150 años de socialdemocracia alemana

spd_4Por Zygmunt BAUMAN

Hace algún tiempo en Leipzig, representantes de 70 partidos socialistas y socialdemócratas de todo el mundo se reunieron para conmemorar la carta abierta publicada por un ciudadano de Varsovia, Ferdinand Lasalle, el 1 de marzo de 1863. En ella, Lassalle se dirigía a quienes sufrían injusticias, intolerancia, o eran víctimas a las que se les había negado su dignidad. Los llamó a unir sus esfuerzos para construir un mundo que cumpliera con los principios de la justicia. Poco después, el 23 de mayo, tuvo lugar en Leipzig la primera reunión de personas a las que se dirigía esa carta. Fundaron el ADAV (Unión General Alemana de Trabajadores), una organización que se convertiría en el prototipo de las futuras asociaciones de trabajadores en toda Europa. Así respondieron al reto de Lassalle.

¿Qué quería Lassalle? Él tenía un programa específico y, considerando el contexto histórico, hay que admitir que su visión era bastante realista:

 La unidad. Solo en la unión somos fuertes, individualmente no conseguiremos nada. Debemos unir nuestra fuerza, nuestras ideas y nuestro coraje.

Al unimos en un partido, usaremos nuestra fuerza combinada para ganar el derecho al voto, al que cada hombre tiene derecho en virtud de su humanidad.

Cuando esto se haya logrado, los trabajadores constituirán la absoluta mayoría de la nación.

La mayoría de los contemporáneos de Lassalle creían que la industrialización duraría siempre, al igual que nosotros lo creíamos del consumismo hasta 2007. Por consiguiente llegaríamos a un estadio donde la sociedad se dividiría en dos partes: los trabajadores y aquellos que los vigilan y explotan. De este modo, conseguido el derecho al voto, parecía obvio que los trabajadores ganarían el poder del estado.

Pero, ¿qué hacer con ese poder? El estado tenía que obligar a los bancos a subsidiar las cooperativas de producción. En vez de que las fábricas tuvieran un propietario, cada trabajador debía ser copropietario de la fábrica, una cooperativa de productores. Esto significaba una alternativa a la sociedad industrial emergente. Industria, sí; progreso científico, sí; modernización, sí; pero no de la manera que le interesaba al capital, libre del control político.

Estos postulados necesitan ser actualizados, pero en lo que respecta al objetivo, la visión de Lassalle es la de una sociedad justa en la que el pueblo vive en armonía y cooperación en vez de en competición y desconfianza. Esto está en la agenda de nuestros días igual que lo estaba hace 150 años.

Este año celebramos el 150 aniversario y normalmente solo se habla de los héroes de los aniversarios en términos positivos. En los discursos conmemorativos nos olvidamos de los errores que cometieron en sus vidas. Pero teniendo en cuenta la situación actual de la socialdemocracia, estamos obligados a discutir algunas cuestiones desafortunadas.

La socialdemocracia alemana ha experimentado a lo largo de muchas décadas un rápido crecimiento y grandes triunfos. Hace todavía 10 o 15 años, era normal que consiguiera el 35% de los votos. Hoy, el SPD obtiene entre el 24 y el 26% lo que supone un importante declive. Desde que el canciller Schröder adoptara la Agenda 2010, el SPD ha perdido un tercio de su afiliación, una desastrosa caída en la historia del partido. El SPD se encuentra en serias dificultades. Hay que admitirlo con honestidad. El presente aniversario no es el de un momento de triunfo. Es más bien una oportunidad para darse cuenta del enorme esfuerzo que tenemos que realizar en el camino hacia la victoria.

¿Cuáles son las razones para esta caída histórica? ¿Por qué está la socialdemocracia en crisis?, ¿por qué en los sondeos de opinión cada vez menos gente se sitúa a la izquierda del centro?

El magnífico escritor portugués José Saramago lo expresó de una manera cruel, incluso brutal: “El movimiento (socialdemócrata) representó una de las mayores esperanzas de la humanidad, pero con el paso del tiempo ha dejado de desempeñar este papel. Este movimiento se ha vendido a la derecha”. El programa de la izquierda le dice a la derecha: “Hagas lo que hagas, lo hacemos mejor”. En lugar de preparar un programa para el futuro, los socialistas están tratando de demostrar que pueden hacer lo mismo que la derecha. El ilustre politólogo belga Jean-Michel De Waele escribió que el gran colapso de la economía capitalista-consumista-financiera de 2007, en lugar de impulsar a la izquierda puso de manifiesto sus debilidades inherentes.

¿A qué se refiere Gramsci? Para él, la situación y la condición social del hombre no dependen de la negociación al máximo nivel o en los movimientos políticos, sino de la filosofía. Pero no de la filosofía en un sentido universitario, sino en lo que él denomina ideología o, más recientemente, imaginario: un término acuñado por Deleuze, posteriormente utilizado por Castoriadis, y ahora ávidamente discutido por Charles Taylor.

El imaginario es, en otras palabras, cómo nos imaginamos el orden del mundo, las condiciones para nuestras acciones, y por qué valores vale la pena luchar o, si es necesario, hacer un sacrificio.

El imaginario burgués ha triunfado. Ahora voy a presentar sus características más notables.

El aumento de las medidas productivas en términos de PIB es una panacea para todos los males de la sociedad – no existen otras formas de mejorar la suerte del género humano. Pero detrás de esta suposición se encuentra una condición oculta, silenciosa: se puede aumentar sin fin la producción de bienes industriales, se pueden ofrecer más y más bienes.

La segunda suposición es que la felicidad humana consiste en visitar las tiendas – todos los caminos a la felicidad nos llevan a ir de compras, es decir, a un aumento del consumo. En la base de este pensamiento se encuentra la convicción de que el consumo se puede aumentar hasta el infinito y que uno puede olvidarse de otros métodos sencillos, pre-industriales para lograr la felicidad. Y tales métodos ya existían antes.

Si se observa la situación actual del SPD, se advertirán dos actitudes diferentes que son difíciles de conciliar. Por un lado, existe un intento de satisfacer a quienes están pagando los costos de la crisis, mientras que por el otro hay una  total aceptación del modelo económico que se está realizando en Alemania

La búsqueda de la felicidad está impresa en los resultados de nuestra evolución cultural y natural y es universal para todos los miembros de la raza humana. Tal vez nos olvidamos de los métodos que se aplicaron en el pasado, incluso hace mil años, como la satisfacción por el trabajo bien hecho, un “instinto del trabajo” como Thorsten Veblen describió, por el placer de trabajar con otras personas, por ser vecinos amistosos, por la asociación, por el  caminar común a lo largo de la vida. Pues bien, todo ello lo hemos dejado de lado. Las tiendas nos ofrecen todo el placer.

El tercer supuesto del imaginario burgués es lo que se llama meritocracia. Aunque las personas son y serán siempre desiguales, la desigualdad en sí misma no es un mal. Es un medio con el que aumentar la prosperidad. Sin embargo, “la gente se enriquece a través de la honestidad y el trabajo”. Si te esfuerzas y trabajas duro, encontrarás sitio en la élite. La pobreza y la discapacidad no es una pena impuesta por el destino, sino por la pereza o la negligencia.

Ferdinand Lassalle
Ferdinand Lassalle

Estos tres elementos del imaginario burgués, en otras palabras, el “sentido común” de la ideología de la burguesía, hoy están también en crisis. Así que no es sólo la socialdemocracia la que está en dificultades. También el imaginario burgués.

Hoy sabemos que un aumento sin fin de la producción es imposible y que la Tierra — nuestra casa común— no lo soportaría. Sabemos que debemos pensar muy cuidadosamente qué hacer para que nuestros nietos puedan sobrevivir en la Tierra. Este segundo punto se encuentra bajo interrogantes, ya que con el actual ritmo de consumo, estamos usando un 150 por ciento del planeta — el 50 por ciento más de lo que el planeta es capaz de proporcionar sin autodestruirse.

El tercer punto es actualmente el más trágico en términos del sufrimiento humano que está causando. Paradójicamente, los jóvenes de hoy, de entre 16 y 25 años, son la generación más preparada de la historia, pero también la generación con más desempleo de la historia. Esta es una gran desgracia. Millones de jóvenes que no saben qué hacer consigo mismos, se sienten frustrados, lo que deriva en violencia. Esto ha ido aumentando en los últimos años.

La generación del baby boom, la generación XY —todas estas generaciones de la posguerra— han compartido una característica común: consideran el momento en el que sus padres los trajeron a la vida como el punto de partida. “Aquí es donde empezamos, y vamos a ir mucho más allá de mamá o papá”. La generación de hoy es la primera en sufrir noches sin dormir, ya que no está segura de si podrá mantener el status social que ha heredado. Esto supone un cambio total en el estado de ánimo social, un cambio en las reglas de nuestra convivencia intergeneracional.

Estos son los problemas a los que nos estamos enfrentando hoy. El hecho de que la izquierda, la socialdemocracia, haya permitido que la ideología burguesa gane la guerra cultural es particularmente lamentable y humillante, y más aún porque se ha producido en un momento en que la ideología está en una crisis cada vez peor. Y la socialdemocracia es incapaz de aprovechar esta circunstancia favorable.

La desgracia de la socialdemocracia de hoy es que no existe una visión alternativa, no hay “utopía”. El Canciller Schröder ha pasado a la historia con su comentario de que no hay economía capitalista o socialista, sino que sólo hay buena o mala economía. Es como si hubiera tirado la toalla: “Me rindo, no tengo nada que decir. Todos estamos en el mismo bando, todos tenemos como objetivo la buena economía”. Ya no hay alternativa al semi resquebrajado imaginario burgués.

Ha llegado el momento de preguntarse por qué ha sucedido esto. No debemos simplificar el asunto, no es cuestión de malos líderes o de un defectuoso partido. Dejemos de lado por un momento los titulares de la prensa acerca de la corrupción, la deshonestidad, etc. que llevan la moral de la política al nivel de la moralidad de los políticos. ¿Por qué la política es tal como es? ¿Por qué todo se está desarrollando en contra de la lógica?

Esto puede atribuirse a una serie de cuestiones. Voy a comenzar con la más clara: la caída del Muro de Berlín. Este acontecimiento no consiguió precisamente liberar al mundo de la amenaza del totalitarismo o de la aniquilación nuclear. Después de todo, la Rusia de hoy tiene exactamente el mismo número de cabezas nucleares que entonces, sin embargo, nadie está perdiendo el sueño por el temor a que la guerra estalle. No es cierto que el miedo fuera causado sólo por la acumulación de cabezas nucleares. Había algo más, el mito de una sociedad alternativa. En general se cree que la sociedad comunista se había despojado de los problemas contra los que el Occidente capitalista luchaba en vano. Se temía que, a menos de que se hiciera algo para reparar los agujeros de la situación social en el mundo de la democracia capitalista, la gente se rebelaría en apoyo de esa otra alternativa.

Esta es la forma en la que el comunismo intentó imponer una agenda sobre el resto del mundo: la realización de tareas tales como la lucha contra la miseria, la humillación y las deficiencias. La compensación por el papel de la clase obrera en el proceso de creación de riqueza, el derecho a la educación para todos, y el sistema de salud.

El resto del mundo capitalista emprendió estas tareas con ayuda de la socialdemocracia, que siguió adelante en esta dirección con un éxito mucho mayor que el comunismo en sí (no tanto con el fin de allanar el camino para el comunismo como para bloquear su camino). Las vidas de los trabajadores mejoraron considerablemente, el nivel de vida general aumentó y las organizaciones de defensa de los trabajadores fueron legalizadas, por lo que la socialdemocracia ha cumplido la mayor parte de los postulados que el comunismo había ensalzado en su ideología pero que nunca llegó a poner en práctica,  tal como el perspicaz politólogo italiano Roberto Toscano expuso sucintamente: “El comunismo fue algo muy bueno para todo el mundo a excepción de para aquellos que tuvieron la desgracia de vivir en él.”

Por lo tanto, la caída del muro de Berlín ha tenido unas consecuencias duales. El capitalismo se sintió libre en su tierra natal, y por primera vez en mucho tiempo el mundo comenzó a vivir sin una alternativa. Karl Jaspers dijo que tenía miedo de algo así como una unificación de la humanidad o de un gobierno mundial, porque no tendría dónde escapar. Y eso es lo que pasó. Tarde o temprano, todo el mundo tiene que ir por el mismo camino

Durante los treinta años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, la escala de desigualdad social comenzó a disminuir y la gente estaba segura de que la tendencia a que ésta aumentara había sido controlada. Sin embargo, después de la caída del Muro de Berlín esta desigualdad comenzó a crecer de nuevo. Desde 2007, el 93 % del valor añadido producido en los Estados Unidos ha sido apropiado por el 1 % de los estadounidenses, el otro 99 % ha tenido que conformarse con el 7 por ciento restante del valor añadido. Estas cifras son alarmantes y habrían sido impensables durante los “treinta gloriosos años de la posguerra”. Asistimos en estos años a una cesura de nuestra situación existencial. Por un lado, hay poderes liberados de control político, mientras que por otro lado tenemos una política que está sufriendo de una escasez crónica de poder.

alemania_01El poder es la capacidad de hacer cosas. La política es la capacidad de decidir cómo deben hacerse las cosas. El matrimonio entre poder y política se ha venido abajo. Estamos viviendo el período de su divorcio. Este es un problema serio para la socialdemocracia, porque desde los días de Lassalle, la respuesta a la pregunta de quién se preocupa de los problemas sociales ha sido evidente: el Estado, que tiene el poder y las herramientas políticas para utilizar este poder correctamente. Pero el poder liberado del control político se guía por sus propios intereses. La política puede y promete mucho, pues los primeros ministros y cancilleres deben ganar elecciones, pero no pueden cumplirlo. No tanto por una mala voluntad o por engaño, sino por el divorcio entre el poder y la política.

Otra de las causas de los actuales problemas de la socialdemocracia es — y no nos hagamos ilusiones sobre esto—- la reducción de la clase obrera que constituyó su base social. Hoy en día, la clase obrera está pasando por el mismo proceso que el campesinado sufrió en el siglo XIX. Los agricultores entraron en el siglo XIX representando el 90 % de la población y terminaron el siglo siendo sólo el  10 %.

El porcentaje de trabajadores en Europa ya está por debajo del 20 %. Las grandes plantas industriales en las que nació la solidaridad han desaparecido. Constituyeron grandes escuelas, a partir de la solidaridad social, lugares de celebración de una marcha común hacia los objetivos establecidos conjuntamente. En la actualidad, el proletariado se disuelve en algo que se puede denominar el precariado,  la sensación de que el suelo bajo nuestros pies no es estable, que estamos viviendo en la parte superior de las arenas movedizas, la incertidumbre crónica. Una sensación de precariedad está envolviendo a una parte creciente de las clases medias. La diferencia es que estando todos en fábricas, bajo un mismo techo y en la misma situación (con la medición del tiempo y el movimiento, introducido por Frederick Taylor, o en la línea de montaje de Henry Ford, que ponía a todos en una fila recta) se experimentaba una escuela —fábrica— diferente de solidaridad.

Hoy nos encontramos en una situación totalmente distinta en la que todo el mundo va a la caza del otro. Vivimos en una escuela —fábrica— de desconfianza mutua y de competencia. De acuerdo con la nueva filosofía de gestión, cada empleado tiene la obligación de demostrar a sus supervisores que cuando la próxima ronda de despidos llegue, él no debe ser despedido y sí su compañero. A diferencia del proletariado, las personas bajo el precariado no tienen tendencia a la solidaridad, a excepción del tipo de solidaridad que yo llamo “explosivo” o “festivo” —una solidaridad que no fomenta a unirse y cerrar filas, sino que simplemente sirve para sincronizar los gritos. Cómo pasar del grito a la transformación de las condiciones sociales de vida sigue siendo una incógnita.

En mi opinión, estos son las principales pero no todas las causas de los problemas que esos 70 partidos que se reúnen para honrar a Ferdinand Lassalle están experimentando. Citando a Gramsci, si sale algo de esto es la necesidad de una nueva lucha cultural. La sustitución del viejo, desgastado e irrealista imaginario por otro. Este es un trabajo que llevará muchos años.

Quiero terminar con una confesión. A veces me siento como los primeros socialistas en el siglo XIX debieron haberse sentido. Ellos eran una pequeña minoría, al margen de la vida política. No había duda sobre ganar las elecciones, o incluso tomar parte en ellas. Los más valientes de entre ellos, como Lassalle, decidieron comenzar a trabajar desde abajo, por lo que se pusieron manos a la obra con toda su energía. No esperaban que las soluciones a los problemas sociales cayeran del cielo. Ellos se prepararon para largas e interminables discusiones con el pensamiento dominante en aquel momento. No estoy diciendo que debiéramos empezar de nuevo a partir del mismo punto. Simplemente estoy mostrando la similitud entre la situación en la que Ferdinand Lassalle se encontró y con las opiniones dominantes en su época y la situación en que estamos hoy. No estoy de acuerdo con los optimistas que dicen que vivimos en el mejor de los mundos, ni con los pesimistas que sospechan que los optimistas pueden tener razón. Me incluyo en una tercera categoría de personas de nuestro tiempo: aquellos que creen con esperanza que el mundo puede ser más acogedor de lo que ahora es.

Al igual que nuestros antepasados ​​hace casi 200 años, hoy somos como bellotas de las que nacerán poderosos robles. Siempre toda mayoría surgió a partir de una minoría, una minoría que a menudo era objeto de risa y de burla. Afortunadamente para nosotros y para el resto de la raza humana, si somos bellotas, al menos somos bellotas dotadas de capacidad de pensamiento y elección.

Las tareas a las que nos enfrentamos no se pueden resolver entre hoy y la fecha de las próximas elecciones. La construcción de un mundo más hospitalario no es un café instantáneo. Uno tiene que esperar los resultados. Aquí no hay nada para su uso inmediato. Por otra parte, nadie puede garantizar el éxito de antemano. El fracaso se diferenciará del éxito por la presencia o ausencia de una perspectiva a largo plazo, acompañada de una medida adecuada de paciencia y determinación, así como de la longevidad, o incluso inmortalidad, de la esperanza.

Este texto pertenece a la conferencia impartida por Zygmunt Bauman en Wroclaw en junio de 2013 por invitación de Friedrich-Ebert-Stiftung del Centro Lasalle para el Pensamiento Social.

Publicado originalmente en inglés en Social Europe Journal