Mientras tanto

Por Carlos ARENAS POSADAS

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Los más viejos de entre los de izquierdas recordarán  Mientras Tanto, la revista creada en 1979 por Manuel Sacristán que se definía como democrática, contraria a las desigualdades, al expolio del planeta y de sus gentes y a las guerras. Todavía existe.

Gracias a sus combativos artículos y a las reflexiones posteriores de certeros analistas en otros libros, opúsculos, blogs o clases magistrales, etc., estamos al cabo de la calle de los porqués de la actual crisis, identificamos  a los responsables, sabemos el papel que juegan los gobiernos en la estafa perpetrada por el capital financiero y cómo se deteriora la calidad de vida de las clases trabajadoras y de los pensionistas para incrementar la renta de banqueros y prestamistas ociosos.

No solo conocemos todos sus trucos sino que los percibimos a diario en esa carrera desenfrenada que llaman las “reformas” laborales, fiscales, privatizadoras, educativas, judiciales, financieras, de la administración local, etc.,  que no son otra cosa que las expresiones de lo que vengo llamando desde hace tiempo un “capitalismo por la cara”, que se lo lleva calentito “in your face” que dicen en el baloncesto.

Con mayoría absoluta, se acabaron para los testaferros políticos de los oligarcas los consensos o concertaciones con otros grupos sociales porque ya no los necesitan, porque nada  ni nadie se les opone de forma contundente, porque a la espera de un giro catártico que algún día ocurra, las gentes de izquierdas seguimos filosofando “mientras tanto”. El diferencial entre el ritmo  desbocado en el que operan los mafiosos en nombre de los “ahorradores” y la placentera inercia de los indignados es lo que agrava y hace cada día más insoportable los efectos de la crisis, y cada día más pesada la losa de la impotencia.

Conocemos la teoría del despojo; urge en cambio elaborar cuanto antes una praxis transformadora porque me temo que las armas usuales con las que contamos están romas. En Andalucía, por ejemplo, una autoproclamada presidenta de izquierdas ha tenido como primera provisión, como antes Griñán, reunirse con los 27 empresarios más importantes de la comunidad, que representan, dicen, el 30 por ciento del PIB andaluz y han salido contentos “con la música” que suena en el palacio de San Telmo. Como en el siglo XIX, unas pocas decenas de terratenientes y oligarcas agarran la batuta para que el gobierno andaluz interprete la partitura de la sinfonía en “mi total” a ritmo sostenuto assai.

Podemos esperar que surja, y hay mucha gente a la espera, una alternativa política, una plataforma demiúrgica que entonces sí que sí hará política de izquierdas. He asistido en los últimos años a diversas convocatorias de plataformas cívicas,  amplias, abiertas, equis o plurales; todas formadas por gentes biempensantes, honestas, indignadas “mientras tanto”.

Se repite entre los intervinientes en esas plataformas la necesidad de reinstaurar y profundizar si cabe el Estado del Bienestar: aquel modelo macroeconómico nacido en la segunda postguerra mundial que hizo del pleno empleo y de los derechos sociales sus ejes programáticos y que tuvo su plena vigencia hasta finales de los años setenta. No seré yo quien  minimice o descalifique su necesidad. Ojalá pudiera gravarse enérgicamente los beneficios de la especulación financiera a escala planetaria y volver a aquellos principios. Me parece, sin embargo, que hoy por hoy, las alternativas keynesianas están fuera de contexto al menos visto desde Andalucía: la volatilidad de los flujos financieros, la debilidad de los estados, las bajas tasas de crecimiento, la fragmentación de las clases trabajadoras, el pensamiento único, la descomposición de la socialdemocracia europea tan apegada a los respectivos capitalismos nacionales, los nacionalismos excluyentes que apelan al sálvese el que pueda frente a los principios de solidaridad y unidad de los trabajadores, etc., son bastantes argumentos como para sentirse escépticos.

El nacimiento del Estado del Bienestar fue precedido de una radical confrontación de clases durante décadas. En el contexto de la guerra fría, incluso los partidos de derecha se avinieron por vez primera a desarrollar un modelo macroeconómico que hacía algo más equitativo el reparto del producto social. Aquello se terminó en la crisis de los setenta y desde entonces, el desempleo, la precariedad, los recortes, las incertidumbres, los miedos y parálisis inherentes no son más que los signos de la derrota de los trabajadores. ¿Dónde está hoy la confrontación?

Después de tres décadas de retrocesos en las relaciones de trabajo y en los derechos sociales e incluso democráticos estamos en una situación similar a la del siglo XIX: el Estado protector del siglo XX se ha convertido en un cenáculo de amiguetes que se reparten el patrimonio acumulado, en gran parte, por los trabajadores a través de los impuestos y retenciones de salarios; los instrumentos sindicales y políticos que se dieron los trabajadores para su defensa están casi inermes o desconcertados.

 En estas circunstancias, frente a la rapacería del “capitalismo por la cara”, me pregunto si no sería bueno ver el presente con ojos del pasado lejano e intentar recuperar lo que perdieron los trabajadores en el siglo XIX: el capital.

Guiados por la socialdemocracia y por los partidos comunistas los trabajadores prefirieron o fueron convencidos a lo largo del siglo XX de cambiar las incertidumbres propias de la gestión del capital por la seguridad de la gran fábrica, la regulación de los mercados de trabajo y la protección social por parte del Estado.  Desde hace treinta años hasta hoy, la incertidumbre  es patrimonio del mundo del trabajo: se llama precariedad, flexplotación, recorte de derechos y libertades y una inmoral transferencia de rentas de pobres a ricos.

Si la socialdemocracia no asegura ya el reparto del producto del capital no queda otra que tratar de repartirse el capital mismo; y cuando me refiero al capital lo entiendo en todas sus modalidades: hay que repartir o socializar el capital físico creando los instrumentos financieros  que quiebren el omnímodo poder que la banca ha tenido en España. Hay que tratar de repartir el capital político para que los interlocutores preferentes de los gobiernos sean bastantes más que 26. Hay que tratar repartir el capital cultural promoviendo la sociabilidad horizontal y las redes solidarias para combatir el fanatismo y el fatalismo. Hay que repartir el capital humano discriminando positivamente la escuela pública liberada de contenidos alienantes en aras a una verdadera igualdad de oportunidades; hay que repartir el capital social para que el empleo de calidad y la promoción social no quede en manos de familiares, pelotas y clientes políticos. Hay que construir capital social colectivo con la suma de todos esos repartos o socializaciones.

¿Quién reparte, quién socializa? Lo debe hacer la izquierda desde cualquiera de los ámbitos de poder que obtenga, a nivel local, regional o nacional. Lo deben hacer los partidos, plataformas de izquierdas y los sindicatos despojándose de su lado mesiánico, propagandístico, jacobino, poniendo en valor, impulsando, interactuando, haciendo visible lo que ya se construye casi de forma anónima: las cooperativas, la banca ética, las redes de asistencia mutua, los mercados sociales, los movimientos que se enfrentan directamente con la mangancia normativa, los coworkings, los pequeños mecenazgos, etc., etc. En definitiva tienen que apoyar todas aquellas actividades que operan al margen de los mercados financieros, escapando de la amenaza de los especuladores, preferentes, tipos o primas por muy “populares” que se sientan.

Lo debe hacer también la gente de izquierdas a título personal practicando una moderna “acción directa” que tenga con la del siglo XIX una sola cosa en común: la identificación del enemigo en nuestras propias vidas y operar en consecuencia; negando el pan y la sal a bancos que especulan y echan de sus casas a  las familias, a los monopolios de la energía o de la comunicación, a las grandes superficies y distribuidoras que arruinan a los pequeños productores, etc. Si estamos sometidos a las decisiones de quienes con su dinero eligen cada día, cada minuto, dónde colocarlo sin tener en cuenta las dolosas repercusiones que sus decisiones tienen sobre nuestras vidas ¿por qué esperaramos impasibles el día de las elecciones? Para cambiar de modelo económico y social, muchas cosas se pueden hacer “mientras tanto”.