Elecciones racionales

Foto: Curro Rey
Foto: Curro Rey

Por Carlos ARENAS POSADAS

Una de las patrañas más hilarantes a las que nos acostumbran los economistas convencionales -o de la corriente principal como les gusta llamarse, porque fuera de la corriente no se llega a catedrático-, es que el individuo elige racionalmente en todo tiempo y lugar en defensa de su interés particular. A partir de esta presunción, las funciones les encajan perfectamente en los modelos sin que asome el mínimo rubor, no digamos arrepentimiento o giro copernicano, cuando las halagüeñas predicciones de equilibrio general se topan con la tozuda realidad de unos hechos que los dejan en el más absoluto de los ridículos. No hay más que echar la vista atrás y leer lo que escribían estos quirománticos hasta 2008.

Operando racionalmente –dicen-, el mercado libre se encarga de poner las cosas en su sitio en beneficio de todos. Enternecedor ¿no? Y sin embargo, basta con mirar alrededor para darse que cuenta que mercado es sinónimo de poder. Desde que existe a la manera capitalista, el mercado genera costes que no se reparten por igual entre comprador y vendedor sino desigualmente entre el mejor y el peor informado; entre el que tiene la información y el que se deja engañar por el apretón de manos o la publicidad. Es más, los llamados costes de transacción que sufren la inmensa mayoría cuando acuden a comprar son la parte del león de los negocios de  mercachifles y banqueros. La letra pequeña de los contratos, las cláusulas suelo, los años de permanencia, las inversiones preferentes, las comisiones por la prestación de servicios, las excepciones en las prestaciones de los seguros, etc., etc.,  les aseguran pingües beneficios sin que te concedan la libertad de elección de mandarlos a la mierda. ¡Qué de problemas para cambiarte de banco, qué de maniobras para engancharte, qué de palmaditas en la espalda para que no te lleves lo que es tuyo, qué de amenazas! Los señores feudales eran más delicados con los siervos de la gleba.

Si te posicionas contra la “libertad de mercado”, entonces eres un “radical”, un “comunista” un “antisistema” –ya he repetido en estas páginas que es la propia burguesía (en realidad, la fracción  que piensa por todos ellos) la que destroza el sistema capitalista vigente cuando la bolsa deja de sonar- y te entra complejo de culpa. Los socialdemócratas, los comunistas, al menos hasta la fecha, han pensado en el Estado como el gran parapeto que proteja a la ciudadanía contra estos cafres. Pierden el tiempo. Su capacidad para regular el mercado y proteger a los ciudadanos de los trileros se ha debilitado en los últimos treinta años y, me temo, que la capacidad de recuperarla no se divisa a corto ni a medio plazo.

¿Qué hacer?, se preguntaba Lenin en 1902. ¿Qué hacer hoy? Perdemos el tiempo echando toda la culpa a nuestros representantes políticos. Ya dije hace días que son irrelevantes. La responsabilidad de que todo siga igual o peor es de todos y de cada uno de nosotros. Paradójicamente, una parte de la solución está en recuperar y consolidad nuestra capacidad de optar libremente, de ser más liberales que los neocons, de ser radicales a la hora de elegir entre descuentos Carrefour o sartenes por domiciliar una nómina y disfrutar de la satisfacción de joder al rentista

que espera cómodamente en su sillón el reparto de dividendos,   entre  quienes ofrecen bienes y servicios que redunden en beneficio de la comunidad y quienes se dediquen a cebar la cartera de una minoría de accionista y especuladores. Afortunadamente, ya hay en nuestro entorno entidades financieras, empresas  mercantiles y productivas ecológica y socialmente sostenibles que operan con principios éticos. El tiempo que perdamos en mantener el capital privado en detrimento del capital colectivo será un tiempo a descontar de nuestra libertad de elección.

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