Ética y política

Foto por Antonio Marín Segovia
Foto por Antonio Marín Segovia

Por Javier ARISTU

Pasado el verano hacemos proyectos. El otoño que entra siempre nos incita a plantearnos un proyecto nuevo, una adaptación de las viejas rutinas, las del cuerpo y las del espíritu: vamos a ir al gimnasio, vamos a hacer una dieta, vamos a aprender alemán, o a mejorar el inglés del bachillerato, vamos a iniciar derecho por la UNED, vamos a vivir en el campo… el mes de septiembre es el propicio para este tipo de nuevos planes. Luego llegará noviembre, y sus ocasos tempranos nos harán desisistir de la mayoría de aquellas ilusiones.

Septiembre también nos puede servir para mirar un poco para atrás, hacia esos meses de verano donde el tiempo pasa inexorablemente lento y nuestro cuerpo y mente se dedica a reposar los vértigos de la pasada primavera. Y es en esos meses donde nos llegan, también, las malas noticias, aquellas donde nombres que habíamos ido relegando a la sombra del pasado casi olvidado nos vuelven a resurgir en forma de obituario. Nombres que identificaban a personas a las que conocimos, a las que leímos, de las que nos hablaron otros y por las que sentimos casi siempre un profundo respeto cuando no admiración, esta vez encuadrados en páginas de periódicos dedicadas a la honra fúnebre. Unos famosos, otros menos pero la mayoría desconocidos para las nuevas generaciones. El obituario es un género periodístico de mucha y buena tradición. Me gusta leerlos aunque a veces, o muchas veces, se nota el premeditado olvido que hace el autor de aquellos aspectos negativos del finado.  Han sido muchos los nombres que hemos visto desfilar este verano por esas luctuosas páginas. O será que a mí me han parecido muchos porque cada vez se muere más gente de mi generación (¡toca madera!). No vamos a citar las decenas de famosos desaparecidos estos meses; sí destaco a Seamus Heaney, poeta irlandés premio Nobel, buen visitante de España y amigo de otra amiga (Pamela O’Malley) a la que también la parca se ha llevado no hace mucho tiempo. A Tom Sharpe, escritor británico afincado en Cataluña, y con cuyos relatos Wilt y Reunión tumultuosa pasé algunos de los veranos más tronchantes de mi vida.  Vincenzo Cerami, coguionista  de La vida es bella, la película de Roberto Benigni, me mostró una manera de analizar el holocausto y la xenofobia que sin duda es más aguda e interesante que muchos sesudos ensayos. Tres personajes, famosos, mundialmente conocidos y receptores de premios y favor popular.

Otros, de quienes he conocido este verano su muerte, no llegarán a ser tan famosos como los anteriores pero para la vida de este país han sido, en su modestia y discreción, decisivos, si entendemos como decisivo ese minuto en la vida de cada uno donde te juegas todo. Hablo de  Alfonso Álvarez Bolado, Anxo Guerreiro, Nacho Montejo y Mario Trinidad.

Alfonso Álvarez Bolado fue un jesuita progre y comprometido con su época y su sociedad. Según leo en alguna necrológica ha escrito posiblemente la más crítica y documentada crónica del papel de la iglesia española que apoyó a Franco: El experimento del nacionalcatolicismo (1939-1975)Para ganar la guerra, para ganar la paz. Iglesia y Guerra Civil: 1936- 1939. Álvarez Bolado formó parte de aquella generación de curas y religiosos que, con la espoleta del Vaticano II, rompieron con las ideas de la jerarquía nacional católica (dirigida por aquellos obispos de brazo en alto como Pla y Daniel o Guerra Campos) y pasaron a las filas de la oposición antifranquista en Vanguardia obrera, Comisiones Obreras, Hoac o Fecum, entre otras organizaciones. Fueron los tiempos del diálogo marxistas-cristianos (¡Ay, Comín ya hace muchos años que lamentablemente nos dejó!) y de la militancia de cristianos en el partido comunista, de los curas Llanos y Díez Alegría. Luego vendrían los  Tarancón, Añoveros, Iniesta, hoy relegados y olvidados por el rouquismo en el poder ¿hasta cuándo?

A Anxo Guerreiro, Geluco lo conocí en los años 80, en plena vorágine de la crisis del PCE post Carrillo. Fue, se ha dicho, un líder indiscutible de la izquierda estudiantil desde sus tiempos en la universidad y, luego, de la izquierda gallega. Geluco nunca fue lo que se llama un triunfador en la democracia; más bien ha podido representar esa especie humana que sabes que tiene razón pero a quien el tiempo no le acompaña. ¿Perdedor? Quizá para algunos; para mí Geluco fue siempre un optimista recalcitrante. Y un polemista irreductible, con un verbo siempre rico y con discurso enérgico y brillante. Tenía la habilidad de representar al partido comunista más reducido de todo el estado…pero con un discurso que todos los demás seguían con mucha atención. Y además, tenía junto a la coherencia intelectual y moral un componente muy importante en política: sentido del humor. Cosa que hoy, desde Aznar, falta en nuestro escenario.

Nacho Montejo simboliza en España los despachos laboralistas. No es casual que su necrológica de El País la haya escrito la otra pata fundadora de esta actividad, Manuela Carmena. ¿Cómo se podrá entender la política y el activismo social de los años sesenta y setenta sin los despachos laboralistas? Creo que para comprender cómo funcionó la resistencia al franquismo, y fue resistencia dura y con costes humanos y familiares muy altos, además de otros instrumentos más políticos, hay que seguir la trayectoria de dos “instituciones”: el activismo sindical en la empresa a través de las secciones sociales y las comisiones obreras y, por el otro lado, su correlato jurídico y técnico de los despachos laboralistas. Unos y otros han sido los arquitrabes del largo combate que mantuvo la izquierda y los trabajadores contra la dictadura. Y Nacho Montejo es figura destacada de ese conglomerado de profesionales que se jugaron la carrera, el prestigio social y hasta la vida (véase Atocha) en la tarea de asesorar y defender a los trabajadores.

Mario Trinidad es otro nombre ligado a la lucha de los profesionales universitarios en el marco de la izquierda antifranquista. Militante comunista también, en su trayectoria ahora acabada se plasma la trayectoria de otros muchos técnicos y profesionales que militando en el PCE y otras formaciones comunistas pasarían a partir de 1982 a ser cuadros importantes de la política que desde el gobierno dirigió Felipe González. La sangría de estas “fuerzas de la cultura” desde el partido de Carrillo hasta los gobiernos socialistas es ya historia. Unos se adaptaron muy fácilmente a la cultura del PSOE; otros no pudieron resistirla y a lo largo de los años siguientes fueron saliendo de ese nicho hacia… el anonimato o la inactividad. Conocí a Mario Trinidad en una brevísima entrevista que me concedió en 1983 en el Ministerio de Cultura, en el que era subsecretario del ministro Javier Solana . Debió ser por algún proyecto que entonces tendríamos en la Diputación provincial de Sevilla en donde yo era vicepresidente y responsable de Cultura, y el objetivo era recabar su ayuda financiera. Aquella cita debió durar 15 minutos y no le volví a ver más. Luego leí que Mario abandonó su cargo por discrepancias con su jefe y posteriormente su rechazo a la política de Solchaga le hizo abandonar el parlamento y la vida política activa.

Se podrían citar más, muchos más nombres, pero estos son los que me ha traído este verano la crónica fúnebre. ¿Por qué los traigo a colación? Por memoria personal, en primer lugar. Es evidente que esos nombres me han hecho resucitar parte de mi propia experiencia durante aquella década. Pero también porque, en cierta medida, simbolizan una manera de entender la política, más allá de las siglas y de las adscripciones organizativas. Cada uno de ellos respondió de una forma comprometida y generosa cuando hizo falta. Se jugaron muchas cosas que hoy y ayer consideramos imprescindibles, en primer lugar la libertad. Luego, cuando la dichosa y permanentemente citada transición hizo posible la democracia, cada uno de ellos evolucionó según su buen criterio. Creo que todos fueron coherentes y que sus actos políticos, en la lucha antifranquista y en la democracia, respondieron a una previa posición ética. Todo un valor categorial para los tiempos que corren.

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