¿Por qué una nueva formación política?

Foto por Lars Plougmann
Foto por Lars Plougmann

Por Javier TERRIENTE

Javier Terriente ha publicado en el blog hermano Metiendo bulla una larga reflexión acerca de la cuestión de si es necesario un nuevo sujeto político en nuestro país. Ha suscitado un diálogo en la distancia con López Bulla y publicamos a continuación la respuesta de Terriente acerca de este trascendental asunto. 

A vueltas sobre la necesidad de una nueva formación política, surgen dos preguntas clave en este debate:

a) ¿Todos los partidos políticos de izquierda han agotado su ciclo histórico, su impulso, definitivamente, sin posibilidad de auto regeneración?

 b) ¿Los denominados movimientos sociales están llamados a sustituir el ámbito tradicional de los partidos, aun teniendo en cuenta, según el análisis habitual, el carácter parcial y efímero de estos movimientos?

La respuesta a ambas cuestiones está estrechamente relacionada, no solo con el deterioro gravísimo de los partidos, sino, sobre todo, con las contradicciones y las características regresivas de un periodo nuevo cargado de amenazas incalculables. Estaremos de acuerdo en que cada momento histórico concreto exige y hace emerger formas diferentes de contestación de masas, nuevas propuestas y alternativas canalizadas por expresiones políticas (y sindicales) originales.

Este que vivimos ha alterado todos los estatus y equilibrios de épocas precedentes, pulverizando los pactos sociales de postguerra y los consensos constitucionales de la transición. Hoy, los partidos de la izquierda tradicional han sustituido la forma-partido, en el sentido que lo entiende la ideología clásica de organizadores de la sociedad civil, educadores y representantes de la voluntad popular, por formaciones controladas por castas clientelares que aspiran a perpetuarse indefinidamente mediante el control interno y de las candidaturas electorales. Esa ruptura de los  modelos históricos tradicionales ha derivado en estructuras corporativas o en grupos de intereses bajo el formato de partido. Formalmente utilizan los rituales y la retórica de los partidos de masas pero, tanto su práctica organizativa (corporativa) como su acción política real (ajena a las dinámicas sociales y/o circunscrita a los circuitos de poder), han acabado  por convertirlos, sociológicamente hablando, en una nueva categoría de partido a la que habría que denominar subpartido. Ello quiere decir que,  aunque se piensen así mismo en términos de “partido” y residan en el ámbito de la política, han ido diluyendo los rasgos de la forma-partido en espacios herméticos, blindados a la “calle”, lo que, paradójicamente, los debilita ante las presiones del sistema. Por lo demás, habría que añadir como refuerzo a esta tesis que su relación con los movimientos sociales oscila entre una visión utilitarista o de simple rechazo, en cuanto que los sitúa como competidores pese a que pertenezcan al extrarradio de la política. Por lo tanto, si se habla de actas de defunción, fin de ciclo, etc., de los partidos hay que aclarar que se trata de este tipo concreto de estructuras: los subpartidos.  Dicho esto, ¿es irreversible semejante situación, o pueden refundarse desde lo que son en una dirección democrático- social y de izquierdas? ¡Ojalá! Pero es una hipótesis remota. Para que ello se produzca tendrían que surgir referentes internos que permitan albergar esperanzas en esos cambios y/o fuertes presiones externas que contribuyan a ese objetivo. Respecto a lo primero, cierto que han surgido contestaciones internas pero ninguna se sitúa en el campo de las alternativas (discurso, programa, referentes propios), en el sentido de que no se plantean claramente superar los discursos y los marcos internos actuales, sin lo cual un proceso de refundación no sería posible ni creíble.  Y, por otro lado, es altamente improbable que el sistema de castas dominante se autoinmole en el altar de una perestroika particular. Otro asunto muy distinto es si estos partidos desaparecerían por el efecto ascendente de los movimientos. No tiene por qué, y si se extinguieran no tendría que ser necesariamente por esta causa. De todos modos, la historia está llena de tumbas políticas. Tampoco sería deseable. Ahora bien, en la medida que se abra paso una nueva organización política, es evidente que su influencia se reduciría, salvo que, preservando su autonomía, decidieran formar parte de ella constituyendo una nueva identidad plural junto a otras fuerzas y movimientos. En resumidas cuentas, el desarrollo de nuevas opciones no está determinado en exclusiva por el hecho de que los partidos actuales se refundan o no. Si no lo hacen, el proceso será más difícil, más lento y complejo. Si lo hacen, mejor. Pero al ser una consecuencia provocada por las nuevas luchas sociales que acompañan a este período de transformaciones, trasciende el presente del socialismo/comunismo realmente existente plasmado en los actuales subpartidos.  De ahí nace su verdadera necesidad.

Respecto a la construcción de una nueva formación política habría que plantearla bajo un doble prisma:

1- La dimensión electoral/Elecciones Europeas. Hay experiencias históricas, y actuales, dentro y fuera de nuestro país, que invitan a tomar iniciativas unitarias de amplio espectro democrático. Por otra parte, frente a los desmanes del presente, está demostrado que las opciones partidarias son claramente insuficientes y, además, tienen escaso crédito. Por el contrario, una gran convergencia democrática (o como se quiera llamar) no hegemonizada por los partidos, plural, donde participen en pie de igualdad interlocutores sociales de distintas procedencias, con programas y candidatos elegidos en primarias, y el apoyo de los sindicatos, movilizaría a las masas de ciudadanos, sobre todo a los jóvenes, con garantías de derrotar a la derecha. Sin duda, sería un gran paso en la buena dirección. Pero, ¿estarían en condiciones PSOE/IU (Estado) de formar parte de una nueva propuesta que suponga su dilución electoral, al menos provisional, en una asamblea social supra partidaria?

2- La dimensión político-organizativa. Parece claro que el eje de la política de izquierdas (y democrática) se ha desplazado a la calle. Hay vida y política más allá de los partidos. Más intensa, más útil, más influyente y más gratificante. Guste o no, las reclamaciones e iniciativas que emergen de la “calle” están marcando la agenda política. La razón estriba en su radical novedad programática y en la originalidad de sus formas de lucha. La “calle”, es decir, las dinámicas sociales plasmadas en movimientos y foros de diferentes signos, se han convertido en la nueva centralidad democrática ante la desafección de los partidos y la crisis de representación de las instituciones. Estos movimientos apuntan desde hace años a las causas de fondo del malestar social y se orientan hacia la exigencia de cambios estructurales y democráticos. Al señalar una pérdida de derechos concretos abordan toda la problemática general del Estado social de derecho, y todos los derechos al completo. Por ello, ya no se ajustan al viejo perfil de “parciales” o de “corta duración”. Hace mucho tiempo que los movimientos llegaron para quedarse y sus efectos son duraderos. Su carácter general tiene mucho que ver con el de un movimiento sociopolítico novedoso de gran envergadura, confrontado con el corazón del proyecto ultraliberal. Con mayor o menor fuerza, están ahí, se expresan en la acción sin intermediarios y gozan de una creciente credibilidad por su combate insistente ante la vulneración de derechos …. Dicho esto, el principal problema de estos movimientos es la combinación de un cierto antipoliticismo (en retroceso) junto al temor a superar los límites del propio movimiento (ser víctimas de la manipulación política, también en retroceso) para encarar nuevos retos políticos. No hay atajos.  A diferencia de otras épocas en que las clases trabajadoras necesitaban de la mediación de un partido (exterior a ellas y portador de la verdad histórica, de ahí su justificación inapelable) para transitar desde el “momento de la consciencia en sí al de la consciencia para sí”, hoy están demostrando ser capaces de autogenerar, junto amplios sectores de ciudadanos, iniciativas de reformas fuertes, de producir alternativas y señalarles el rumbo a la izquierda política. Lo demás, es decir la construcción de una nueva “cosa política”, será cuestión de tiempo. Todo proceso de fermentación tiene su propio ritmo. No hay atajos y sí muchísimas incertidumbres. Incertidumbre, habría que insistir, preferible a las antiguas y falsas certezas confortables del partido-guía, partido-proyecto autónomo, partido/Frente de convergencia de los movimientos sociales… Dice un refrán ruso: si tomas el camino de la izquierda perderás la vida, si tomas el de derecha perderás el caballo. Solo hay un camino en medio y no es seguro hacia donde conduce. Viendo el panorama, ¿acaso, no es mejor correr el riego de explorarlo?