A propósito del teatro

alberto-sanjuan-barts-barcelonaPor Javier ARISTU

La jueza Alaya ha acusado a uno de sus inculpados, esta vez sí, inculpados, por el asunto de los ERE de “hacer teatro” durante el interrogatorio al que lo sometía. El inculpado, ofendido y humillado, consideró que esta actitud de la jueza afectaba a sus derechos y dejó de responder a las preguntas. En consecuencia y día después, la jueza le ha endosado 46 millones de euros de fianza por si las moscas.

El teatro es una de las actividades humanas que, a veces, más complicaciones nos trae. En el teatro se vuelca toda el alma humana, toda la capacidad que ésta tiene de experimentar el drama de la vida, de las lágrimas y las risas de cada uno de nosotros. Por eso no termino de entender que la jueza Alaya, la que vemos diariamente recorrer con gesto hierático (propio de los mejores momentos dramáticos) las galerías exteriores de ese espantoso edificio de los juzgados sevillanos y luego entrar en un taxi, bolso en mano y arrastrando un troler,  imagino que camino de su casa tras la dura jornada laboral, acuse al inculpado de teatro. ¿No es teatro la vida misma?

Vayamos con el teatro.

El actor Alberto San Juan ha representado en la sala La Fundición de Sevilla su espectáculo Autoretrato de un joven capitalista español. Se trata de una pieza escrita, dirigida y representada por él mismo, un monólogo donde se expone él solo ante el público realizando al mismo tiempo un ejercicio de psicoanálisis de nosotros mismos como personaje colectivo en esta crisis social y económica que estamos padeciendo.

Alberto San Juan acomete un ácido estudio de lo que está pasando, y lo que pasó, en nuestro país durante estos últimos 25 años. Nadie queda libre de su vitriólico análisis: el rey, Felipe González, Rouco Varela, Carrillo, Rajoy y varios más personajes de la sociedad y la política española. Casi todas las instituciones pasan por el microscopio de su espectáculo, sin que ninguna quede medianamente bien: la monarquía, la familia real, el PSOE, CCOO, la iglesia, el PP, los jueces y algunos más. Si nadie queda bien, tampoco la historia española de la democracia pasa por su benévolo rasero. La transición fue una bajada de pantalones de Carrillo; los dirigentes socialistas de Suresnes fueron a Francia con pasaportes facilitados por los servicios franquistas; el rey a lo mejor no tuvo un accidente de pistola con su hermano Juan sino que fue “algo más”, los alemanes de Willy Brandt y los americanos de Kisinger dejaron las cosas bien amarradas en la transición, etc. etc.

El espectáculo da pie a la risa, a la carcajada, a la ironía… pero también a la discrepancia con tanta crítica desenfocada. San Juan no hace un análisis global, seriamente crítico, precisando los matices, de lo que nos ha pasado en estos 25 años. El actor, en este caso el escritor, se sitúa en esa onda social y cultural que ha sido resultado de las frustraciones de un estado social que se está desmantelando y que no da satisfacciones ni perspectivas a las jóvenes generaciones, nacidas en o después de la transición. El tsunami de la contrarrevolución social en marcha está dando como resultado la resaca de estas opiniones, muy generalizadas en ámbitos culturales de clase media, contrarias a todo lo que ha dado de sí el estado social de la democracia española. Parece, conforme avanza el espectáculo, como si todo lo que hicieron aquellos entonces jóvenes y maduros protagonistas de la transición y de los primeros años de la democracia hubiera sido un puro teatro, una pura ficción donde se engañó al pueblo. Una vez más, las frustraciones de esta sociedad imperfecta del siglo XXI las volcamos en aquellos padres “que no supieron hacer bien las cosas”.

La pregunta por tanto es adecuada: ¿los lodos de hoy vienen de aquellos polvos? Para responder a esta pregunta creo necesario hacer un ejercicio de diacronía, de balance más ajustado y más preciso que el que hace San Juan. Hay cosas que son achacables ciertamente a aquella transición: Billy el Niño está hoy reclamado por la justicia argentina mientras la nuestra lo consideró sujeto a amnistía en 1977. Pero la hegemonía del PP en casi todas las instituciones y en la sociedad española —al menos hasta 2011, ya veremos lo que pasa a partir de ahora— no es objetable a los padres de la transición; esto hay que apuntarlo en el debe de todas estas generaciones que vienen votando ya desde hace más de 15 años. Fraga fue nuestro ogro en los años 60 y 70 (luego pasó a ser un osito de peluche) pero Aznar y Rajoy no son cosa nuestra, más bien esa papeleta es de las generaciones maduras de los años 90. Es decir, a cada uno lo que es de cada uno. No es justo achacar a los padres lo que es responsabilidad de los hijos.

Hemos pasado de un retórico y melifluo elogio de la Transición —con mayúsculas la suelen escribir algunos— a un derribo total y completo de aquella operación política, achacando a la misma lo que creo que son defectos de la gestión democrática de los años siguientes. Es como si se achacara a Mandela y a su modelo de transición del estado del apartheid al democrático y multirracial —otro ejemplo de benditas transiciones— los actuales niveles de deterioro y conflicto social en Sudáfrica. ¡Soweto todavía existe y Mandela no es el culpable! Dice precisamente Nadime Gordimer, una incontestable referente de aquella lucha por la igualdad africana, que “tras dos décadas sin ‘apartheid’, Sudáfrica presenta una impresentable brecha social”. ¿Es Mandela el responsable de que exista hoy en Sudáfrica un presidente como  Jacob Zuma?

Volvamos a España. No hay una “madre de todas las batallas”, no podemos reflexionar en clave de pecado original del que dependen todos nuestros pecados menores. Como han dicho otros,  “la Transición política, que tuvo fallos, fue el resultado de la cultura política de la sociedad de aquella época, y la crisis actual no es el resultado de las deficiencias de ese pasado, sino el producto de la madurez del sistema político  en cuya sociedad ha crecido y se ha fortalecido” [Daniel Molina, Mitos de la democracia, Nueva Tribuna, 20 septiembre]. En resumen, la propia sociedad actual española ya tiene poco que ver con aquella de los años setenta del pasado siglo y, en consecuencia, no es heredera global de aquel parto. En las actuales generaciones, nacidas a partir de 1970 como el propio San Juan, pesan más los efectos de un desarrollo capitalista como el que tuvo los años 80 y 90 que las “gestas y derrotas” de aquella transición política de veinte años antes; pesan más los tics europeos —a pesar de nuestra todavía deficiente cultura de lenguas extranjeras— que la castiza copla; pesan más las películas como la serie Terminator que los filmes de Garci o de Alex de la Iglesia; pesan más sus años Erasmus que las batallitas de sus papás. La generación de Alberto San Juan tiene más parecido con esas generaciones europeas afectadas hoy globalmente por un modelo de consumo en crisis que con cualquier otra generación española anterior. Por eso decir que la crisis actual —global, generalizada, constitucional y que afecta a casi toda la sociedad— es consecuencia de la transición es cuando menos equivocado. Que cada palo aguante su vela.

Alberto San Juan
Alberto San Juan

Volvamos al teatro. Lo cortés no quita lo valiente. Alberto San Juan ha hecho un ejercicio de valentía y de coraje montando este espectáculo. Ha convertido al teatro en parte de nuestras vidas. Cuando asistimos a su monólogo nos vemos retratados en buena parte en él. Todos somos o hemos sido un “joven capitalista español”, una persona que nos hemos creído que vivíamos en el mejor de los mundos posibles y en el más perfecto centro comercial del universo. Toda esa burbuja, no sólo inmobiliaria sino especialmente cultural y de valores, se ha venido abajo. Tenemos que construir entre todos un nuevo marco de convivencia democrática donde los valores sean distintos, donde nuestras vidas se desarrollen bajo un prisma valorativo diverso. Tras el batacazo metafórico que al principio de la obra se pega Alberto San Juan está ese batacazo que nos hemos pegado todo el país a partir de 2008. Por eso tenemos que agradecer al actor madrileño que nos haya provocado de esa manera y que nos reconcilie el teatro con la vida.

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