Catalunya contra Cataluña

Foto por Adrià Sanchez Aràn
Foto por Adrià Sanchez Aràn

Por Carlos ARENAS POSADAS

¡En qué compromiso nos han puesto a los historiadores con motivo del congreso organizado por la Generalitat de Catalunya! ¿Qué posición tomar sobre un congreso cuyo título o tesis final ya está preestablecido desde antes que se produzca el debate científico: “España contra Cataluña”.

Puedes dar la callada por respuesta porque entiendes que se trata de una piedrecita más que una parte de la clase política catalana ha puesto en el camino de la independencia, que tal congreso no tiene propósito de debatir y que no compete, por tanto, a los historiadores; pero con tal actitud se corre el riesgo de parecer que otorgas o que no tienes criterio, con lo cual tu poco o mucho crédito como historiador se esfuma.

Te puedes cabrear. El congreso es un ejemplo más de la vomitiva manipulación de la historia por parte de todos los nacionalismos que en el mundo han sido; de su abyecta pasión por inculcar el odio hacia otros seres humanos, que es la base fundamental de toda conciencia nacional y de hacer que el pueblo actúe más con las vísceras que con el cerebro.

Puedes ir de cínico o malvado. A ver si se estrellan.

Te lo puedes tomar a cachondeo. ¿Los catalanes unas víctimas? Las carcajadas se oyen desde Finisterre al cabo de Gata. Adam Smith decía que cuando tres o más comerciantes se reúnen no hay mano invisible que valga porque los tres se ponen de acuerdo, controlan el mercado a su favor, imponen precios y viven de los costes de transacción que pagan los clientes. Le faltó decir: salvo que los comerciantes sean catalanes, que son oprimidos por España desde 1714.

Te lo puedes tomar paternalmente: si el problema es 1714 y eso consuela, volvamos a la situación anterior, a una España como confederación de Estados, pero para ello no hace falta manipular la historia.

Te puedes dar la trabajera de enumerar catorce mil quinientos agravios que los no catalanes han tenido respecto a Cataluña en los últimos tres siglos. Solo uno. A comienzos del siglo XIX el catalán Gaspar de Remisa se hace cargo de la explotación de las minas de Riotinto en la provincia de Huelva. Hombre de gran espíritu emprendedor arrasó el arbolado en  muchos kilómetros a la redonda para usar la madera como combustible con el que quemar el mineral, arruinando flora, fauna y todas las riquezas que el bosque, la agricultura y la ganadería generaban y podían haber seguido generando. El beneficio entonces de “Cataluña” fue de cientos de miles de reales; ¿quién se hace cargo hoy de aquel estropicio? Como este caso concreto, miles, pero para resumir podrían los congresistas agraviados calcular los saldos de las balanzas comerciales, de pagos y fiscales entre Andalucía y Cataluña en los últimos tres siglos. ¿Adivinan el resultado?

Finalmente te puedes tomar las cosas con calma, distanciadamente, y decir que la rabieta nacionalista está producida sencillamente por el traspaso de poder político que la oligarquía industrial catalana  se ha visto obligada a ceder a la oligarquía financiera con  sede en Madrid desde hace veinte años. No es para molestarse hombres. También la oligarquía agraria andaluza perdió la hegemonía política a últimos del siglo XIX a manos de industriales catalanes y vascos aupados con el nacimiento de los respectivos nacionalismos. Desde entonces las oligarquías catalanas y vascas coparon y se sirvieron del Estado español (¡), diseñaron políticas arancelarias y fiscales, se aprovecharon de la información privilegiada y de los contratos del Estado, obtuvieron  la millonada de mano de obra atrapada en los cortijos que le resultaba necesaria para sus cadenas de montaje, etc. Un congreso de historia catalana en el franquismo podría haberse titulado: “España al servicio de Cataluña”. Y nadie se molesta. Pelillos a la mar. Lo que si fastidia es que mientras detrás de aquel capitalismo industrial español de los sesenta había tres pueblos: el vasco y catalán al timón y el pueblo andaluz en la sala de máquinas, hoy en el predominio del capitalismo financiero y “por la cara”,  como me gusta llamarlo, los que están al mando son Montoro y Asociados. Comprendo que sentirse español en este momento no sea plato de gusto.

El problema está, por tanto, en la diversidad de capitalismos no de naciones, lenguas, historias y culturas singulares que han convivido en España desde hace tres siglos; capitalismos con intereses antagónicos cuyos gerifaltes, como ocurrió en las dos guerras mundiales, no tienen el menor pudor en arrojar a unos seres humanos contra otros. Pongamos al ser humano y sus necesidades y no a la nación en el centro del debate. Devolvamos el odio contra quienes lo promueven.

 

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