Inmigrantes y políticas de inmigración

Foto por fronterasur

Por Javier ARISTU

De un tiempo a esta parte los medios de comunicación vuelven a incluir en sus primeras páginas noticias relacionadas con la inmigración. Generalmente a partir de accidentes o acontecimientos donde la muerte —del inmigrante— está presente. Lo más reciente lo hemos visto en Lampedusa, la isla italiana más meridional, donde el pasado octubre decenas de polizones procedentes de África perecieron cerca de su costa. Fue una tragedia que sacudió las conciencias y motivó, una vez más, una reflexión sobre las políticas migratorias que Europa gestiona. Pero a veces no son necesarias las muertes para que la primera plana salte de nuevo con el asunto. Sólo hace falta que un ministro del Interior francés, de apellido catalán Valls, y de carnet socialista, se dedique a expulsar del país a rumanos, separando además a la familia, aunque esa niña rumana esté perfectamente integrada en la sociedad, asista a sus escuelas normalizadoras y hable perfectamente francés. O bien tampoco hace falta que muera nadie para que sepamos que en el Reino unido, el país pionero de las libertades civiles, se impide, vulnerando la política europea firmada por ellos mismos y la carta de derechos humanos, firmada por sus gobiernos, que los ciudadanos europeos de origen rumano o búlgaro puedan trabajar en ese país. Son “europeos” pero no pueden trabajar en Europa con los mismos derechos que los demás. Y, finalmente por ahora, la noticia vuelve a saltar cuando a un gobierno español se le ocurre colocar una valla de cuchillas cortantes —las ya famosas “concertinas disuasorias”— pensando que de esa forma va a frenar la llegada de africanos a nuestro país.

¿A dónde vamos a llegar si seguimos desarrollando este tipo de actuaciones desde los gobiernos? ¿Son éstas las medidas que se esperan de una comunidad avanzada en derechos humanos como es Europa? ¿Es una novedad la masiva emigración de gentes de otros territorios hacia Europa? Como respuesta a estas cuestiones resumo algunas de las ideas que la socióloga Saskia Sassen (reciente Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales) expone en la introducción de un reciente libro publicado.

  1. Desde el punto de vista de los procesos históricos que tuvieron lugar en los siglos XIX y XX, la política de inmigración europea actual es profundamente regresiva. Además, desde la perspectiva de la ciudadanía, tratar a los inmigrantes como seres humanos «ilegales» acaba devaluando a la ciudadanía misma (pág. 13). Europa fue, al mismo tiempo, tierra de emigración (hacia América fundamentalmente) y de inmigración (de judíos del este, de argelinos y magrebíes, además del trasiego permanente de polacos, de italianos, de españoles, de griegos dentro de su continente).
  2. El incremento en Europa de la animadversión hacia los inmigrantes está renacionalizando las políticas de integración en un momento en el que ser miembro de una nación otorga una protección cada vez menor al ciudadano (pág. 14). Se está produciendo la contradicción de que el marco europeo de políticas de derechos choca claramente con las acciones de los gobiernos nacionales y, por otra parte, que se “europeiza” la política económica y presupuestaria —desposeyendo a los gobiernos nacionales de capacidad de intervención en éstas— mientras que se renacionaliza la intervención sobre políticas represoras sobre la inmigración. Por esto se está produciendo la escandalosa contradicción de que ciudadanos europeos de origen rumano y búlgaro sean claramente discriminados a través de medidas estrictamente nacionales de los gobiernos británicos o alemanes. De ahí que haya que pensar si podrá funcionar durante mucho tiempo más la paradoja de que el Tribunal Europeo de Derechos Humanos —y en gran medida los textos generales del acervo comunitario europeo— proteja y garantice los derechos de esos “ciudadanos” a vivir en Europa como los demás mientras los gobiernos nacionales “de Europa” siguen reprimiendo y castigando a dichos ciudadanos.
  3. ¿Acaso puede coexistir la renacionalización ideológica de la ciudadanía con la europeización de la integración y los múltiples transnacionalismos que determinan las políticas de identidad? (pág. 15) No es posible pensar en una Europa unida, en una Europa cohesionada, en una Europa avanzada si a la vez que se profundiza la apertura de mercados y de transferencias financieras y tecnológicas se cierra la puerta de la comunicación humana mediante las migraciones. Nunca fue así en el pasado y es difícil pensar que se pueda poner puertas al campo… Y una nota para casa: ¿es ni siquiera “sensato y prudente” hablar hoy en el reino de España de nacionalismos e independentismos a tenor de lo que está pasando en nuestras ciudades, cada vez más mestizas, más receptoras de emigrantes legales e ilegales?
  4. La ciudadanía en Europa nació y se expandió en parte gracias a las exigencias de los excluidos, tanto inmigrantes como ciudadanos, que no gozaban de plenos derechos. (pág. 15). La ciudadanía, el derecho y la razón de vivir de forma igual para todos, no es un código otorgado por el poder; fue siempre una conquista de los marginados, de los excluidos. No es posible entender la actual Europa de derechos humanos y de ciudadanía sin mirar a las luchas de los obreros, de los antiguos siervos, de las mujeres, de los inmigrantes, de todas aquellas comunidades que desposeídas en un primer momento y durante siglos fueron conquistando con sangre, sudor y batallas sus propios derechos, que fueron derechos para todos. Por eso en estos años no se puede excluir de la agenda de derechos sociales y de ciudadanía el derecho a vivir en aquella sociedad que se ha elegido, no solo en la que por nacimiento nos ha tocado vivir.
  5. La oposición a la inmigración ha sido una dinámica crítica en la historia europea desde hace mucho tiempo (pág. 16). La historia nos muestra que en todo país receptor de inmigración siempre hubo una oposición mayor o menor a la misma, aunque ese país fuese a la vez exportador de emigración hacia otras latitudes. Las motivaciones de raza, religión y cultura están siempre bajo dicha oposición. Se rechaza al negro, al musulmán, al que no es como nosotros, aunque a la vez nosotros vengamos de alguna rama que en su momento fue también “extraña”. Al extraño se le estigmatiza, se le margina en un gueto y, si es el caso, se le persigue y expulsa. Y sin embargo, la inmigración siempre ha enriquecido y beneficiado al país receptor, al principio en su producto interior bruto y luego en su modelo social y cultural. Las políticas de oposición a la inmigración siempre han tenido carácter cíclico, espasmódico, según la propia estabilidad general del país. La economía europea, como en general todas las desarrolladas, ha sido testigo de la permanente alternancia entre ciclos de alza y de descenso en su riqueza, donde la inmigración ha sido demandada, aplazada o controlada, pero nunca ha dejado de estar presente en esos ciclos. Por eso, pretender hoy borrar de nuestras sociedades este fenómeno,  que además se está produciendo a escala mundial, es irresponsable y suicida.
  6. La historia de las migraciones intraeuropeas demuestra que, con el paso del tiempo, muchos inmigrantes perseguidos y vistos como imposibles de asimilar acabaron siendo padres y abuelos de ciudadanos europeos (pág. 18). No existen genes que no se mezclen con otros, no es posible encontrar un individuo de la especie humana que no se haya mezclado con otro diferente a él. La extrañeidad, y a la vez la igualdad, es algo consustancial al ser humano. Nuestras sociedades son producto de la historia y en ésta la mezcla de etnias, culturas y diferencias es precisamente un factor esencial.
  7. La tarea de incorporar al recién llegado contribuyó a ampliar los derechos formales de los ciudadanos y a hacer de Europa una sociedad abierta.(pág. 18). No se podrá entender una Europa de derechos de sus ciudadanos si a la vez no construimos una Europa de derechos de sus inmigrantes. Es un proyecto conjunto e indivisible.
  • Las citas en cursiva proceden del libro de Saskia Sassen, Inmigrantes y ciudadanos. De las migraciones masivas a la Europa fortaleza (Siglo XXI, 2013. Edición original alemana de 1996)
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