Albert Camus: un centenario

Albert Camus
Albert Camus

Por Javier ARISTU

El día 7 de noviembre se celebra el centenario del nacimiento de Albert Camus, en Argel, año de 1913. Como no se podía uno ni imaginar este acontecimiento no va a ser celebrado con ningunos fastos ni espectáculos en el vecino país, espectáculos a los que nos tiene acostumbrado esta cultura del evento y la conmemoración. La proyectada magna exposición que se iba a desarrollar en Marsella-Provenza, al calor de su Capitalidad cultural europea en este año, se ha venido abajo. La reedición y lectura de las obras de Camus serán sin duda el mejor homenaje que se puede a hacer a un escritor de tal categoría.

¿Quién fue Albert Camus? ¿Qué significa hoy para nosotros Albert Camus?

La polémica y la discusión les acompañaron al final de su vida. Camus fue un escritor comprometido hasta la médula con los débiles, con las causas perdidas o derrotadas. Es famosa ya la confrontación, dura y a veces cruel, que hubo entre Jean Paul Sartre y Albert Camus a propósito de la guerra de independencia de Argelia (1954-1962). Camus, pied-noir emblemático, nunca llegaría a entender el proceso de liberación de los árabes. Él posiblemente buscaba un modelo de encaje de aquel país dentro de una Francia democrática. Imposible quimera. Sartre, comprometido defensor de la causa del FLN argelino, le acusó de no estar con las víctimas, al mantenerse en una equidistancia condenable entre las víctimas y los verdugos. Sartre nunca pudo entender cómo Camus podía establecer el compromiso de la vida a través de aquella turbadora frase: “entre la justicia y mi madre, escojo a mi madre”.  La ruptura de los dos más grandes pensadores que dio Francia en la mitad del pasado siglo ha marcado la cultura europea, sin duda. Hoy no sabemos dónde está el debate de los intelectuales.

Un escritor comprometido; un intelectual al servicio de una causa ética. El valor de Camus ha permanecido por encima de sus errores y de sus tomas de posición a veces equivocadas pero siempre coherentes con su forma de ver la vida. Su valor alcanza el primer plano  en estos momentos de mercantilización y disolución de todo lo que significa compromiso de ideas. Como nos dice Paolo Flores D’Arcais, “el intelectual tiene como función, necesariamente y por encima de todo, ser portador de la crítica, lo que significa ser una llamada a la coherencia entre los valores constitucionales  y la cotidiana práctica de gobierno”. Ser crítico, ejercer la crítica aun a costa de ser vilipendiado, acosado, marginado por cualquiera de los poderes de la sociedad.

Camus es Albert Camus, premio Nobel de literatura y afamado intelectual, entre otras razones gracias a un maestro que tuvo la bendita idea de convencer a su abuela y a su madre, dos mujeres decisivas en su vida, de que el joven Albert no debía dejar la escuela primaria e irse a trabajar. Aquella familia, mísera y analfabeta, que vivía en los barrios proletarios de Argel, no podía sostener los estudios del joven Camus. Su madre, Catherine, descendiente de campesinos de Menorca, analfabeta y medio sorda, creía que el destino de su joven Albert era ser tonelero como lo había sido su marido muerto con poco más de veinte años en la Primera guerra mundial, como lo era su hermano, analfabeto y mudo. Sin embargo, aquel maestro, Louis Germain, que había educado a Camus en los pocos pero decisivos años de la enseñanza primaria (no lo olvidemos, obligatoria, laica y gratuita en Francia desde la ley de 1883) estaba convencido de que aquel niño tenía dentro de sí un tesoro y que éste debía ser cuidado y elaborado. Convenció a aquella familia de que debía hacer un esfuerzo económico y permitir que el niño Camus pudiera hacer el Liceo y el bachillerato. Y así fue, Camus se graduó como bachiller, fue a la universidad de Argel, se hizo periodista… el resto es variación sobre esa partitura fundamental, la de un maestro que fue capaz de “cambiar el curso natural de la sociedad”.

Todo esto viene contado en un libro que considero decisivo para entender a Camus, “El primer hombre”, relato inacabado y que el escritor estaba elaborando cuando le llegó el fatal accidente automovilístico del 4 de enero de 1960 que acabó con su vida. Me parece que El primer hombre podría ser una magnífica lectura de formación para nuestros alumnos de  bachillerato (¡aunque no sea de un autor andaluz, ni catalán ni vasco…!)

Muchos años después de aquella decisión transcendental para la vida de aquel crío, en 1959 el niño Albert tiene ya 46 años, es ya Albert Camus, premio Nobel y figura literaria de primer orden. Le escribe a su maestro “el señor Germain”, con el que se sigue escribiendo y viendo periódicamente. Le dice que se ha acordado de él a la hora de recibir el premio de la Academia sueca. Louis Germain le contesta en una carta que ha pasado a los anales de la pedagogía moderna (si uno teclea en Google “Louis Germain-carta-Camus” le saldrán decenas de sitios donde está la famosa carta). En ella el maestro Germain sigue dialogando con su discípulo acerca de la vida y del compromiso con los hombres. Le habla de lo que está pasando en torno de ambos, de la vida, de los problemas de Argelia y de que sigue los pasos de su alumno preferido. En un momento determinado habla de la educación, de esa actividad de la que ya se ha jubilado, y de lo que él considera el mayor peligro para la educación de un niño: el adoctrinamiento. Dice Louis Germain:

Antes de terminar, quiero decirte cuánto me hacen sufrir, como maestro  laico que soy, los proyectos amenazadores que se urden contra nuestra escuela.  

Creo haber respetado, durante toda mi carrera, lo más sagrado que hay en el niño: el derecho a buscar su verdad. Os he amado a todos y creo haber hecho todo lo posible para no manifestar mis ideas y no pesar sobre vuestras jóvenes inteligencias. Cuando se trataba de Dios (está en el programa), yo decía que algunos creen, otros no. Y que en la plenitud de sus derechos, cada uno hace lo que quiere. De la misma manera, en el capítulo de las religiones, me limitaba a señalar las que existen, y que profesaban todos aquellos que lo deseaban. A decir verdad, añadía que hay personas que no practican ninguna religión. Sé que esto no agrada a quienes quisieran hacer de los maestros unos viajantes de comercio de la religión, y para más precisión, de la religión católica. En la escuela primaria de Argel (instalada entonces en el parque de Galland), mi padre, como mis compañeros, estaba obligado a ir a misa y a comulgar todos los domingos. Un día, harto de esta constricción, ¡metió la hostia «consagrada» dentro de un libro de misa y lo cerró! El director de la escuela, informado del hecho, no vaciló en expulsarlo. Eso es lo que quieren los partidarios de la «Escuela libre» (libre… de pensar como ellos). Temo que, dada la composición de la actual Cámara de Diputados, esta mala jugada dé buen resultado. Le Canard enchainé ha señalado que, en un departamento, unas cien clases de la escuela laica funcionan con el crucifijo colgado en la pared. Eso me parece un atentado abominable contra la conciencia de los niños. ¿Qué pasará dentro de un tiempo? Estas reflexiones me causan una profunda tristeza.

[Dedicado a José Ignacio Wert,  ministro de Educación, Cultura y Deporte.]

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