De máximos y de mínimos (y II)

Foto por Álvaro Herraiz San Martín
Foto por Álvaro Herraiz San Martín

Por Manuel CALVO SALAZAR

En la primera parte de esta entrada defendía la necesidad de articular un discurso ideológico  que tuviera la capacidad de aglutinar a la multitud de tendencias, corrientes y matices de la izquierda en España.

Concluía que la extensión de la democracia era la piedra filosofal requerida para ello. En efecto, conseguir mayores cotas de democracia en todos los sentidos podría funcionar como elemento aglutinante, igual que la idea del dinero es el elemento ideológico común y aglutinante de la derecha de este país.

Me queda discutir en esta entrada qué podría entenderse por democracia, dadas las circunstancias, dado que todas las tendencias políticas existentes, de derecha y de izquierda, declaran expresamente ser demócratas.

Voy a intentarlo.

No creo que el problema fundamental esté en la definición del concepto. Democracia es el poder del pueblo, y punto. La historia moderna puede contarse en forma de cómo la democracia ha ido conquistando paulatinamente más y mayores esferas de nuestra vida: las luchas sociales y obreras incrementaron la democracia en el ámbito de la política, las luchas feministas contribuyeron a traernos mayores cotas de democracia en el hogar y en la igualdad de derechos, lo mismo que las luchas de las minorías (o mayorías) raciales. Copérnico contribuyó a la extensión de la democracia sideral (a partir de él La Tierra no es el centro del Universo) e incluso puede decirse que Darwin trajo la democracia al mundo de la biología (a partir de él el Hombre no es el centro de la creación).

El reto es, por tanto, seguir extendiendo la democracia, porque ese ha sido, considero, la función de las luchas progresistas de los últimos quinientos años. No en vano, gran parte de la lucha política actual se centra en incrementar los niveles de democracia de nuestro sistema político, superando la excesiva representatividad que posee, útil quizás en un mundo sin las tecnologías de la información disponibles en este momento, pero francamente superable con los medios con los que hoy disponemos.

Porque, querámoslo o no, el problema político fundamental, no es ya el retroceso socioeconómico que se está produciendo, que puede por cierto ser interpretado igualmente en una cooptación de la democracia en aquellos ámbitos sujetos de tales recortes, sino que todavía existen amplios campos de nuestra vida donde la democracia ni está ni se le espera.

El lugar más evidente donde esto ocurre es en el ámbito de la economía. Y es que en una empresa privada literalmente se vive una dictadura permanente, donde el derecho a la propiedad y al beneficio están, en la práctica, por encima de todas las demás consideraciones, y los trabajadores se encuentran en una situación de falta de democracia supina, ya que su trabajo está supeditado al albur de las decisiones de otros.

Las diferentes tendencias de la izquierda podrían fácilmente acordar luchar en la extensión de la democracia económica como sostén fundamental de una arquitectura ideológica que, como digo, está huérfana de un pilar central. Aquí pueden investigarse propuestas tremendamente interesantes para proyectar esta arquitectura y transformarla en una opción política de primer nivel que contribuya, de una vez por todas, a aglutinar, sin desconfianzas ni partidismos, opciones políticas unitarias. Aquí pueden también buscarse herramientas para la confirmación de una ideología de extensión democrática teniendo en cuenta la necesidad de compartir democráticamente el planeta Tierra en el que vivimos y del que dependemos para sustentar nuestra economía.

Se trataría entonces de luchar en contra de los recortes democráticos que se están produciendo (la privatización no es más que hurtar a la democracia algunos sectores de los servicios sociales), enfocando desde este punto de vista todo lo que nos está ocurriendo, y proyectar nuevos espacios donde la democracia debería ser extendida: a la planificación económica, recuperando la soberanía perdida en manos de unos bancos centrales tecnocráticos y al servicio de la gran banca; a la empresa, apostando por instituciones empresariales en manos de los trabajadores (cooperativas y similares) donde lo importante sea el trabajo y no el capital; a la decisión inversora, con banco, cajas y cooperativas de crédito de ámbito local donde la decisión de inversión estará primordialmente pegada al territorio, etc.

 Se trata, en fin, de la extensión de la democracia, es así de simple. Acordemos una agenda de mínimos para eso y pongámonos a trabajar, todos juntos, por el futuro. En formato de convergencia política, o como se quiera llamar. Mis experiencias a lo largo de los años de lucha política en los movimientos sociales, me llevan a afirmar que estas convergencias políticas se alcanzan cuando existe algo que funciona como elemento aglutinante capaz de sustentar de manera casi exclusiva la acción política del grupo en cuestión. Es por ello por lo que funcionan tan bien las reivindicaciones particulares contra un proyecto, o en contra o a favor, de algo muy determinado.

 Es posible que la extensión de la democracia, también en el ámbito de la economía con la democracia económica, sea la piedra filosofal, el aglutinante perfecto, que estábamos buscando.

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