“Aquí me las den todas, o parecer que digo sin decir”

Foto por morganacake
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Por Pablo del BARCO

A mí, como supongo que a muchos ciudadanos, la última proclama del PSOE queriendo convencer de la puesta a punto de un partido renovado me parece una sombra chinesca, al socaire de las autoalabanzas del PP sobre la calidad casi perfecta de su gobierno y la prosperidad anunciada sin mucho fundamento. Me suena a alharaca sin más, cosa de competencia ante la evidente caída del partido en las estimaciones de voto. Yo no veo renovación, no veo capacidad ni voluntad de asumir el riesgo de comprometerse, de incorporarse a una sociedad en crisis. Y confieso que empiezo a ver pocas distinciones entre el partido en el Gobierno y el principal partido de la oposición. El PSOE no está dispuesto a enmendar errores. Habla con la boca pequeña de la constitución de un Estado federal, medida que no supo tomar en su momento, cuando favoreció la creación del Estado de las autonomías, que era un quiero y no puedo, por miedo seguramente a la reacción social. Es una contradicción que sigue pagando y pagará mientras no afronte el problema con valentía y dignidad. Su actitud ante la descalificación de la ley Parot demuestra también la tibieza de sus dirigentes. Pero donde más ambiguo se manifiesta, a pesar del sentir en una parte de la base del partido, es en su actitud frente a la permanencia de la institución monárquica. Ya sorprendió en la reinstauración de la monarquía, de mano del dictador; ya se hizo sospechoso el partido de la mano de Felipe González con las palmaditas en la espalda de un monarca que, en mi opinión, no ha sabido estar a la altura de las circunstancias en momentos significativos: la guerra en Irak, donde actuó de hombre invisible (Al Rey corresponde, previa autorización de las Cortes Generales, declarar la guerra y hacer la paz, reza el artículo 63.3 de la Constitución española); el golpe del 23 F y su sospechosa actitud, muy bien aclarada y sustentada por la prensa alemana; sus alianzas con magnates del petróleo, la impermeabilidad de su fortuna, y sus amores continuados, que nada me importan en lo personal pero sí cuando nos afecta por las interferencias y consecuencias políticas y económicas que acarrea.

Durante el gobierno del PSOE, partido en su origen republicano, no hubo la mínima preocupación por definir la figura del príncipe heredero. Ahora el monarca se aferra  a sus privilegios y no quiere abandonar el poder, siguiendo la educación antidimisionista de nuestro país. Pero hay un problema que nos acecha: lo que ocurrirá si Albert Solà Jiménez, autoproclamado hijo bastardo de Juan Carlos, único varón de los tres que se le atribuyen ya sin reserva ni censura, y primogénito, nacido en 1965, 12 años antes que el príncipe Felipe, consigue que se le reconozca la paternidad del Rey, salvando la actitud de los juzgados de primera instancia 19 y 90 de Madrid, que se niegan a admitir la demanda de paternidad aferrándose a la “inviolabilidad” del monarca que establece el artículo 56.3 de la Constitución española: La persona del Rey es inviolable y no está sujeta a responsabilidad. Sus actos estarán siempre refrendados en la forma establecida en el artículo 64, careciendo de validez sin dicho refrendo, salvo lo dispuesto en el artículo 65, 2.”, que reza  El Rey nombra y releva libremente a los miembros civiles y militares de su Casa. El artículo 64 dice: 1. Los actos del Rey serán refrendados por el Presidente del Gobierno y, en su caso, por los Ministros competentes. La propuesta y el nombramiento del Presidente del Gobierno, y la disolución prevista en el artículo 99, serán refrendados por el Presidente del Congreso. 2. De los actos del Rey serán responsables las personas que los refrenden.

Dicho de otra manera, aquí nadie se atreve a ponerle el cascabel al gato. Y el gato está al acecho, con la secuencia hereditaria que marca la Constitución bajo el brazo, en el artículo 57: La Corona de España es hereditaria en los sucesores de S. M. Don  Juan Carlos I de Borbón, legítimo heredero de la dinastía histórica. La sucesión en el trono seguirá el orden regular de primogenitura y representación, siendo preferida siempre la línea anterior a las posteriores; en la misma línea, el grado más próximo al más remoto; en el mismo grado, el varón a la mujer, y en el mismo sexo, la persona de más edad a la de menos. Aquí está la herida y aquí le duele a nuestra temerosa democracia.

Ya no es momento de pedirle responsabilidad al monarca por sus actos; es la hora de tomar medidas sobre la institución monárquica, tan en entredicho últimamente, tan desacreditada en lo que se sabe y de tan magna sospecha en lo que de sus miembros se comenta, poco o muy abiertamente. Más se conoce en Alemania que en nuestro país del tema; más se comenta. En esta época en la que el Gobierno y otros compañeros de la actividad pública  nos mienten uno y otro día sobre aspectos de grave índole social, es necesario que algunos “representantes” del pueblo tomen la bandera de la historia para procesar un futuro que lo que exige es, sobre todo, una buena dosis de verdad.