Mujer y joven

CongresoPSOESusanaDiaz231113Por Javier ARISTU

Estamos en los momentos finales de una generación política que ha desarrollado su experiencia de vida en estos últimos treinta años. Coincide con la mía propia. Conectamos con la política allá por mediados y finales de los años sesenta —como es mi caso— o bien, ya entrados los años setenta y el final del franquismo. Son los años de la transición, hoy tan criticada y denostada por algunos pero que, sin duda ha dado marca de identidad a aquellos jóvenes de entonces hoy ya carrozones de la política. Viene esto a cuenta de un artículo que leo en Diario de Sevilla firmado por mi querida antigua amiga —hace tantos años que no nos vemos— y entonces compañera de partido Amparo Rubiales sobre el recién clausurado Congreso socialista andaluz. Se destila los ecos de la retirada, esta vez ya definitiva, reemplazada por la nueva generación que ahora tiene la mediana de los treinta años, identificada en Susana Díaz.

En mi caso han sido más los años dedicados a la enseñanza que a la política, compartidas ambas durante un tiempo.  He dedicado seguramente más horas a las clases —donde intentaba aclarar qué era un paradigma lingüístico (¡qué horror!) o pretendía traducir a las mentes inmaduras y juveniles de aquellas criaturas  la densidad de un poema de Antonio Machado (¡qué gozada!)— que al activismo político. ¡Y eso que a este le dediqué una buena parte de la jornada durante varios años! He visto pasar por delante de mí a varias generaciones de andaluces: alguno se acuerda de mí —yo, lamentablemente, no de él— y me envía cariñosos mensajes por facebook.  Pedro, que fue un buenísimo alumno y luego mejor amigo anda por Estrasburgo y ahora ya me da lecciones de latín. Hasta Paco Robles, cronista sevillano y factótum de la televisión local sevillana, tiene la amabilidad de decirme que se acuerda de mí y que tiene buenos recuerdos de aquellas clases. Seguramente le puse buenas calificaciones cuando era un alumno de bachillerato; no sé qué notas le pondría ahora a sus artículos en ABC aunque en general creo que no he sido profesor de suspensos.

De entrada tengo que decir que ya no me mueve —alguna vez en el pasado sí lo haría— ni la pasión política por siglas, ni el rencor por otras, ni el afán de defensa numantina de ningún partido ni nada que se le parezca. Jubilado ya de la enseñanza, apartado hace muchos años de la política partidaria, tengo que decir que ya sólo son capaces de sacarme de mis casillas el obispo Rouco y el ministro Gallardón, y no porque éste sea de derechas —que lo es y a fondo a pesar de que hace años nos lo presentaban como el “hombre del centro” en el PP— sino porque actúa como el cínico y taimado personaje que sólo aspira a permanecer en el poder, sea como sea, sea con quien sea, utilizando argumentos cargados de falacias. A pesar de eso, no creo estar guiado por nada que tenga que ver con las pasiones de la política.

Sin embargo, me hubiera gustado que, si no en el artículo de Amparo Rubiales —ser objetiva en este asunto y presidenta del PSOE andaluz hasta el domingo es tarea difícil—, sí en otros artículos que han venido publicándose sobre la sustitución de Griñán y la irrupción imponente de Susana Díaz en la política andaluza y española, sobrara algo de hagiografía y adulación y se añadiera bastante más de perspectiva crítica. No tanto sobre la personalidad de Susana Díaz —a la que hay que darle el tiempo necesario para poder hacer un primer balance de su gestión— como acerca del periodo transcurrido en estos treinta años que se han llevado ya nuestra madurez física, si alguna vez tuvimos la mental.

No sé qué habría ocurrido si el 25 de marzo del pasado año Javier Arenas y el PP hubieran tenido la mayoría absoluta. Creo que muchos de sus votantes estarían ahora arrepintiéndose, sin duda, como lo están aquellos que votaron a Rajoy tres meses antes. No soy de los que creen, ni mucho menos, que “cuanto peor, mejor”. Me alegra, por tanto, que hoy tengamos a Susana Díaz presidiendo un gobierno de coalición PSOE con IU. Pero… Javier Arenas se quedó a 5 escaños de la mayoría absoluta. Si aquello hubiera ocurrido, no quiero ni pensar lo que hubiera pasado en el PSOE y en IU. Seguro que el proceso posterior de debate no hubiera llevado a este congreso donde la secretaria general sale con apoyo del 98,63% de los delegados. ¿Quiénes serán ese 1,37?

Pero no hagamos historia contrafactual. Vayamos a la memoria reciente de los hechos.

A la nueva secretaria general y Presidenta de la Junta se le han reconocido diversos méritos y no soy yo quien para quitárselos. Repitamos algunos que han sido difundidos por sus comentaristas: buena polemista, trabajadora nata, dialogante (al parecer antes no lo era), capaz de llevarse al huerto al contrincante, de discurso claro y sin rodeos, popular (“la chica de la casa de al lado”, según Juan José Téllez), dispuesta a abrir las ventanas de San Telmo… y tantos más que sin duda gustan a esa militancia socialista ávida de líderes que transmitan seguridad y firmeza. La nueva presidenta del PSOE andaluz, Micaela Navarro, añade uno más que creo es el que da identidad al resto: “Salvando las distancias, Susana Díaz recuerda a Felipe González”, nos dice. Es decir, queremos que se parezca a Felipe González. Da la impresión de que el PSOE tiene todavía lo que Freud denominaba el “duelo del padre”, no haber asumido, casi veinte años después, la ausencia de aquel líder que dio sentido a un estilo político y a una manera de entender la política que es consustancial a este PSOE. Susana y el nuevo Suresnes: ¿de eso se trata? Entonces desalojaron de la dirección socialista a la generación de la guerra civil. Ahora se trataría de superar a los chicos y chicas de la transición.

En el artículo de Amparo Rubiales aparece un homenaje a su amigo y secretario general José Griñán “Algunos hemos durado mucho, más los hombres que las mujeres, y era necesario hacer lo de Griñán”. Esta generación socialista, por la que Román Orozco “pondría la mano en el fuego”, acaba su ciclo e irrumpe la nueva, de forma acelerada y como las brigadas acorazadas de Guderian, tomando todas las posiciones en un abrir y cerrar de ojos, porque “sé necesario que otra generación asuma la primera línea política” —dice Amparo Rubiales. Hoy es Andalucía, ¿mañana será Ferraz? Lo viejo y lo nuevo: nada que objetar a una casi ley de la genética histórica y política.

Pero la política no es sólo genética. Valorar en una persona que es mujer no es mérito, eso tiene que ver con su condición natural. Apreciar que es joven no es capacidad, es de nuevo condición. Sé que algunas de las lectoras ya comienzan a arquear las cejas pero me sale la vena de profesor. No por ser mujer (u hombre) aprobé nunca a nadie en el instituto; nunca por ser más o menos joven (lo eran maravillosamente todos) aprobé a ninguno de mis alumnos. Uno, modestamente, intentaba valorar el mérito, la capacidad personal, el esfuerzo, los resultados, el producto de su trabajo; nunca su condición de mujer, de hombre o de lozanía. Es evidente que tener una secretaria general en vez de un secretario general de un partido socialista expresa, ni más ni menos, el avance cultural de la sociedad andaluza, la capacidad de superar atavismos y discriminaciones pasadas. El PP también tiene a mujeres en su dirección y en puestos de responsabilidad, y en número considerable. Nada que objetar y mucho que felicitar a ambas fuerzas por esa voluntad de homologar para los puestos. Por eso no es mérito de la ciudadana Susana Díaz ser mujer; la femineidad y juventud se las ha dado la madre naturaleza.

Lo que importa a la sociedad política es si el PSOE ha tomado de verdad nota de lo que ha pasado en estos años y está dispuesto a rectificar en aquello que muchos andaluces saben que se equivocó. Algo no funciona cuando treinta años después del primer gobierno socialista andaluz nuestro nivel de desempleo está en el 36%. ¿Quién es el que debe pagar esta factura? ¿Quiénes son los responsables? Algo huele mal cuando desgraciadamente las políticas activas de des-empleo aparecen al conjunto de los andaluces y españoles centradas en unos EREs fraudulentos y corruptos (algunos). ¿Qué cargo político asumió su responsabilidad en este descontrolado expediente? ¿Qué dimisiones políticas ha habido? ¿Se lo dejamos todo a la jueza Alaya? Nuestra enseñanza andaluza no está mejor, comparativamente hablando, que hace 20 años. ¿A quién debemos exigir responsabilidades? ¿Dónde están aquellos consejeros y consejeras de educación? No es buena maestra de vida la creencia de que simplemente cambiando en un congreso las caras se van a arreglar los errores nucleares que están en la manera de entender la política y la acción institucional. Tras el discurso audaz, renovador y juvenil de Susana Díaz tenemos que empezar a interpretar los contenidos subyacentes tras esos mensajes, aquellos verdaderos núcleos de significado que intentábamos que los alumnos entendieran en nuestras clases de comentario de texto. Seguro que a Susana Díaz se lo explicó su profesor de Lengua en el IES Triana. Hasta ahora lo único que le leemos es hojarasca; a lo mejor porque estamos en pleno periodo otoñal.

Una generación ha tomado el relevo pero no sabemos si con ella viene otra acción y manera política. Confiemos en que la nueva líder del PSOE andaluz y recién elegida Presidenta de la Junta nos ofrezca algo más sólido en el próximo futuro.

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