Desolación

comic_1Por Antonio SÁNCHEZ NIETO

 Lo que está ocurriendo en la izquierda española me trae a la memoria el pasaje  de La Cartuja de Parma en el que el protagonista se ve envuelto en el final de Waterloo. Ya no se oyen cañonazos y las formaciones, los cuadros, las filas, es decir, la organización colectiva que permite la supervivencia individual de los soldados, ha sido deshecha. Grupos de franceses aislados,  huyen desorganizados y, a veces, algún grupúsculo intenta defenderse de los jinetes cosacos y tudescos dedicados al deporte sin riesgo de la degollina.

Nuestro Waterloo comenzó en los setenta, los últimos cañonazos se oyeron con la caída del Muro, y ahora estamos en la fase final, en desbandada, perdidos, buscando la salvación individual  mientras el clarín toca a degüello.

¿Como es el paisaje el día después de la batalla?

Nuestro exitoso  modelo económico, envidia de ajenos, ha estallado y nadie vislumbra alternativa. Se anuncia el fin irreversible del Estado del Bienestar. Todas las esperanzas están puestas en que se recupere Europa y, confiando en una competitividad basada en una mano de obra barata y sumisa, volvamos a crecer, eso sí, un poquito. Regreso a la normalidad…

El modelo neoliberal nos aseguraba que todo lo que el Estado debe hacer para que crezca  una economía es asegurar: infraestructuras modernas, buenas comunicaciones, tipos de interés bajos, impuestos menudos, seguridad jurídica para las inversiones, mano de obra formada, barata y sumisa y acompañantes de lujo para que los ejecutivos de multinacionales se instalen cómodamente. Donde eso ocurra se concentrarán   los individuos con talento, surgirá la innovación y se creará riqueza que, aunque no se reparta equitativamente, producirá suficientes migajas para tener  tranquilo al personal. A eso debería limitarse la política económica del gobierno.

Ese modelo se convirtió en pensamiento único y todos los gobiernos (incluidos los del PSOE)  lo aplicaron con entusiasmo y éxito al integrar nuestro país en Europa y posibilitar un incipiente estado de bienestar.

Cuando la izquierda tocó poder hubo de demostrar su sentido de responsabilidad despreciando cualquier visión de futuro ideológica (no importa si el gato es blanco o negro; si caza ratones es un buen gato, Felipe tradujo del chino); siguió con la renuncia del Estado a intervenir en la economía (la mejor política económica es la que no existe) y se cerró con la modificación urgente de la Constitución para enterrar el último residuo de política económica socialdemócrata: la utilización del déficit en la regulación de las crisis. Al tiempo se alicató todo el país, se construyeron líneas de AVE, aeropuertos, autovías, ciudades de la Cultura, etc.,  carísimos  y vacíos, pero monísimos. De repente, los españoles nos convertimos en  laboriosos, serios, cultos (y eso que ninguna de nuestras universidades aparecían en las listas de las cien mejores), competitivos, mas altos, casi protestantes… ¡Al fin europeos!

 Y en esas estábamos cuando nos viene la crisis porque los gatos blancos se volvieron gordos de codicia y ya no cazan ratones y no hay alternativa porque los gatos negros, que daban mal fario, se tiñeron en su momento de blanco para que hubiera una sola clase (de gatos, por supuesto); y con solo cuatro gatos irredentos que quedaron sin teñir es imposible representar su epopeya: la Gatomaquia.

Ante la gravedad del momento, la izquierda institucional hubo de elegir entre salvar a los que les votaban, la gente menuda, o a los que les financiaban, menuda gente,  y ya se sabe…; la modificación exprés constitucional, sin conseguir la confianza externa,  multiplicó la desconfianza interna, banalizando sonoros conceptos como soberanía nacional, Ley de leyes, etc..; la corrupción aventa cualquier inversor y atiza el desprecio ciudadanos sobre todas sus elites (políticas, empresariales, sindicales, judiciales, reales, de derechas, de izquierdas) …  En esta situación, quebrada su identidad por tanto contorsionismo ideológico ¿qué ocurrencia puede ofrecer la izquierda responsable como alternativa a la derecha?

Ya… ¡siempre nos quedará Europa!  Y sí, Europa nos acoge, pero colocándonos en nuestro sitio: en  los suburbios, compartiendo suerte con los otros periféricos, llamados PIGS para recordarnos que existen leyes medioambientales que impiden que vivamos en el centro.

 El mundo se ha transformado a una velocidad que no ha podido seguir la izquierda. Son las elites de siempre quienes están aprovechando los cambios tecnológicos para transformar  la sociedad en su provecho. Ellos son cosmopolitas cuando la izquierda es incapaz de superar la evidencia de que cualquier posible alternativa tiene que trascender el marco de la nación; difícil es desmentir la obviedad de que vivimos ya  una democracia intervenida donde la soberanía, en asuntos capitales (como la economía), es foránea, llámese Berlín, Bruselas o los mercados financieros.

Como la economía es global y la política nacional, la Nación ha devenido obsoleta, pero ¿cómo inventar un nuevo sentimiento de pertenencia europea? El patriotismo histórico se ha creado a hostias con el vecino. Y esta sensibilidad sigue vigente: franceses, alemanes y demás europeos civilizados consideran que el Sur tiene lo que se merece.

¿Buscamos refugio en un nuevo estado, Europa, para defendernos del capitalismo (perdón, mercado)?  Imposible, cuando desde allí se predica el menos estado y nos impone, sin pamplinas democráticas, el desmantelamiento de nuestro incipiente y, según ellos inmerecido Estado del Bienestar.

En nuestro país, la tradicional desafección hacia la política, fortalecida en el franquismo y enquistada profundamente la sociedad, se ve ahora justificada por la incapacidad de los políticos para mejorar los problemas de los ciudadanos. Está claro que esa desafección a la acción política, de naturaleza conservadora, refuerza a las elites que detentan todo poder. A los desafectos se están uniendo los demócratas indignados con una clase política a la que encuentran inocua frente a la crisis e inicua frente a la corrupción. Como pusieron en claro las últimas elecciones, es la izquierda tradicional la víctima de esta tendencia.

En lo social se acelera la natural tendencia  a la desigualdad  que crea el  modelo económico vigente durante los últimos veinte años. Incluso el 20% de la población que ha acumulado los incrementos en el  reparto de la renta, adelgazará. Amplias capas de la población que emergieron a lo que se suele llamar nuevas clases medias se despeñan a sus orígenes. Esa clase media, que teme la presión de las clases bajas a las que les horroriza regresar, que intenta emular en valores y hábitos de consumo a las clases altas, está peligrosamente perdida para la izquierda. La precariedad, el miedo, la inseguridad hacen más conservadora a la sociedad.  Gran parte de esa menguante “clase media”,  engatusada por un individualismo infantil, pone ojitos tontos a la martingala de recortar un estado de bienestar que ellos no necesitan y disfrutan otros…Menos Estado y menos impuestos es el mantra triunfador.

Nadie cree que de la actual crisis se pueda salir equitativamente dañado con recetas técnicas, neutras. El asunto va de quién puede escapar de la escabechina. El Poder es la clave.  El Norte de la Unión quiere, porque puede, que paguen los países más pobres, mediterráneos. Los bancos y los ricos que lo hagan las clases medias despilfarradoras. Estas, a su vez, tratan de echar el muerto a los más pobres, que vivieron por encima de sus posibilidades, etc…

Todo lo que pueda ocurrir ocurrirá; y no  tendrá una dirección a la izquierda porque a  ésta  le queda, muy poco poder… de intimidar.  Las elites no cambian por recriminaciones éticas;  las élites solo negocian cuando  temen por sus intereses.  Mientras el miedo sea nuestro y el poder suyo nada va a mejorar.

Aunque, la actual crisis suponga el fracaso rotundo del modelo neoliberal reinante durante los últimos treinta años, nada indica que vaya a implicar un cambio de elites dirigentes. La Revolución Conservadora se acelera. A la sociedad que nos anuncian para después de la crisis empiezan a llamarla sociedad del esfuerzo (y es que la corrupción también campea en el lenguaje), en la que se recuperará parte del bienestar perdido; eso sí, como no habrá para todos, recaerá solo en los que se lo merecen. Para los demás, la mayoría que apenas aporta valor añadido, es inevitable la precariedad y salarios bajos que requiere una economía flexible y competitiva.

 Los brotes verdes que veo se limitan a la constatación de que el futuro es incontrolable, incluso para ellos.

Así muchos economistas académicos están planteando que la idea del crecimiento económico anterior pasó a la historia y que, a lo mejor, habría que repensar la idea de cooperación como sustitutiva de competencia. Otros llegan a plantear una mayor atención al índice de Gini en detrimento del PIB… Los hay que plantean revisar el concepto de bienestar para acercarlo al clásico de la buena vida… Otros plantean la aparición de una nueva revolución industrial basada en las nuevas tecnologías de la información… Sí, ya sé, mientras no tengan concreción en programas políticos son humo.

Pero al menos la crisis  está trayendo un interés en la política. Crece el número de personas que se manifiestan contra el actual estado de cosas. Están en la etapa de la ira, pero espero que pasarán al de propuestas. Sin duda son la sal de la Tierra, pero está por ver si también son la levadura que levante unas masas de momento inanes y asustadas. ¡Ojalá lo sean! Tienen un optimismo y una confianza en las posibilidades transformadoras de las nuevas tecnologías que yo no entiendo, tal vez por ignorancia.

Pero no  puedo evitar ver las cosas con ojos viejos, acostumbrados a otros paisajes, que detectan peligros añejos. Esa renuncia apriorística de los indignados a todo tipo de poder (temor ciertamente justificado por la Historia). Esa desconfianza a cualquier estructura permanente. Esa repulsa al establecimiento de alianzas para conseguir objetivos… Ese confiar simplemente en el contagio de una idea porque es justa y obvia… ¿Cómo no recordar a aquellos movimientos religiosos purificadores que renunciaban al mundo, y terminaron exterminados como los valdenses, cátaros, anabaptistas y otras sectas… o integrados en el Iglesia como los franciscanos?

Lo reconozco, no entiendo cómo se puede cambiar la sociedad sin ejercer un poder con capacidad coactiva, de atemorizar (aunque sea un poquito, por favor).  Los conservadores siempre lo han tenido claro. Y lo conservan.

Mientras tanto, me toca asistir a las manis pa joder, pero consciente de que no veré la Tierra Prometida ni de lejos. Sí, ya sé. Es la actitud decadente de un epígono de la Modernidad agonizante (en cristiano, un dinosaurio cabreado)…

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