Viejos tiempos, nuevos tiempos

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Por Carlos ARENAS POSADAS 

En 1974, en el congreso del partido socialista celebrado en el municipio francés de Suresnes, vecino a París, una camada de andaluces tomó las riendas del partido, marginando a una dirección veterana anclada en la memoria de la República y de la guerra civil.

En un tiempo en los que la muerte del dictador se avecinaba dejando abiertas graves incertidumbres sobre el futuro de la sociedad española, los Felipe, Alfonso, Manuel, Rafael, José, etc., se presentaron a aquel congreso con el soporte estratégico de la socialdemocracia alemana y el pedigrí adquirido en la Facultad de Derecho de la Universidad de Sevilla, cuna de influyentes políticos conservadores durante siglos. Pertenecían a una muchachada que estaba harta de esperar que la generación de la guerra civil, en ambos bandos, cediera el paso a sus aspiraciones de alcanzar y gozar del poder. No eran grandes diferencias ideológicas las que los separaban de sus predecesores, era la edad. Hoy, cuarenta años después, aquella cohorte de renovadores socialistas  acaba de tener su Suresnes.

Las primarias del PSOE, convocadas y no celebradas, para elegir al sucesor o sucesora del huidizo Pepe Griñán, ha dado como resultado el nombramiento de Susana Díaz, vicepresidenta del gobierno como candidata a la presidencia de la Junta de Andalucía en las elecciones a celebrar, parece que cuanto antes, por la incomodidad que producen los descamisados de Izquierda Unida en el gobierno andaluz.

El proceso de primarias del PSOE andaluz, y su resultado final, no deja de tener curiosas similitudes con lo vivido en Suresnes. Además de sevillana como González, la señora Díaz nació en 1974, cuando aún resonaban cánticos de victoria  en el congreso francés; es licenciada en derecho por la Universidad de Sevilla; y se ha visto avalada por la mitad de la militancia del partido, en su inmensa mayor parte jóvenes que esperan su oportunidad de tocar poder tras el desembarco generacional. Como entonces, de las filas de los veteranos se oyen voces que dudan tanto de la pureza del proceso de elección como de la capacidad de esta “desconocida” para liderar el partido y la sociedad andaluza. Si no quieres arroz dos tazas, y la “desconocida” será la próxima presidenta tras la renuncia anunciada de Griñán a partir de septiembre.

Un elemento común entre ambas situaciones que me interesa resaltar aquí es que, en las dos,  el relevo generacional ha venido acompañado de grandilocuentes declaraciones: en aquella ocasión fue “el cambio”; en esta ocasión, Díaz promete “tiempos nuevos para Andalucía”. De qué fue y a qué nos ha llevado el “cambio” diseñado en los setenta y ochenta estamos al corriente; de lo que Susana Díaz entienda por “tiempos nuevos” no sabemos aún nada, que la futura presidenta –al menos ella está convencida de serlo-, no se ha distinguido por dejar por escrito sus análisis y opiniones al respecto.

Carezco por tanto de elementos de juicio para predecir o adivinar lo que para la señora Díaz signifique “tiempos nuevos”;  sí puedo ilustrar en apretada sinopsis sobre lo que fueron y han sido los  “viejos tiempos” en Andalucía, de manera que la sucinta descripción que aquí avanzo puede ayudar a la futura presidenta como inspiración o recordatorio.

Andalucía es la segunda comunidad española por extensión y la primera por población; mayor y más poblada que muchos estados europeos; y, sin embargo, su peso económico ocupa uno de los últimos lugares entre las regiones españolas y europeas. A simple vista, la causa de su atraso relativo es la escasa formación de capital y la solidez de un modelo productivo basado en actividades de escasos valores añadidos: antes la agricultura y la extracción de recursos naturales, recientemente las mismas más la construcción y los servicios no productivos que requieren escasa cualificación. En última instancia, sin embargo, el atraso es el resultado de la persistencia del vetusto modelo de capitalismo, desequilibrado, fragmentado social y territorialmente; un capitalismo donde los recursos productivos, la tierra, el capital físico, humano y social han estado secuestrados para provecho de una minoría, y donde, consiguientemente, las ganancias se han obtenido por la explotación de mano de obra disponible a bajo precio por las elevadísimas tasas de desempleo y la precariedad laboral. De la miseria y desigualdad entre andaluces no hay más que preguntar a nuestros abuelos.

Tal capitalismo no era una maldición divina, una herencia inmodificable; ha sido una construcción de las elites económicas y sociales locales y foráneas que han gozado del poder suficiente para construir las instituciones que les favorecían o de la interlocución política imprescindible para que otros las construyeran en su nombre. Ese poder no ha sido contestado nunca, bien porque la violencia física y cultural ha inhibido la capacidad de oposición de la inmensa mayoría de los andaluces, bien porque oligarcas y políticos que actúan en su nombre han desplegado persistentes lazos clientelares que han roto la unidad de acción de las clases populares, imposibilitando la construcción de una verdadera democracia.

Esta era la Andalucía que se encontró la generación de Suresnes al llegar al poder autonómico a finales de los setenta. Desde entonces se ha mejorado en términos absolutos –todos los países y regiones lo han hecho-, pero seguimos estando en los últimos lugares en todas las variables referidas al bienestar y a la riqueza, desde el PIB per cápita a los resultados escolares de nuestros alumnos en los informes PISA. Ha sido imposible converger económica y socialmente, reducir las brutales tasas de paro, construir una sociedad con mayores  posibilidades de movilidad social, superar las barreras de entrada al disfrute del capital en todas sus manifestaciones, etc.,  porque los fundamentos estructurales de aquel capitalismo no fueron “cambiados”.  Los “reconquistadores” han seguido disfrutando de los latifundios cuando una reforma agraria hubiera derramado el dinero de la PAC en el mundo rural; el sistema financiero que debía haber servido al desarrollo sirvió preferentemente para satisfacer compromisos gubernamentales, engordar la burbuja de la construcción y finalmente ha venido a manos de compradores catalanes y vascos; los interlocutores preferentes de los gobiernos han sido conocidas familias que representan grandes empresas locales y foráneas sin que pinten gran cosa el 99 por ciento de las empresas que son pymes, autónomos o cooperativas ;  el capital humano adquirido por una mejor educación apenas sirve a la mayoría porque los buenos empleos están reservados a las “mejores” familias;  el clientelismo de partido ha tocado registros esperpénticos y dañinos; la violencia se llama hoy amenaza inmediata de despido y la inanidad cultural es la norma entre incensarios, romerías, cornetas y tambores. La comunidad autónoma sigue siendo la más desigual entre sus miembros y crecientes porcentajes de los andaluces viven por debajo del umbral de la pobreza.

No solo no se tocaron las bases institucionales de nuestra formación social sino que se desactivaron sinergias colectivas que iban en la dirección adecuada. La creciente sociabilidad popular fue domesticada por el intrusismo de agentes partidarios,  como domesticados han sido los sindicatos por la concertación social y los jornaleros y muchas empresas por el subsidio; los planes económicos que anunciaban el aprovechamiento de los recursos endógenos fueron sustituidos por políticas neoliberales y de la oferta, lo que no ha hecho sino arraigar un modelo productivo de vuelo gallináceo. De lo peor, a mi juicio, ha sido el tenaz desmontaje del capital social acumulado por la emergencia de un sentimiento unitario que brotaba de abajo arriba en toda la región. Poco a poco, viejos cacicatos se han reproducido con el reparto del poder autonómico en cuotas territoriales; un cateto provincianismo ha sustituido el sentimiento unitario expresado aquel 4 de diciembre de 1977; la deseable articulación económica del territorio se rompe en dos áreas dependientes de Barcelona, la del arco mediterráneo, y de Madrid, la mitad occidental de la región.  Si hay un futuro federal para España, si se quiere que Andalucía pese más en ese proyecto, hay que empezar por recomponer en un proyecto común las piezas dispersas del puzle andaluz.

Grosso modo, ésta ha sido a mi juicio la obra de la generación de Suresnes.  La obra de aquellos arribistas y de los cientos que les siguieron teniendo en sus manos los resortes del poder durante más de tres décadas.  Ahora, la señora Díaz anuncia “tiempos nuevos para Andalucía”; he descrito someramente algunos de los problemas pendientes de resolver; espero que la expresión de la candidata encierre algo de verdadero provecho y no un mero relevo generacional entre los comensales en el banquete del poder en la comunidad autónoma.  Los precedentes son inquietantes.