El neofascismo que viene (II)

Foto por Jaime García (ABC)
Foto por Jaime García (ABC)

Por Javier TERRIENTE

[Leer Primera Parte]

La originalidad de este viejísimo, y a la vez novísimo modo de conservadurismo, estriba en su sentido a (o anti)historicista en el ejercicio de una voluntad de poder (u oposición) sin ataduras, es decir, en una revisión radical del pasado que le permitiría reencontrarse con doctrinas y valores no sólo preconstitucionales y prerrepublicanos sino preilustrados, en aparente confrontación con el moderno sistema público de derechos. A simple vista parece una vuelta al pasado pero no lo es, pues la refundación nacional-católica del Estado y de la sociedad hoy en marcha, que desembocaría  en comportamientos autoritarios cada día más intensos, tiene una finalidad estrictamente moderna: promover políticas de des-socialización de la esfera pública e incrementar las dependencias y servidumbres del mundo del trabajo a la dictadura de un mercado liberado de la política, pero que busca, en cambio, sacralizarse expresándose paradójicamente a través de ella, pervirtiéndola. Esta perspectiva renegaría del proyecto ideal de una Europa de los ciudadanos, a cambio de reforzar en términos de vasallaje la relación de los estados del Sur y Este europeo con un Centro-Norte germanizado. El casi absoluto triunfo electoral de A. Merkel acentuará esa tendencia.

Es necesario insistir en que la derecha, más allá de las improvisaciones, de los giros programáticos o de la ineptitud de sus dirigentes, tiene un Plan Estratégico de fondo que requiere, para llevarlo a cabo, disponer de una herramienta singular, coherente con sus tradiciones: el reagrupamiento de todas las fuerzas conservadoras, desde la derecha liberal a las “nacionales” y ultracatólicas, herederas del viejo Espíritu de Cruzada y de Reconquista de la Patria en peligro. En ese nuevo bloque social regresivo, el sustrato fascista ha ganado influencia, pasando de tener un carácter más o menos residual a ser la corriente  que contamina los comportamientos del gobierno, comunidades y municipios del PP, y a un sector muy amplio de sus votantes y afiliados.

En plena revisión del pasado, los particulares antagonismos del fascismo no han hecho sino actualizarse, de manera que el esquema de criminalización de sus oponentes, ahora bajo nuevas denominaciones, sigue en vigor: 15 M, las Mareas, las Plataformas de Afectados por las Hipotecas, las reivindicaciones, las organizaciones sindicales, los movimientos sociales alternativos, sustituyen en el imaginario conservador al viejo fantasma comunista, socialista, laico y republicano; y donde antes se cantaban, banderas al viento, los valores eternos de la Patria, ahora es la defensa casposa de la España-Nación frente a los enemigos independentistas.

En su versión moderna , dicha estrategia pasa por construir paso a paso un Orden Social Nuevo, administrado por un  Estado de Nueva Planta mediante el control exhaustivo de palancas decisivas (Escuela y Universidades, medios de comunicación, justicia, seguridad, defensa..), la ocupación del entramado asociativo e institucional de base (espacio antes reservado a la izquierda), el protagonismo de organizaciones y movimientos confesionales y la conformación de nuevas mayorías sociales angustiadas por el miedo y el escepticismo. Gramsci al revés, revisitado por Gil Robles.

Habría entonces que interpretar la escalada de atropellos no solo en su vertiente más cruel, más visible: el saqueo de las rentas populares en favor de los poderosos, sino como una parte fundamental del combate de la derecha contra la población, en su intento de someterla al dictado de los grandes poderes corporativos, lo que en caso de éxito les garantizaría  su plena sumisión (“la lucha de clases sigue existiendo, pero la mía la está ganando”. W. Buffet, una de las primeras fortunas del mundo). Para ello, es indispensable descalificar al estado democrático, laico y descentralizado como un ente caro, desvertebrado y “enrojecido”.

Qué duda cabe de que la derecha tiene una pedagogía social definida de la mano de una agenda política precisa. La derecha tiene, en definitiva, un Plan. Una hoja de ruta inalterable pese a la pérdida de 15 puntos en las encuestas, afianzada en el hecho de que la izquierda oficial se muestra incapaz de ofrecer una alternativa útil y creíble, con aspiraciones mayoritarias (con un 11 o 12% IU no está en condiciones de marcar el sorpasso, es decir, de presentarse como una alternativa suficiente). Esta agenda, por otra parte, es deudora de la ideología histórica conservadora (Menéndez Pelayo, entre otros), trufada con la belicosidad “frentista” de la antigua CEDA de Gil Robles y el nacional populismo Joséantoniano. Un ideario irredento que jamás toleró convivir con sus adversarios, ni desde el poder, descalificándolos, ni desde la oposición, negando carta de naturaleza a los gobiernos mayoritariamente refrendados en las urnas. Véase lo más reciente: la cuestionada victoria de Zapatero en 2004.

Su proclividad a la dictadura queda tamizada por la pervivencia, aún, de reglas democráticas a las que, sin embargo, degrada e instrumentaliza mediante el empleo de mecanismos autoritarios de ejercicio del poder y de usurpación del Estado. Esto, de momento. Por tanto, nada de concesiones, transacciones, pactos o negociaciones con otras fuerzas sociales o políticas que no sea sobre la aceptación de sus propuestas. Su predominio en todos los frentes, incluido el aparato de justicia y el tribunal constitucional, le permiten ejercer a placer una “dictadura invisible”, sin apenas resistencia desde la izquierda parlamentaria.

Continúa.

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