Reflexiones al hilo de un discurso (y IV)

Foto por Luis Irisarri
Foto por Luis Irisarri

Por Carlos ARENAS POSADAS

La última parte del discurso de la señora Díaz estuvo dedicado al presente y al futuro modelo territorial del Estado. En primer lugar manifestó el reconocimiento de quienes le han precedido en el gobierno y la convicción de que  la autonomía ha sido la palanca que ha permitido la modernización de la sociedad andaluza.  “En lo que respecta a Andalucía hay que decir, y hacerlo alto y claro, que la salida del subdesarrollo relativo en el que nos encontrábamos hace apenas 35 años, que los avances en todos los órdenes y la mejora de la calidad de vida experimentados en las últimas décadas están íntimamente ligados a la autonomía de nuestra tierra”. Efectivamente; los avances de las últimas décadas en términos absolutos coinciden cronológicamente con la existencia de la Junta de Andalucía, aunque faltaría hacer un regresión matemática para saber si tales progresos han sido debidos y en qué proporción a las políticas de la Junta, si se hubieran dado en cualquier caso dado que todo capitalismo, hasta el más raquítico como el nuestro, produce crecimiento en condiciones normales y, sobre todo, habría que tener en cuenta que en los últimos treinta años otras regiones españolas han avanzado incluso más que Andalucía  y que, por tanto, el “atraso relativo” se mantiene en niveles similares a los de entonces. Todo capitalismo tiene señalado a sangre y fuego el techo de crecimiento económico y nuestro techo es más bajo que el de otras regiones españolas y europeas.

“Unos avances que difícilmente se hubieran producido bajo un sistema centralista que, si por algo se caracterizó, fue por someter al olvido y la marginación, cuando no a la humillación, a Andalucía y a los andaluces”. Niego la mayor; desde los señoríos medievales hasta épocas recientes el peso que el Estado ha tenido sobre la gobernanza andaluza ha sido relativamente pequeño. Por el contrario, Andalucía ha sido tradicionalmente el paraíso de dos poderes no estatales: el que tenía por sede el cortijo y el que tenía por capital el Vaticano. Cuando se hable de humillación, olvido y marginación del pueblo andaluz háblese, también y sobre todo, de la recibida por esos dos poderes. De hecho, el atraso relativo de Andalucía hay que ponerlo en el debe de una sociedad sumisa. Aquí, la burguesía, salvo episodios esporádicos sofocados en sangre, ha tenido vía libre para construir un modelo económico y social a su entera conveniencia por sí o en connivencia con otras burguesías foráneas. En otras regiones y países la burguesía ha debido confrontar sus intereses con las de obreros, campesinos, jornaleros, pequeños empresarios, etc., y ha estado obligada a llegar a consensos o pactos que han servido para construir ese capitalismo inclusivo y no excluyente del que se ha hablado en “reflexiones” anteriores. No habrá cambio en Andalucía si continúa la cultura del laisser faire, laisser passer, de los acuerdos epidérmicos por la cúpula; si no se presentan posiciones nítidas y contundentes en  la mesa de negociación.

 “El Estado vive un desafío soberanista, el protagonizado por el Gobierno de Cataluña, al que no puede responderse desde la pasividad o el inmovilismo”. No puede responderse desde la pasividad, pero de hecho estamos mudos ante un proceso que puede traer consecuencias nefastas. Sin negar el derecho de los catalanes a decidir, quizás les conviniera que se les refrescase la memoria con lo que los andaluces y el resto de españoles han hecho por su progreso. Mientras que la burguesía andaluza usaba el Estado para reafirmar su control sobre tierras y hombres en torno a sus propiedades; la burguesía catalana y sus aliados han capturado el Estado mediante un oportunista nacionalismo bipolar, el político y el comercial, que les ha reportado pingües ventajas sobre el resto de regiones. Ahora que venden más fuera que dentro; ahora que el arancel ya no protege sus fábricas, España ya no les es necesaria. La patraña de una Cataluña sojuzgada por España debe ser rebatida con hechos y datos. El independentismo se entiende en pueblos colonizados por el yugo imperialista; se entiende menos en regiones ricas que han vivido a costa de las pobres. Es un independentismo miserable. No es esto un lamento porque se vaya a perder su cuota de solidaridad territorial –se perderá de todas maneras con el concierto económico si Mas llega a un pacto con Rajoy-. Lo peor de todo no sería la independencia en sí, sino el peligro de involución política que la independencia provocaría en el resto de España, sistema autonómico incluido.

 “Nuestro rechazo a la ruptura de la unidad de España es palmario. Ni la ruptura ni la vuelta al pasado son soluciones para España ni para ninguna de sus Comunidades. Por eso desde Andalucía debemos liderar un proceso de reforma de nuestro modelo territorial”. ¿Liderar qué? No hay solución para este país si seguimos haciendo de los derechos de los territorios, de las nacionalidades y sus chamanes un sujeto político por encima de los derechos de las personas. Lo que Andalucía debería liderar en España es un modelo político, económico y social gobernado desde la proximidad por “trabajadores de todas las clases” pero, claro, ese modelo debe ser construido primeramente aquí. Pero incluso si lo que se persigue es liderar desde Andalucía el proceso de “modernización del modelo territorial”, también hay que solucionar primero los problemas internos. El 4 de diciembre de 1977 tuvimos también nuestra diada. Hoy 36 años después aquel clamor y sentimiento unitario está muy deteriorado, el provincianismo prospera a ojos vista en detrimento de un objetivo común. Cabría preguntarse si era eso lo que se ha pretendido estas últimas décadas para asegurar la viabilidad del Estado asimétrico de las autonomías. Si se persigue una Andalucía cohesionada hay que hacer bastante más que repartir el gobierno con cuotas provinciales. No se puede liderar nada en España desde una Andalucía fracturada.

  Terminan aquí mis reflexiones al hilo del discurso de investidura de doña Susana Díaz. Para terminar unas impresiones tanto favorables como desfavorables me referiré en primer lugar a uno de los grandes vacíos del discurso: la cultura. La cultura como industria de un pueblo creativo e ingenioso, como mercancía exportable, como obligación de compartirla con la ciudadanía a través de canales de difusión y de los medios de comunicación públicos y, fundamentalmente, como compendio de valores asumidos por todos. Andalucía es una tierra de hombres y mujeres de valores muy arraigados, pero unos valores religiosos, clientelares, fatalistas, individualistas, etc., que son un freno al progreso. Para construir una Andalucía nueva hay que promover una nueva carta de valores sobre la base del laicismo, de la transversalidad de las relaciones sociales, de la cooperación, de la confianza entre sus gentes, etc. La tarea en este terreno es ardua pero imprescindible.

 Finalmente me gustaría decir que nadie que conozca la historia andaluza puede ser indiferente a un programa de gobierno que se presenta con el objetivo de cambiar el rumbo de una historia para nada admirable. Es posible que cuando la presidenta habla de nuevo modelo productivo o de igualdad de oportunidades sea producto de una calentura de neófita o una cortina de humo a la que estamos acostumbrados, pero no nos queda otra que confiar. Estamos en una encrucijada histórica en la que estamos obligados a salir de la crisis con un modelo económico y social distinto. No podemos soportar por más tiempo en la cola de todas las clasificaciones que miden el bienestar y a la cabeza de las que miden las lacras. Cambiar de modelo dependerá de las energías, claro diagnóstico y valor de quienes representan la actual mayoría parlamentaria en Andalucía; dependerá también de la presión que ejerzan sobre esa mayoría los ciudadanos, las organizaciones sindicales y los colectivos sociales; dependerá también de que doña Susana Díaz quiera dejar de ser la chica del aparato del partido para ser una mujer de Estado.

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