¿Tiene futuro el movimiento obrero organizado?

Unidos, negociamos; divididos, suplicamos.
Unidos, negociamos; divididos, suplicamos.

¿Un artículo sobre la situación de los sindicatos en los Estados Unidos? ¿Qué sentido tiene? ¿No es aquello otro mundo? Pues sí, algún sentido tiene conocer lo que pasa por ese continente entre otras razones porque en los EE.UU. se están produciendo los fenómenos económicos y sociales que, más pronto que tarde, vienen luego a Europa. En este artículo se presentan y se analizan, no precisamente desde una visión optimista, los procesos que han llevado a una profunda debilidad del movimiento obrero organizado americano. Como vemos que algunos de los fenómenos que se presentan (amenazas a los sindicatos y campañas políticas contra estos, acusaciones de corrupción, aumento de mano de obra desorganizada y desindicalizada, incomprensión por parte de sus órganos directivos de los procesos de cambio en el mundo del trabajo, etc. etc.) tienen que ver con lo que nos está pasando en esta parte del mundo nos ha parecido muy conveniente publicarlo aquí. Esperemos que sea útil.

Por Melvyn DUBOFSKY

La situación del movimiento obrero en los Estados Unidos en 2013 es realmente deprimente. Apenas el 11% de la fuerza de trabajo pertenece a un sindicato  y son menos del 7% los trabajadores afiliados del sector privado. Solo los empleados del sector público tienen una presencia sindical destacada pero, al igual que ocurre con los trabajadores sindicalizados del sector privado,  su mayor fortaleza se limita a un puñado de estados. Solo en ocho estados tienen los sindicatos una significativa presencia.  La mayoría de los estados del sur, las grandes  llanuras y las Montañas Rocosas carecen de la misma. Por otra parte, en varios estados donde los sindicatos han tenido tradicionalmente éxito, Wisconsin, Indiana, Michigan y Ohio, los sindicatos de empleados públicos han sufrido ataques permanentes, y han perdido afiliación. El movimiento sindical igualmente parece asediado políticamente, capaz de promover el voto  pero incapaz de recibir apoyo para sus objetivos políticos.  ¿Puede el movimiento obrero invertir su declive?

Al menos una vez cada diez años desde 1970, recuerdo la profecía que el economista del trabajo  George Barnett hizo en su discurso presidencial de 1932 a la Asociación Americana de Economía. Barnett concluía que el movimiento obrero tal como estaba constituido entonces sería incapaz de recuperarse. Sin embargo, en diez años el movimiento de los trabajadores se convirtió en una fuerza reconocida económica, social y políticamente. He citado la profecía de Barnett para sugerir que los posteriores apocalípticos del movimiento obrero pueden estar igualmente equivocados y que el sindicato podría resurgir de nuevo. Hoy día, el estado del movimiento obrero refuerza mi convicción de que los historiadores que por lo general no están de acuerdo sobre el pasado apenas pueden prever el futuro.

En estos momentos me resulta difícil ser optimista sobre el futuro del movimiento obrero. Hoy día han cambiado las cosas. Cuando Barnett habló en 1932, el diseño de historia del movimiento obrero se parecía al de la economía, marcado por períodos alternativos de expansión y recesión. Esto era cierto no solo respecto del movimiento obrero en los Estados Unidos entre 1870 y 1970 sino también  en relación con el movimiento obrero global tal como demostramos en un proyecto colectivo de investigación que se desarrolló en el Centro Fernand Braudel y que sería publicado posteriormente en un número especial de Review, la revista del Centro.[i] Desde los años 70 del pasado siglo, sin embargo, mientras la economía continuaba fluctuando entre periodos de expansión y recesión, el movimiento obrero del mundo occidental ha ido disminuyendo de forma constante, y en ningún lugar tan rápidamente como en Gran Bretaña y en los Estados Unidos. El movimiento sindical norteamericano alcanzó su máxima densidad a principios de la década de los 50 cuando casi un tercio de la fuerza de trabajo no agrícola estaba afiliada  a los sindicatos  y los sectores clave de la economía como el automóvil, acero, electromecánica, alimentación, minería y transporte estaban sindicalizados.  En estos  sectores económicos citados, incluso las empresas no sindicalizadas daban ingresos y beneficios que igualaban y en ocasiones superaban las conquistas que los sindicatos habían obtenido para sus  miembros.

Sin embargo, desde entonces los sindicatos, especialmente en el sector privado, han venido sufriendo persistentes descensos en la afiliación.

El declive fue más notable en el sector privado donde la innovación tecnológica, que comienza en la década de los 50 bajo el sello de la automatización, incrementó la productividad y desplazó al trabajo manual; menos trabajadores en el automóvil y el acero producían más que sus predecesores. Al mismo tiempo las potencias industriales devastadas por la guerra, especialmente Alemania y Japón, reconstruían sus economías e invertían en tecnología más moderna, mientras que sus competidores estadounidenses todavía tenían que amortizar completamente sus inversiones de capital existentes. No sólo los fabricantes estadounidenses perdieron cuota de mercado en el extranjero sino que los competidores extranjeros compitieron con éxito con ellos en el mercado interior.

Los empresarios del sector privado de los Estados Unidos siempre se resistieron a los sindicatos y lucharon contra cualquier intromisión de estos en su “derecho a gestionar la empresa”. Incapaces en la década de los 50 de desalojar a los sindicatos de las alturas del poder de la economía, las grandes empresas trataron de contener el poder de aquellos. Practicaron dicha contención de forma mucho más eficaz que lo hicieron los Estados Unidos en su guerra fría con la Unión Soviética. Primero, con la Ley Taft-Harley de 1947 los antagonistas de los trabajadores toleraron el poder del sindicato allí donde ya existía pero restringieron su posterior desarrollo. Tras esto, las empresas participaron en una muy bien financiada campaña de relaciones públicas en la que asociaron a los sindicatos con la corrupción, chantaje laboral, y comunismo, apelando a las poderosas raíces del individualismo en la cultura americana[ii]. Las empresas introducían continuamente nuevas tecnologías que aumentaban la productividad y disminuían la demanda de mano de obra. Cuando la población se desplazó desde los centros de poder de los sindicatos, en el llamado “rust belt” (o cinturón del óxido) hacia los estados del “sun belt” (o cinturón del sol),[iii] donde era más significativa la ausencia de los sindicatos y donde las estructuras políticas y culturales dominantes eran claramente antisindicales, el poder de los trabajadores se resintió. Los sindicatos disfrutaron de menos estabilidad en aquellos estados que adoptaron las leyes de “derecho al trabajo” (right to work), según las cuales no se puede obligar a estar afiliado al sindicato para obtener un empleo o bien forzar que un empleado no afiliado comparta los costos, asociado todo ello con la exigencia de que el sindicato debe representar y negociar para todos los empleados en una empresa regida por un convenio colectivo. Por otra parte, entre mitad de los años 50 y finales de siglo, el poder judicial federal desposeyó de forma progresiva a los miembros del sindicato del derecho de huelga y reinterpretó la ley nacional de Relaciones Laborales (ley Wagner) en el sentido de negar los anteriores derechos sindicales mientras concedía nuevos derechos a los empleadores. Ciertamente la represión empresarial contra el movimiento obrero dio pruebas de ser sumamente eficaz. El poder del sindicato se vino abajo mucho antes de que se desmoronara el bloque soviético.

Cuando los Republicanos llegan al poder en 1981, con Ronald Reagan y con mayoría parlamentaria, el movimiento obrero norteamericano está ya bastante debilitado. Entre 1977 y 1980, con una presidencia Demócrata y con mayoría de este partido en ambas Cámaras, el movimiento obrero sufre más derrotas que victorias.[iv] El entonces Secretario del Trabajo, Ray Marshall, pudo haber sido un amigo de los sindicatos pero los hombres (ninguna mujer por cierto entre ellos) que trazaron la política económica en la administración Carter creían que el “poder de monopolio” del mundo del trabajo debía ser recortado. La desregulación en el transporte por carretera y en las líneas aéreas debilitó lo que había sido hasta entonces una influencia sindical dominante en ambos sectores. Las políticas que alentaban las prácticas liberales en el comercio mundial diezmaron el trabajo intensivo en industrias nacionales haciendo que los fabricantes americanos de ropa, los productores del textil y los fabricantes de zapatos trasladaran sus empresas al extranjero a fin de beneficiarse de mano de obra barata o bien cerraran sus centros domésticos.[v] Además, las industrias nacionales con uso intensivo de mano de obra y que tenían organización sindical tuvieron que competir con empresas extranjeras que abrieron plantas en los EE. UU., especialmente en aquellos estados del “derecho al trabajo” y que no tenían presencia sindical en la empresa.

trabajo_usaLa presidencia de Reagan simplemente aceleró las tendencias que se venían fraguando desde años antes. Al principio su administración buscó un acuerdo con la AFL-CIO, mientras seguía la práctica habitual de los Republicanos de nombrar a sus amigos en la  National Labor Relations Board [vi] y en los tribunales federales. La decisión tomada por la Asociación de Controladores Aéreos de convocar una huelga en 1981 dio la oportunidad a Reagan  de actuar como un líder que sintonizaba con la opinión pública, y con muchos miembros de los sindicatos, cuando ordenó la vuelta al trabajo de los controladores y les amenazó con la pérdida del empleo si se negaban a obedecer. E incluso entonces Reagan ofreció su mano al movimiento obrero en un discurso dado en la convención del sindicato de madera, parte de cuyo discurso un miembro del equipo de la Casa Blanca supervisó conmigo. Tras la huelga y la derrota del sindicato, empresarios del sector privado desarrollaron una estrategia de provocar huelgas de sus empleados y responder con la contratación de trabajadores de reemplazo a fin de romper a los sindicatos. A finales de los años 80 los sindicatos se habían rendido en el derecho de huelga y las huelgas de sector que habían marcado las relaciones industriales desde 1934 hasta comienzos de los años 70 prácticamente desaparecieron. Para mantener su desaparecido poder en el sector privado, los sindicatos negociaron “convenios a la baja o de concesión” que aceptaban otra escala salarial más baja para los nuevos contratados, ofreciendo salarios reducidos a trabajadores a largo plazo, que competían con mano de obra extranjera o con empleados en plantas extranjeras sin acción sindical trasplantadas a los Estados Unidos. Sin embargo, todo lo que intentaron hacer los sindicatos en aquellos sectores económicos privados, globalmente competitivos, no pudo evitar su declive.

Y además aparece el “modelo Walmart”, que amenazó el crecimiento y la seguridad sindical. Walmart, que era en el año 2000 el empleador privado más grande del mundo, practicó una exitosa estrategia que sorteaba al sindicato. Empleaba a muchos trabajadores a tiempo parcial que ganaban un salario apenas por encima del mínimo legal y que a menudo carecían de beneficios esenciales como la atención sanitaria. Estas prácticas de explotación laboral de Welmart socavaron la fortaleza del sindicato United Food and Commercial Workers en el sector del comercio minorista. Además, en el sector de servicios personales, la rotación de personal era tan frecuente y rápida que los sindicatos encontraban casi imposible mantener los niveles de afiliación o demasiado costoso invertir en organizar a los nuevos contratados.

Con el nuevo siglo solamente los trabajadores del sector público y de la salud parecían tener seguridad al afiliarse a un sindicato. Asimismo, la hostilidad hacia el sindicalismo del sector público se había venido fraguando desde la crisis fiscal de mitad de los años 70. Las rebeliones fiscales a nivel estatal y local que se produjeron en los años 70 y que tuvieron éxito en California y Massachusetts fueron en gran parte una reacción a los salarios, beneficios y seguridad en el empleo de las que disfrutaban los empleados públicos. Conforme el sindicalismo del sector privado declinaba y en la medida en que los miembros del sindicato veían que sus ingresos, beneficios y seguridad laboral disminuían, tanto los trabajadores no afiliados como los afiliados se sentían cada vez más agraviados al ver que sus impuestos sobre la propiedad y las ventas servían para financiar los salarios y beneficios de los empleados públicos. De esta forma, hoy, en Wisconsin, Indiana, Michigan, donde el sindicalismo del sector privado ha descendido y los afiliados han padecido los convenios de concesión o a la baja [vii] gran parte de los votantes se queja de los empleados públicos que están afiliados. No debe ser sorprendente, por tanto, que en estos tres estados los derechos de los empleados públicos hayan sido recortados a través de diferentes medidas legislativas y del ejecutivo. Es bueno también recordar que en buena parte de los EE.UU. los empleados públicos no tienen derecho a afiliarse a un sindicato ni a negociar colectivamente.

Han pasado más de tres cuartos de siglo desde que el movimiento obrero estadounidense experimentara la rebelión que transformó sus estructuras, afilió a millones de nuevos miembros, y organizó su imponente presencia en la economía. Incluso entonces, como ha subrayado repetidas veces el historiador del trabajo David Brody, la CIO  practicó un estilo de sindicalismo de “conciencia del puesto de trabajo” asociado con la AFL y su práctica de “puro y sencillo sindicalismo”[viii].  Cuando AFL y CIO se fusionaron en 1955, su unión representaba la maduración del movimiento obrero norteamericano. Desde entonces el movimiento organizado ha envejecido, ha sufrido un declive en su salud y vitalidad que ha causado una brecha entre los líderes sindicales mayores y los miembros más jóvenes. Durante demasiado tiempo los ya envejecidos “chicos blancos” mostraron desdén por la creciente tropa de mujeres o de trabajadores que no eran blancos, y practicaron una política que se negaba a reconocer cómo y por qué el Partido Demócrata ya no se sentía obligado a  servir los intereses de la AFL-CIO.[ix]

Cuando en la década de los años 90 el movimiento obrero volvió a despertar y los disidentes tomaron el control de AFL-CIO, eligieron como nuevo presidente a otro envejecido hombre blanco. Por otra parte, los disidentes no podían haber elegido un momento menos propicio para alcanzar el poder. Por mucho que prometieran revitalizar el movimiento sindical, organizarse de manera más agresiva, acoger abiertamente a los latinos y las latinas (tanto a ciudadanos y residentes legales como a los indocumentados), apoyar las políticas liberales de inmigración, promover a las mujeres y los afroamericanos en posiciones de liderazgo, y abrazar los miembros gays y transexuales, las fuerzas desplegadas contra el movimiento obrero resultaron ser demasiado poderosas. Tan ineficaz resultó la nueva dirección de AFL-CIO para organizar a los trabajadores no afiliados que en el plazo de una década surgió una nueva disidencia, que dividió al movimiento obrero como la CIO lo había hecho en 1935. Esta vez, de todos modos, los disidentes que crearon Change to Win no tuvieron el éxito de CIO.[x] No sólo fracasó al no conseguir revitalizar el movimiento obrero; tanto ellos como AFL-CIO continuaron sufriendo pérdidas de afiliación en el sector privado, hasta llegar en el año 2013 a menos del 6,6% de afiliación entre los empleados.

Dada la actual correlación de fuerzas tanto a nivel nacional como a nivel mundial, me resulta difícil concebir cualquier táctica o estrategia más amplia a través de la cual el movimiento obrero pudiera recuperar la dimensión, espacio y poder anteriores. De hecho, no puedo imaginar una política que pueda revertir el declive de la afiliación en el sector privado o que defienda a los afiliados del sector público contra sus adversarios políticos. El resurgir del movimiento obrero no va a venir de los líderes o fuerzas existentes dentro del movimiento tal como hoy está constituido. Solamente un impacto de la magnitud de la Gran depresión de los años 30 o de la Primera y Segunda guerras mundiales podría estimular un renacimiento del movimiento. Tal impacto, de todos modos, podría esta vez propiciar una mayor represión del trabajo más que traer un New Deal para los trabajadores. Hoy en día es mucho más fácil conservar el “pesimismo de la inteligencia” que “el optimismo de la voluntad.”

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Melvin Dubofsky es Profesor Emeritus de Historia y Sociología en Binghamton University, SUNY. Especializado en historia del trabajo y del movimiento obrero en EE.UU tiene una amplia bibliografía al respecto que se puede consultar en el sitio de la Universidad de Binghamton. La traducción del texto la realizó J. Aristu que espera haber acertado.


[i]  Melvyn Dubofsky, G. Arrighi,& B. Silver, eds., “Labor Unrest in the World Economy, 1870-1990,” Review  (Special Issue), XVIII (Winter 1995)

[ii] David Witwer, Shadow of the Racketeer: Scandal in Organized Labor (Working Class in American History,University of Illinois Press, 2009.

[iii] El llamado “Rust belt”, o cinturón del óxido, se refiere a la zona Nord-oriental de los EE.UU (Illinois, Michigan, Nueva York, etc.), llegó a ser el corazón industrial de este país, basado en el acero, el metal y automóvil. A partir de la década de los 50 se produce un desplazamiento de la industria y, por tanto, de la población,  hacia el llamado “Sun belt”, o cinturón del sol, en el sur de los EE.UU, desde Florida a California, pasando por Texas y Carolina del Sur, con una industria más flexible y ligera.

[iv] Jimmy Carter fue presidente (demócrata) de los EE.UU. desde 1977 a 1981. Le sustituye Ronald Reagan (republicano) desde 1981 a 1989)

[v] Melvyn Dubofsky, “Jimmy Carter and the End of the Politics of Productivity,” in Gary M. Fink and Hugh Davis Graham, eds., The Carter Presidency: Policy Choices in the Post-New Deal Era, University Press of Kansas, 1998, 95-116.

[vi] NLRB, agencia independiente del gobierno federal destinada a administrar las leyes laborales y el funcionamiento sindical en las empresas.

[vii] La “concessionary bargaining” o “negociación a la baja” es un modelo de negociación colectiva implantada en los EE.UU. en la que los sindicatos renuncian o devuelven lo previamente obtenido en mejoras en salarios y condiciones a cambio de alguna forma de seguridad en el empleo de sus afiliados.

[viii]  David Brody, Workers in Industrial America: Essays on the Twentieth-Century Struggle, Oxford University Press, 1993. Creo que en definitiva se refiere a la concepción del sindicato como puro sindicalismo economicista, es decir, que rechaza la intromisión de ideas, ideólogos y teorías generales ajenas al movimiento, centrado en la reivindicación de empresa y en los objetivos del día a día: énfasis en las demandas inmediatas y mejora día a día en el lugar de empleo . Este concepto del “job-consciousness” (conciencia del puesto de trabajo) proviene de Selig Perlnan y su A Theory of the Labor Movement (1928) y ha caracterizado al movimiento sindical estadounidense desde siempre, frente al sindicalismo europeo, más político y ligado a un partido obrero, o bien anarco-sindicalista [NdelT]

[ix] La Federación Estadounidense del Trabajo y el  Congreso de Organizaciones Industriales (del inglés American Federation of Labor and Congress of Industrial Organizations), comúnmente llamada AFLCIO, es la mayor central obrera de los Estados Unidos y Canadá. Se formó en 1955 por la fusión de AFL (1886) y CIO (1935). Está compuesta por 54 federaciones nacionales e internacionales de sindicatos de Estados Unidos y Canadá que juntos representan más de 10 millones de trabajadores. Es miembro de la Confederación Internacional de Organizaciones Sindicales Libres. Fuente: Wikipedia

[x]  Change to Win Federation (Cambio hacia la Victoria o Cambio para Ganar) es una confederación de sindicatos desgajados en 2005 de la AFL-CIO.

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