniones de Rodotà en la prensa española: El País (diciembre 2010)

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