Conciertos

CEIP San José de Calasanza (Huércal-Overa)
CEIP San José de Calasanza (Huércal-Overa)

Por Carlos ARENAS POSADAS

Los resultados del último informe PISA que mide los niveles formativos de los estudiantes en los países industrializados del planeta vuelve a poner a España en los últimos lugares del ranking. Nuestros niños están por debajo de la media en compresión lectora, expresión escrita y razonamiento matemático. En un mundo en el que la acumulación de conocimiento se presenta como la primera palanca del desarrollo y del bienestar, el futuro no se presenta muy halagüeño.

Con ser grave la situación española es mucho peor la andaluza: el nivel formativo de nuestros hijos es aún más bajo que el del niño o niña español medio. No es ninguna novedad. Tales diferencias se pueden encontrar desde el siglo XIX. El analfabetismo fue una lacra en Andalucía  hasta el último tercio del siglo XX cuando era ya una cuestión resuelta en muchas partes del país. Repásese el libro de Luis Bello escrito en los años veinte en el que se describe el estado de las escuelas andaluzas de entonces para conocer el origen del problema. En los años setenta hubo que hacer un Plan de Urgencia de Andalucía de construcciones escolares para poder llevar a cabo la prevista escolarización general básica.

En las últimas décadas, los avances han sido indudables debido, entre otras cuestiones, a que las inversiones escolares en Andalucía han sido incluso ligeramente superiores a las de otras comunidades autónomas. La cantidad de años de escolarización cursados en Andalucía a lo largo de la vida ha alcanzado a la media española. Aún así, no solo los datos generales de PISA son peores sino que son peores también los referidos al fracaso o al absentismo escolar especialmente en la secundaria obligatoria.

Las causas de los bajos niveles formativos en Andalucía son dos: la desigualdad social y la voluntad política de que la desigualdad se perpetúe. El fracaso escolar es, básicamente, un problema de las clases trabajadoras. Andalucía es con Ceuta y Melilla, la comunidad autónoma donde las diferencias sociales son más acusadas, y la organización del sistema escolar es un factor más de la perpetuación de las desigualdades. Repásese las inversiones de la Junta de Andalucía en formación y se verá que, proporcionalmente al número de estudiantes que atiende cada servicio, aquellas son mayores en la universidad y en la formación secundaria no obligatoria donde asiste una fracción pequeña de los jóvenes que en la escuela primaria y secundaria obligatoria.

El colmo de la discriminación es la transferencia de rentas de pobres a ricos que se producen en las escuelas concertadas. Decía Luis Bello que a las pocas escuelas públicas existentes iban “de balde” los hijos de las clases medias. El impuesto que se pagaba por el consumo de  alimentos (hasta el 80 por ciento de los ingresos públicos) servía para construir unas pocas escuelas en barrios céntricos habitados por las clases pudientes. Hoy ocurre tres cuartas partes de lo mismo. A las escuelas concertadas situadas en los barrios burgueses de las ciudades andaluzas y pagadas con los impuestos de todos van “de balde” los hijos de las clases medias y altas. En las últimas décadas, las inversiones dedicadas a las escuelas concertadas en Andalucía han ido creciendo en detrimento de la escuela pública. Andalucía, con gobiernos supuestamente de izquierdas, es la comunidad o una de las comunidades que más dinero aporta a las escuelas concertadas, religiosas la mayor parte de ellas, cuando por el atraso secular acumulado y a poco que se tenga un mínimo de voluntad política, debería ser todo lo contrario.

Por su ubicación geográfica en barrios burgueses, por el nivel social de los alumnos que atiende, por el descrédito de lo público permitido desde la administración, por la selección sibilina e indecente de los alumnos, la escuela concertada contribuye igualmente a la perpetuación de una sociedad inmovilizada, de castas; no porque enseñen más o mejor (se ha comprobado que los resultados en las escuelas públicas son mejores si se descuenta la parte del fracaso que corresponde a la condición social de los alumnos) sino porque se acumula en ellas mayores cantidades de capital social relacional.  Las familias pugnan porque sus hijos sean admitidos en esos colegios porque  empiezan a relacionarse allí con quienes podrían solucionarles el futuro (en realidad, las elites ya se han marchado de esos colegios). En los barrios periféricos donde viven los obreros, el fracaso escolar medido muchas veces en conocimientos abstrusos, es debido a la falta de incentivos para el estudio; las relaciones del niño obrero son otros niños obreros,  las posibilidades de encontrar un empleo mejor que el de sus padres son mínimas (y menos en las circunstancias actuales); las castas sociales se reproducen con la segmentación social de los centros de enseñanza. Los resultados PISA son mucho mejores en aquellos países donde la escuela es pública para todos; donde niños de todas las clases sociales están mezclados. En esos países, la familia que quiere distinción, la paga.

Sabiendo que esto funciona así, ¿por qué no se arregla el problema?  ¿Por qué se sigue permitiendo que las diferencias sociales de los padres no sean corregidas por el sistema escolar? ¿Por qué no se discrimina positivamente las escuelas públicas en cuanto a  inversiones y recursos?

Se me ocurren varias respuestas. La primera es que, pese al nombre, el PSOE  que ha gobernado Andalucía en los últimos treinta años, fue y sigue siendo un partido de y para las clases medias. La segunda es que al viejo capitalismo andaluz, consolidado en este período, nunca le ha interesado ni poco ni mucho la formación del pueblo andaluz. Antes el analfabeto convenía porque se le mantenía sumiso cerca del cortijo; ahora porque para la construcción, la hostelería y la venta minorista, las cuatro reglas ya sobran. A falta de inversiones, el capitalismo andaluz ha progresado en la historia sobre la base de unas clases asalariadas incultas y baratas, sobre el privilegio político y  la apropiación exclusiva de los recursos materiales e inmateriales. La única solución al problema escolar en Andalucía es forzar un cambio en el modelo productivo y una distribución equitativa de todo tipo de capital. Es la única manera realmente eficaz de incentivar el aprendizaje.