Francia: el pueblo que la izquierda perdió está en la calle

Foto: François, le gardien de phare
Foto: François, le gardien de phare

Con cada vez más frecuencia se vienen produciendo en el país vecino  movilizaciones de tipo populista, sin relación con lo que podríamos denominar  reivindicaciones de clase o de izquierda. Junto a eso, el creciente protagonismo y ascenso del Frente nacional en tradicionales electorados de izquierda, obliga a pensar que en Francia, como en el conjunto de Europa, se están desarrollando procesos nuevos, contradictorios y ajenos a las clásicas coordenadas derecha/izquierda. Es un asunto nada fácil y que ciertamente  responde a diversas causas. Aquí ofrecemos un particular punto de vista y una reflexión desprendida de cualquier prejuicio o esquematismo. Es necesario analizar el problema sin tapujos porque en cualquier momento la chispa podrá saltar en otro país.

Por Chantal DELSOL

Analizar las causas de los actuales problemas exigiría un libro entero, ya que los orígenes son múltiples y diversos los actores. Empobrecimiento económico, debilitamiento del Estado-nación que ha ocupado siempre todo el espacio. Dudas desesperadas acerca de un modelo considerado perfecto… Lo que más asombra a los analistas es la naturaleza de estos agitadores. Son sublevaciones populares pero éstas no se identifican especialmente con la izquierda: están perdidas para ésta.

Desde hace algún tiempo, como ya sabemos, la izquierda ha perdido al pueblo. El Frente nacional moviliza más que la izquierda entre las clases populares. La izquierda ha puesto a punto en consecuencia una estrategia ganadora a fin de responder a este problema crucial que amenaza con costarle el poder. Ha tenido éxito enviando al ostracismo, simbólicamente, a una parte de la derecha, prohibiendo literalmente todo aquello que tiene que ver con el Frente nacional. La derecha había hecho lo mismo durante los años 60 y 70, empujando al Partido comunista a las tinieblas a fin de congelar a una parte del electorado de izquierda.

El resultado de esta artera  política produce amarguras y revueltas cada vez mayores. Una parte no despreciable del electorado tiene la impresión de ser excluido, desdeñado, detestado. Constata que el poder rechaza enfrentarse con los problemas reales que aquel sufre e incluso trata como criminales a aquellos que se atreven a abordar estos problemas. Crece por tanto un sentimiento de injusticia, transformado muy pronto en ganas de pelear.

El paso de lo popular al populismo

El pueblo se ha dado cuenta de que habiendo dejado de ser la clase gloriosa para la que se hicieron las revoluciones ha pasado a ser una clase vulgar, insociable y finalmente obscena. Se da buena cuenta de que el paso de popular a populismo indica la caída en términos de respeto y consideración. A partir de ahora se le responsabiliza de todo.

La atmósfera de revueltas que observamos en estos días se debe sin duda a la inmensa decepción de un pueblo de izquierda al que se le habían hecho una vez más promesas que no se podrán cumplir y que se veía abocado a una crisis interminable y cada vez más profunda, mientras que la gente del poder repetía sus conjuros rituales sin tener ninguna duda acerca de la realidad de las provincias;  y éstas  vivían una situación completamente revolucionaria.

Pero la atmósfera de revueltas incita también en gran medida a la exasperación del pueblo de derecha, bien numeroso y convencido de no haber sido nunca atendido, peor aún, de ser considerado un criminal (lepenista) antes incluso de hablar. Cuando se hace callar a un pueblo mediante el insulto permanente llega un momento en que éste recurre a otros medios para dejarse oír, tales como meter fuego a las lindes o tirar excrementos delante de los gobiernos civiles (prefecturas). Desde luego es una reacción tosca y poco simpática. Pero es difícil para la elite ponerse en el lugar de la gente abrumada, y de la cual se mofan los poderes que se preocupan sólo de insultarlos diciendo que representan a la Francia mohosa.

  Un gobernante ineficaz en época de bonanza

Sea de izquierda o derecha, el elector de base tiene el sentimiento (ciertamente discutible pero real) de tener ante él un presidente indolente, cargado de diplomas pero incapaz de tomar una verdadera decisión, carente de cualquier convicción y fuerte sólo por sus grandes gestos y por su tono inspirado, que ocultan el vacío. De ahí la rebelión. Se puede ser un gobernante ineficaz en época de bonanza pero en tiempos de crisis es muy peligroso. No gracias. De ahí vienen las “boinas rojas”.[1]

Los historiadores saben bien que las revueltas, y posteriormente las revoluciones,  vienen sólo cuando un grupo suficientemente numeroso no tiene gran cosa que perder. Y hasta ahora se podía pensar que el pueblo de Francia, compuesto esencialmente de pequeños burgueses, tenía demasiado que perder para lanzarse a este tipo de aventuras. Pero esto es cada vez menos verdad, en el sentido de que la mayoría de esta gente tienen cada vez menos que perder. Hay que añadir, además, la creciente convicción de que esas opiniones populares, tratadas como criminales porque son reaccionarias, son en realidad mayoritarias en el país.

Las grandes manifestaciones de 2012 han propagado de forma ostensible este sentimiento. Las cifras que daba la policía eran tan ridículamente bajas  frente a la marea humana desplegada ante sus ojos que, cada vez más, el movimiento de protesta se rebelaba. A esto ha seguido una tenaz desesperanza, un extremismo, una voluntad de pelearse comparable con lo que se consideraba como una inmensa traición antidemocrática. Sólo basta con ver lo que François Hollande dijo a propósito de los referendos populares para comprender hasta qué punto el poder tiene miedo del pueblo, porque no solamente el pueblo no es de izquierda sino que está incluso más a la derecha de lo que creen los razonables y encorbatados cuadros del la UMP (el partido de la derecha sarkoziana).

Un dique está a punto de saltar. Sería más inteligente dejar de lado la ideología y dejar de insultar: al insulto no puede responder sino la violencia.

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Chantal DELSOL es filósofa e historiadora de las ideas políticas. Publicado en el diario Le Monde el 22 de noviembre pasado. Traducido por J. Aristu


[1] Se refiere a la revuelta popular en Bretaña contra la implantación de una ecotasa. Los manifestantes llevaban un gorro rojo, imitando una revuelta fiscal de la misma región en el siglo XVII.