Política y mundo del trabajo

Foto:  Britt-Marie Sohlström
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Britt-Marie Sohlström

Por Antonio BAYLOS

A propósito de la elección de Matteo Renzi como nuevo secretario general del PD italiano se plantea un debate sobre las características del tipo de partido que plantea el nuevo líder y las relaciones con el mundo del trabajo. Antonio Baylos, buen conocedor del mundo sindical y político italiano, ha escrito un enjundioso artículo en su blog donde hace una valoración general de lo que puede suponer para Italia y para la izquierda la elección de Renzi. Extrapolando, podríamos ampliar la reflexión aquí en España y también en Europa: ¿cómo debe la izquierda de esta época tratar el mundo laboral? Por la importancia que tienen esas relaciones política-trabajo reproducimos parte de dicho artículo.

El resultado de las primarias del principal partido italiano, exponente del centro izquierda y heredero del partido comunista más grande e influyente de la Europa occidental, plantea tantas interrogantes como reflexiones.

Esta tendencia regeneracionista [que representa Renzi]  no es antipolítica, sino que pretende una sustitución de los valores y de las personas basada en la nueva percepción de la realidad que da el hecho de pertenecer a una generación que no ha conocido la resistencia antifascista pero tampoco el otoño caliente (el autor se refiere al movimiento de luchas obreras y sindicales en Italia en 1969). Una generación más “globalizada” que se identifica más con la libertad de movimiento o con los derechos civiles y la lucha contra la discriminación sexista o racial. El discurso de Renzi es vivaz, retórico y efectivo. Se fundamenta en las subjetividades difusas del empresario y del trabajador, pero no incorpora una lógica de empresa ni un argumento sindical. Da confianza y transmite un mensaje positivo de confianza y de potencia desperdiciada o clandestina de tantos ciudadanos que no han sido interpretados por la política y el partido que aspira a representarlos. Renzi insiste en que la política y el reformismo no tiene por qué ser aburridos, y que hará que los italianos abandonen el hastío frente a la vieja manera de hacer política. En su  discurso sin embargo no hay apenas indicaciones del proyecto de reforma que va a sostener salvo alguna referencia interesante sobre la importancia de la educación y la  disminución de los gastos que rodean la actividad política y los estipendios de los parlamentarios. El resto es una preceptiva de ilusiones y de autoestima colectiva para aquellos italianos e italianas que son idóneos para afirmar un crecimiento y una riqueza social no sólo económica sino social y política que recobre un puesto importante en el contexto europeo.

Este discurso se confronta directamente con la forma-partido como sujeto clásico de la política, que controlaba de forma monopolista el espacio público. Los resultados de las primarias han generado un inmenso potencial desestabilizador de las estructuras internas del PD,  dando  la razón a un libro desencantado de Marco Revelli cuyo título se ha incorporado a este post: Finale di partito ( Einaudi editore, Torino, 2013, 10 €).  En él se describe la mutación del tradicional protagonista de la democracia, el partido político, que transforma su naturaleza en el marco de una clamorosa crisis de confianza, una cierta “contra-democracia” que se opone a la llamada “democracia de partidos”. Y en efecto la derrota del “aparato” tiene que ver con la imposible subsistencia de un partido de masas en torno a una militancia activa, que se remplaza por un espacio de comunicación fundamentalmente gestionado a través de los mass media.  A su través se establece una relación directa entre los ciudadanos y sus intereses difusos relacionados con sus posiciones en el espacio de la distribución y no definidos en razón de su carácter subalterno en un espacio de dominio gestionado por un poder privado que se extiende a partir del trabajo sobre toda su existencia social.

Por consiguiente, en el discurso que ha ganado las primarias del PD el trabajo no encuentra la centralidad con la que tradicionalmente había venido siendo recogido en la tradición comunista primero y socialista – democrática posterior. El sindicato, ante todo la CGIL, no es considerado por el vencedor de las primarias del PD como una entidad “amiga”. Y viceversa, la dependencia extrema que la CGIL ha mantenido respecto del PD dirigido por Epifani, ha hecho que el sindicato no confíe en el nuevo rumbo del PD dirigido por Renzi y sienta una vez más que se abre un vacío ante sus pies debido a la carencia de feeling y de contacto institucional con el nuevo equipo dirigente. No hablemos de la FIOM-CGIL (los metalúrgicos) y su fuerte confrontación con el modelo FIAT de relaciones laborales que implica el ostracismo y la exclusión de cualquier proceso negocial de un sindicato de representatividad desbordante en la empresa. Este sindicato sin embargo se sitúa en un espacio de repolitización del trabajo que no encuentra  correlación política ni un territorio de contratación.

Ese alejamiento del trabajo como centro de la regulación social se manifiesta de forma crítica en torno al problema de la representación política del trabajo que, en cuanto tal, no está asegurada y ni siquiera indicada por el equipo de gobierno vencedor en las primarias. Este es posiblemente uno de los elementos más decisivos en la transformación del PD y su relación con el sindicato, debilitado en su proyecto de liberación del trabajo y de asignación de derechos directamente ligados a la condición de ciudadanía.

Es cierto que este no es solo un problema italiano sino que se despliega en cualquier reflexión sobre los proyectos de reforma social que necesariamente tienen que referirse al papel y a la relevancia que éstos asignan al trabajo en el diseño de la sociedad que se pretende. Pero el trabajo posiblemente ya no tiene el sentido ni la función que asumía en la crisis del fordismo, está cambiando de forma acelerada y fundamentalmente se disocia de la forma en la que se institucionaliza, de la manera en la que se sitúa en el ordenamiento jurídico y en la regulación que éste hace de él. El trabajo real se escapa del molde institucional, tiene dificultades para ser encuadrado en el programa de acción del sindicato, y no tiene ninguna relevancia política, separado de la condición de ciudadano y disuelto en una nueva abstracción formal de una serie de individualidades marcadas profesional y económicamente por un interés difuso en la progresión material y del conocimiento que requieren un cierto espacio público relativamente desmercantilizado que permita una redistribución de rentas en un sentido compensatorio que reequilibre la condición social de origen. Pero sobre esto deberíamos seguir discutiendo mucho más en adelante.