Timing

new_york_stock_exchange_154792963_fullwidth_620x350Por Carlos ARENAS POSADAS

Votamos cada cuatro años y deciden nuestro futuro en cada minuto. El trabajador que hace cálculos sobre cómo será su vida de pensionista, está perdiendo el tiempo. En ese mismo momento hay cientos de miles de pequeños “ahorradores” en todo el mundo que han puesto su dinero en manos de expertos brokers  que sobrevuelan con sus garras sobre fondos públicos o privados de pensiones con intención de saquearlos. El joven que se siente orgulloso porque acaba de encontrar un buen empleo parece no darse cuenta de que ya hay alguien de la división financiera que ha decidido echarlo a él y a cientos como él a plazo fijo para que suban las cotizaciones en bolsa y engordar la cuenta de resultados de gerentes, accionistas u obligacionistas de su empresa. El enfermo que confía en una curación rápida de su dolencia tiene que hacer cola y posiblemente muera en  la espera porque el Estado prioriza la devolución de los créditos a quienes, cómodamente desde su casa y con solo apretar un botón, han elegido en el menú de su IPAD la deuda soberana a tipos de interés elevados como lugar idóneo para colocar su dinero. Hay otros que deciden aquí y ahora participar en la compra de la cosecha mundial de trigo del 2020 para que cuando se recoja el último grano puedan imponerse precios de monopolio matando de hambre a media humanidad. Y como éstos, millones de casos más, tan sofisticados que no sabría explicarlos, en los que el capital financiero decide a cada minuto lo que nos va a pasar inexorablemente mañana, el mes que viene o el resto de nuestras vidas.

Y mientras todo eso ocurre, el arma de defensa que se nos ofrece contra esta agresión es votar cada cuatro años a los ilusos, incluso desde la izquierda, que se sienten con la vocación y el talento suficiente para cambiar el curso de los acontecimientos mientras dure su mandato.

 A pesar de las frustraciones personales y colectivas que la ciudadanía atesora contra la clase política, no voy aquí a sumarme al coro de quienes la descalifican sistemáticamente; y no lo voy a hacer porque considero a nuestros políticos  como integrantes de una especie irrelevante a la que, sin embargo, imagino lo suficientemente maleable como para adaptarse y virar de actitud a poco que su futuro dependa de los ecos que le lleguen de la calle, de la conciencia colectiva y de la actitud combativa de la población. El atasco actual que impide cambiar el rumbo de los acontecimientos no se encuentra hoy tanto en los representantes sino en los representados.

Para desatascar la situación, lo decisivo es darse cuenta de la enorme diferencia entre el ritmo endiablado de las elecciones que se toman a la velocidad de la luz en los mercados financieros y el ritmo paquidérmico  de las que se toman en las consultas políticas. De aquí a cuatro años, todos calvos.

Para equilibrar el diverso timing de unas y otras elecciones, la gente honrada tiene que elegir también a la misma velocidad que actúan los especuladores, rentistas y demás parásitos  por muy “populares” que se consideren. Hay que desplegar todo un abanico de iniciativas, de “acciones directas” que “recorten” en la vida de cada uno de nosotros las posibilidades de enriquecimiento de tales parásitos: accionistas, obligacionistas, tenedores de bonos, rentistas, etc., negando el pan y la sal a toda empresa participada en bolsa, apoyando iniciativas productivas, asistenciales y solidarias de proximidad que garanticen la capitalización colectiva destinada a crear empleo y certidumbres. Habría que crear un partido, una plataforma, una convención o lo que fuese que, además de presentarse a las elecciones, estimulara el   protagonismo y no la espera acomodaticia de sus afiliados, animándolos a asumir sus propias responsabilidades hasta conformar  un movimiento radicalmente opuesto al capitalismo financiero, para que quite sus garras de la economía real creando las bases de un nuevo modelo productivo libre de parásitos y una nueva certidumbre que hoy está supeditada a las elecciones fulminantes y dolosas de rentistas y  “ahorradores”.

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