Inevitables fracturas ideológicas en la izquierda francesa

3499923_6_2b06_francois-hollande-a-paris-le-18-octobre_e3b8cbe9b376eb43777b12c04a03444cPor Nicolas TRUONG

Estaba larvada y solo esperaba algún motivo para reavivarse. Con las dilaciones del gobierno francés y la política yoyo del presidente (“con una mano te lo doy, con la otra te lo quito”), la fractura no ha tardado en llegar. De la nacionalización abortada de la planta industrial de Florange anunciada por  Arnaud Montebourg al criticado proyecto de reforma penal  acometido por la ministra Christiane Taubira, de la apertura desprogramada de las salas de consumo de estupefacientes para dependientes al reciente caso Leonarda, la guerra de las izquierdas ha quedado abierta. Un punzante conflicto entre una izquierda autodenominada “pragmática” y una izquierda que se califica como “romántica”, entre una izquierda “autoritaria” y una izquierda “libertaria”. Así es como Pierre Moscovici, ministro de Economía, ha afirmado el pasado 22 de octubre en el canal televisivo BFM-TV  estar “por la izquierda que hace, que actúa, que transforma”, y “no por la izquierda que, sin pausa, protesta o denuncia o grita”.  Al menos desde el Frente popular (1936) se conocen muchas y distintas maneras de hacer política desde la izquierda: estatalista, colectivista, colbertista, soberanista, izquierdista, gaullista-comunista[1], socialista, socialdemócrata.  Tras haber sido tentado por el colectivismo individualista e internacionalista de los pioneros (Jaurès, Blum), o por el dirigismo económico, François Mitterand zanjó la cuestión: con la vuelta del rigor fiscal ya en 1983 la socialdemocracia liberal tomó el poder en las conciencias, aunque Michel Rocard, el hombre faro, con Jacques Delors, de la “segunda izquierda”, no sea nombrado primer ministro de mala gana y con dificultad hasta 1988.

Pero nos equivocaríamos si redujéramos la guerra entre las izquierdas a la alternativa entre girondinos y jacobinos, entra una izquierda liberal y una izquierda social. Como se decía de la izquierda en los años  de Jospin, la guerra de las izquierdas es a partir de ahora “plural”.

En la derecha, el historiador René Rémond distinguía tres sensibilidades de acción y pensamiento: contrarrevolucionaria (la derecha “legitimista”), liberal (la derecha “orleanista”) y cesariana (la derecha “bonapartista”). A la izquierda, el editor Jacques Julliard propuso identificar cuatro familias ideológicas: liberalismo de izquierda, jacobinismo, colectivismo y libertarismo (Les Gauches françaises, 1762-2012, Flammarion, “Champs histoire”, 2012). Son familias que se pelean hoy día dentro de una mayoría transformada en revival de los clubs políticos de la revolución o en un gigantesco patio de recreo.  Pero estas familias se han recompuesto en la actualidad. De este modo el liberalismo y el libertarismo se encarnan en el diputado europeo “liberal-libertario” verde Daniel Cohn-Bendit, a la vez europeísta, favorable a la economía de mercado y de sensibilidad no autoritaria sobre las cuestiones sociales (despenalización del cannabis, matrimonio gay, nuevas pedagogías, etc.).

Este mismo libertarismo societario puede asociarse al anticapitalismo integral de una cierta franja de movimientos ecologistas, trotskistas o anarquistas.  Pero el liberalismo económico puede también aproximarse al “autoritarismo” del social-liberalismo securitario [que prima la seguridad] del actual ministro del Interior, Manuel Valls.

El social-liberalismo securitario viento en popa

La permanente oposición entre la primera y la segunda izquierda está de actualidad. Pierre Laurent (Partido Comunistas Francés), Jean-Luc Mélenchon (Partido de Izquierda) o incluso Emmanuel Maurel (animador de la corriente “Ahora la Izquierda” dentro del partido Socialista) ilustran esta división. Igual  ocurre  en el plano intelectual con los economistas (Jacques Généreux, Frédéric Lordon),  con los filósofos (Michel Onfray, Henri Pena-Ruiz), o con ensayistas como Jean-Pierre Garnier y Louis Janover, para quien el socialismo gubernamental es una “segunda derecha”.

La izquierda “modernista” y “reformista” encarnada por Manuel Valls sería, según el politólogo Zaki Laïdi, la única capaz de gobernar de forma duradera, a pesar de la influencia nefasta del izquierdismo minoritario, fundamentalmente representado por los Verdes. Entre  el roccardismo y el chevenementismo [2] al actual ministro del Interior le gustaría establecer “una nueva síntesis entre un reformismo asumido y una República intransigente”. Valls quiere poner todo en cuestión, hasta el mismo nombre del partido: “El nombre de Partido socialista está anticuado. Ya no significa nada », escribía en su libro Pour en finir avec le vieux socialisme… et être enfin de gauche (Robert Laffont, 2008). Para terminar, de forma desordenada,  citemos  la “pendiente antinuclear” de una franja del PS o la ideología multiculturalista destinada a escribir un programa “como los socialdemócratas alemanes” y crear una fuerza política “como hizo  Tony Blair con el New Labour”. Una izquierda liberal-securitaria igualmente “firme y sin tabú” frente a la cuestión migratoria. En el sitio web Rue89.com, Noël Mamère, diputado recién dimitido del partido de los Verdes, opina acerca de Valls: “este crío de la Rocardie, formado por sus dos amigos Alain Bauer, exconsejero de seguridad de Sarkozy, y el publicista Stéphane Fouks, consejero de Dominique Strauss-Kahn y de Cahuzac, está a punto de romper para mucho tiempo a la izquierda francesa”.

Manuel Valls pone nerviosa tanto a la “izquierda social” y a la “izquierda radical” como a la “izquierda societal”, este movimiento post sesentayocho que habría cambiado el apoyo a los obreros por el de los sin papeles, la defensa de la jubilación a los 60 años por el del “matrimonio para todos”, dijo una vez Jean-Pierre Le Goff. Pero, reconoce el sociólogo Eric Fassin, la “ocurrencia sulfurosa” de Manuel Valls no beneficia por tanto a la “izquierda de la izquierda”.

Los movimientos que tienen el viento a favor son tanto el social-liberalismo securitario de Manuel Valls como el conservadurismo de izquierda, esa corriente que la filósofa Chantal Delsol ha llamado los “orwellianos” (Le Monde, 25/05/2013). Orwellianos porque, igual que el autor del relato 1984 [George Orwell] y del filósofo Jean-Claude Michéa, que es uno de sus mejores comentaristas,  sus concepciones políticas acompasan progresismo (social) y conservadurismo (societal), anti-liberalismo y anti-libertarismo. Jean-Claude Michéa que, al revés de Manuel Valls, propone acabar con el nombre de “izquierda” a fin de reencontrar el socialismo populista de los orígenes (Les Mystères de la gauche, Climats)

He aquí pues a la izquierda, falta de proyecto de sociedad, situada en terreno minado. ¿A dónde la llevará esta guerra de posiciones? Nadie lo sabe. En su Historia socialista de la Revolución francesa (1901), Jean Jaurès nos había sin embargo prevenido: “No teniendo fuerza para actuar, teorizan”.

Nicolas Truong es periodista de Le Monde y responsable del Teatro de las Ideas del Festival de Aviñón.
Artículo publicado en Le Monde del 24 de octubre. Traducción de J. Aristu


[1] En Francia se usa el término “neocolbertismo” para referirse al “dirigismo” que fue la variedad de intervencionismo desarrollado por el gobierno francés después de 1945. El gaullismo-comunismo es un término forzado para subrayar la coincidencia de la política intervencionista del estado de De Gaulle y la propugnada por el PCF.

[2] Por Michel Roccard y Jean-Pierre Chevènement, antiguos líderes de distintas corrientes dentro del Partido Socialista francés en la época de Mitterand.