Petit Pierre

Por Javier ARISTU

El ya fallecido historiador británico Eric Hobsbawm habló del “siglo corto” al referirse al pasado siglo XX. Con ello intentó precisar los “límites del siglo” a partir de lo que él consideró acontecimientos decisivos, de época: la revolución rusa de 1917 y la caída del muro de Berlín en 1989. De esta forma, nuestro ya pretérito siglo se habría caracterizado por una enorme potencia en los acontecimientos puntuales —una revolución política y  social de alta intensidad, dos guerras, europea y mundial, de extraordinaria capacidad destructora, procesos de genocidio, etc.—, una profunda modificación de la geopolítica, un asombroso progreso en la forma de vida y de bienestar de las llamadas sociedades avanzadas y, además, el ingreso en la política mundial de los países del entonces llamado “tercer mundo”, hasta entonces marginados de los procesos diplomáticos y de poder. Y todo  en un breve espacio de tiempo, 70 años.

Ya comienzan a parecer monografías y estudios donde se analizan con perspectiva y distancia aquellos años. Seguramente es todavía pronto para hacer un balance completo de lo que ha supuesto ese periodo así como las consecuencias que están afectando a nuestra vida presente y a la de las generaciones futuras. Para empezar, lo que fue la historia de un “siglo europeo” que dio imagen y referencia al resto del mundo ya no será posible. En estos años asistimos a la constatación de un acusado declive europeo, a la ausencia de papel determinante de este continente en la geopolítica mundial. Otras geografías, otras potencias económicas están sustituyendo a las cancillerías clásicas de la política global.

La historia se había escrito hasta hace poco con nombres propios de lo que se ha considerado “el poder”, “los de arriba”. Cuando mi generación estudiaba en las escuelas e  institutos del franquismo los maestros nos enseñaban una historia hecha de apellidos, de títulos: Isabel la Católica, Juan de Austria, el rey Felipe II, Olivares, Daoiz y Velarde, Espartero, Castelar, Cánovas, Sagasta… ¡eran tantos nombres gloriosos o malditos! Por no citar la lista de los reyes godos o la saga de conquistadores de Al-Andalus y de América.

El siglo XX todavía algunos nos lo pretenden enseñar a través de los nombres, como si detrás de los mismos, no hubiera otros reclamos, otras explicaciones, además de millones de anónimos individuos que lucharon, sufrieron e incluso murieron por sus ideas, por su nación, por su revolución.. o por  la voluntad de “los de arriba”.

Otros, que al de anónimos se le añadió el término de insignificantes, marginales, excluidos de cualquier referencia o de cualquier lista histórica. Quiero hablaros de uno de ellos. Se llamó Pierre Avezard y vivió entre 1909 y 1992, todo el siglo casi.

Pierre Avezard nació sordomudo, tuerto y con profundas deformaciones en el rostro. En una Francia campesina, aquellos años en que se vislumbra ya la guerra europea del 14. Pierre decía que nació antes de tiempo, que no le dio ocasión a desarrollar todos esos órganos. Más bien fueron malformaciones adquiridas durante el embarazo. No aprendió a leer ni escribir —la escuela de aquellos tiempos lo marginó—, no comprendió casi nada de lo que aprende un niño durante su periodo de aprendizaje. Y sin embargo aprendió por sí solo a vivir con la naturaleza y en medio de la misma. Desde pequeño lo destinaron a ser pastor del rebaño de vacas y ovejas de la granja familiar. Le llamaron “Petit Pierre”.  En esos interminables días, uno tras otro, cuidando las bestias, Pierre observa cómo “se mueve la naturaleza”, como actúa. Reproduce con viejas latas los animales que le rodean, juega con ellos, les hace moverse. Es una “naturaleza viva”.  Su hermano mayor, ingeniero aeronáutico, le da a conocer otras maravillas del mundo artificial: la torre Eiffel, el Moulin Rouge de París, los aviones. La gente de París le mira con asombro, asco o rechazo; los camareros de los grandes restaurantes no le dejan entrar: no es un cliente que atraiga a otros. Pierre, ausente de lo que es la convención social,  se queda admirado de la mecánica, de los objetos metálicos de la capital. Sigue almacenando cualquier objeto que ve a su alrededor. Es un coleccionista de chatarra.

En un momento de su vida, en 1937 —la guerra de España está en su apogeo, Hitler sigue enviando judíos a los guetos, Stalin dirige la persecución contra sus enemigos políticos y envía a cientos de miles de personas a Siberia— comienza a construir, poco a poco, con restos de hojalata y desechos de máquinas, un tiovivo donde pájaros, gallinas y otros animales se enlazan y realizan al unísono una danza mecánica de gran belleza. Un año antes una directora de cine alemana, Leni Riefenstahl ha filmado su documental El triunfo de la voluntad, sobre el congreso del partido nazi y donde se exalta la “raza” (alemana) como prototipo del ser superior. Pierre no tiene esa voluntad que se atribuyen algunos para dominar a los demás; lo que él pretende es jugar con la naturaleza, aprender de ella y transmitir a los demás ese placer del juego.

Estalla la guerra de 1945. El ejército alemán invade Francia. Pierre observa y ve cómo, primero, los aviones alemanes surcan el cielo francés camino de Inglaterra. Después verá atravesar las fortalezas volantes americanas camino de Alemania. Todos esos aviones van a bombardear otros campos, otras ciudades. Pierre observa los aviones y construye uno que en vez de tirar bombas mortales lanza remolachas para que sus vacas las coman. Pierre sigue ampliando su tiovivo con más artilugios y más animales y figuras humanas. Construye una réplica de la torre Eiffel de 23 metros de alta. Todo lo que ve y observa lo lleva al tiovivo en forma de lata.

Postguerra. Los ciudadanos europeos están de nuevo en paz. Las naciones pueden descansar de la guerra. Petit Pierre ya empieza a ser conocido en media Francia, su tiovivo es visitado por miles de personas. Cada domingo hace una exhibición de su engranaje y de su funcionamiento. Los expertos en ingeniería mecánica se asombran de cómo un analfabeto, un engendro de ser humano, ha sido capaz de construir engranaje tan sofisticado. Él sonríe, si entiende, y sigue uniendo alambres y rotores. El tiovivo se ha convertido ya en un objeto nacional de deseo. Todo el mundo quiere conocer el tiovivo de Petit Pierre. El cineasta Emmanuel Clot realiza una película sobre él, film que recibirá en 1980 el premio Cesar al mejor corto documental. Su personaje inspira a otras películas. Y así seguirá viviendo en su granja de la Coinche, en Fay-aux-Loges, hasta que, en 1992 fallece. Para entonces ya ha caído el muro de Berlín, el socialismo real se ha derrumbado, se ha ido construyendo paso a paso la Unión Europea, decenas de países antes colonias europeas son ya independientes, Estados Unidos ha perdido la guerra del Vietnam, China ha abandonado a Mao, el libro Rojo y el socialismo…

Esta que os he contado es una historia real. Pierre Avezard es un ser real, Petit Pierre, emblema y símbolo de la generosidad humana —pero no el triunfo de la voluntad—, del marginado por su fealdad y deformidad que es capaz, sin embargo, de donar a la humanidad, a sus congéneres, su propia obra, hecha de amor por la naturaleza.

La historia de Petit Pierre ha venido a Sevilla al teatro La Fundición, en el marco de la programación del Fest 2014,  con un montaje construido por Bambalina Teatro Practicable a partir del texto de Suzanne Lebeau, interpretado por Adriana Ozores, en el papel de narradora o cuentacuentos, Jaume Policarpo, en el papel de Petit Pierre y escenógrafo, y los dos bajo la dirección de Carles Alfaro. Han sido sesenta minutos donde de la sorpresa inicial se pasa a la subyugación y el encandilamiento ante el cuento que nos están recitando. Según nos dice Jaume Policarpo, “la canadiense Suzanne Lebeau, se inspiró en la biografía de este personaje real con una conmovedora historia que pone en evidencia, de manera sencilla, directa y contundente, la injustificable capacidad de nuestra sociedad para marginar a todo aquel que no se ciñe a un patrón de normalidad.  La obra nos muestra, al mismo tiempo, la generosidad y la nobleza de este ser inefable que es capaz de responder a ese desprecio construyendo un magnífico poema de amor y gratitud hacia las personas y la naturaleza”.

Al éxito de la función ayudan los efectos técnicos y la escenografía de Policarpo, el recurso muy conseguido de la deformación facial de Petit Pierre y, especialmente, la voz de Adriana Ozores, llena de matices y registros, que nos conduce a lo largo de esa hora de espectáculo por la hermosa historia de Pierre Avezard, que es ni más ni menos que la historia de los anónimos seres que siempre se ocultan bajo la Historia con mayúsculas.

El lector puede ampliar la información en estos enlaces:

Información de Bambalina Teatro Practicable: http://www.bambalina.es/blog/?p=1957

Video: http://youtu.be/Ba1apuOfrYw

Video a partir del documental de Emmanuel Clot: http://youtu.be/Hf3IlwJnNGY

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