Yo también estuve moralmente allí.

Foto Juan Flores (ABC)
Foto Juan Flores (ABC)

Por Carlos ARENAS POSADAS

Allí es la explanada a las puertas de la audiencia provincial de Sevilla la noche del jueves 10 de octubre de 2013, esperando que la jueza Alaya decidiera qué hacer con los sindicalistas que había ordenado arrestar setenta y dos horas antes.

Según me han contado quienes estuvieron presentes, se concentraron allí unos pocos cientos de personas, dirigentes y  afiliados a los sindicatos los más, pero también personas sin carné, profesores, abogados, jubilados, etc., que corearon eslóganes a favor de la libertad de los detenidos; ¿para qué estaban allí si no?

A la mañana siguiente me informé de los detalles por prensa y radio. Mis amigos presentes, honorables jubilados algunos, aparecían descritos como gente vociferante, cutre, amenazadora, que con una mano apretaba la garganta de la jueza, levantaba puño cerrado el otro brazo, al tiempo que pelaban y tragaban langostinos con gran destreza. Pero ¡hombres y mujeres de dios, que os va a dar algo a vuestra edad con tanto malabarismo! El dibujante de comics de la prensa provinciana nos los describe de forma sincrética en su antológico dibujo: tipos patibularios gritando mientras se cuecen los langostinos a la plancha en el restaurante de lujo de al lado (¡quel esprit de finesse!; el Roto a tu lado es un babucha; ¿y te pagan por eso criaturita?).

La pregunta que me hacía es por qué gente sensata, moderados negociadores de convenios colectivos hasta la fecha, sindicalistas que han asegurado la inmerecida paz social en los últimos treinta años en Andalucía, amorosas madres, ajados veteranos de mil luchas por la libertad de prensa habían perdido los nervios de aquella manera. La respuesta me vino pronto a la cabeza. Mi maestro E.P. Thomson acuñó hace muchos años el término “economía moral de la multitud” para describir los excesos espontáneos de las pobres gentes cuando entienden que le han arrebatado el último, el más sagrado e irrenunciable de los pocos derechos que le habían concedido: en el siglo XVIII era el derecho a un pan barato; los trabajadores del XIX se amotinaban porque las máquinas privaban del sustento a sus hijos;  los presentes ante la audiencia de Sevilla porque eran testigos del trato discriminatorio y despectivo que los obreros detenidos estaban recibiendo de la jueza y del aparato policial a sus órdenes. Tres días encerrados, incomunicados, paseados maniatados a la vista de todos pareció a los concentrados un acto de racismo; un desprecio del que se hacía partícipe a todos los presentes. Si alguno de ellos o de ellas gritó ¡fea! a la jueza es para pagarle con  la misma moneda.

Me los imagino preguntándose: ¿a Urdangarín, Bárcenas, Fabra, Camps, y a tantos otros chorizos de cuello blanco  los han arrestado en sus casas de madrugada o los han citado cortésmente en el juzgado? ¿En este mismo sumario de los EREs, hemos visto alguna vez esposados a los imputados, incluso a los que se han lucrado personalmente? ¿Por qué esta discriminación? ¿Por qué los hermanos de la ministra Báñez se han ido de rositas sin que los del PP hayan tenido que montar un tumulto a las puertas del juzgado? ¿Qué diferencia hay entre esta justicia y la franquista? Los gritos de libertad, libertad que resonaban  en la explanada eran bastante más que el producto de una petición concreta o un desahogo puntual.

Seríamos bastante ingenuos si pensáramos que lo sucedido ha sido un exceso de celo de la policía, una sobreactuación de la jueza, una demostración de profesionalidad de la prensa libre. El asunto de los sindicalistas detenidos es una buena ocasión para, primero, tapar el escándalo de Bárcenas, Gürtel y la financiación fraudulenta del PP y, segundo, ahondar en la campaña de descrédito de los sindicatos que tan necesaria es en una etapa en la que el capitalismo español persigue recuperar las tasas de ganancias sin contraprestaciones.

La prensa “libre” cumple su papel a rajatabla: un fotomontaje de un guardia civil contando dinero bajo un titular de ABC y El Mundo que dice más o menos: operación Heracles contra la corrupción sindical. Los “chicos” de la prensa (becarios sin sueldo, porque a los profesionales los han echado), se esmeran en repetir las consignas de sus jefes: los concentrados ante los juzgados son “liberados” que comen “langostinos”. Han encontrado la fórmula mágica para romper la temida conexión entre trabajadores y sindicatos. Los sindicalistas no la doblan y organizan cuchipandas con el dinero de las cuotas y de los contribuyentes. Si no hubiera acudido nadie ante el juzgado, no importa; la prensa “libre” hubiera titulado: los sindicatos abandonan a los suyos; quien calla otorga. ¿Y vosotros, chicos de la prensa, cuándo os vais a “liberar”?

Tirando del hilo, jaleada por la derecha, la jueza Alaya ha emprendido una causa general contra los sindicatos por creer, al parecer, que son  los únicos que tienen algo que pagar por el mentiroso modelo de paz y concertación social que ha existido en Andalucía en los últimos treinta años. Ya puestos, la celosa funcionaria podía tirar del hilo y emprender causas generales contra la CEOE que ha participado del ingenio, contra las empresas que han defraudado millones de subvenciones sin crear un solo puesto de trabajo; podría hacer una causa general contra la Iglesia por los persistentes casos de pederastia, o contra el franquismo por el genocidio y la represión sistemática contra el pueblo andaluz durante cuarenta años. Trabajo tendría porque todos esos expedientes están bien conectados entre sí.

 La jueza podría abrir una causa general contra la propia judicatura, contra la casta que ha copado la magistratura española desde tiempos inmemoriales: una casta que no hubiera llegado  dónde está ni obraría tan despectivamente con los débiles como lo hace si en Andalucía  se hubiera posibilitado la igualdad de oportunidades o, al menos, si la judicatura hubiera estado sujeta  a elección popular. ¿Se puede decir esto o estoy cometiendo desacato o invadiendo la sacrosanta independencia de los jueces?

 Puestos a ser irreverentes, me admira las declaraciones de la otra figura del momento. “No toleraré los escraches delante del juzgado” –dice la neófita Díaz-. Muy bien. Con decisión. Ya puestos, le pido a la señora presidenta que acabe con todos los escraches, incluidos los de las bandas de cornetas y tambores de las cofradías a las que es tan aficionada que pasan por cientos a lo largo del año por debajo de las ventanas de mi casa.

Para terminar, vamos a lo importante, a los sindicatos: ¿veis lo que os pasa por acostaros con niños, con hacerle mimitos a la corrupción estructural del sistema? Consideraos un servicio público y reclamad al Estado lo que sea justo para defender a los trabajadores.  Haced lo posible por recuperar la hegemonía cultural que tuvisteis. El otro día me dijo un amigo sindicalista que habrá un antes y un después del 10 de octubre de 2013. A ver si es verdad.

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