La religión del soborno

Por Gabriele CATANIA (Linkiesta)

corrupcion5“En la Europa actual, la corrupción es la mayor amenaza que pueden ejercer los individuos sobre la democracia. Cada vez más personas pierden la confianza en el Estado de derecho en el continente”. Son las palabras pronunciadas en enero de 2013 por el secretario general del Consejo de Europa, el noruego Thorbjørn Jagland. Resulta difícil no darle la razón. Sobre todo si tenemos en cuenta que los países más corruptos de Europa en muchos casos son democracias en crisis. O bien no son democracias (como el caso de la Rusia de Vladimir Putin, donde, según las estimaciones, la corrupción representa más del 20 % del PIB).

Portugal. Italy. Greece. Spain. Las iniciales de los nombres en inglés de Portugal, Italia, Grecia y España forman el horrible acrónimo PIGS, literalmente, cerdos, y que en su origen incluía también a Irlanda y se escribía PIIGS. Parte de la prensa, sobre todo anglosajona, utiliza este acrónimo para designar toscamente las economías frágiles del sur de Europa.

En pocas palabras, las economías responsables de la crisis de la eurozona. Como es evidente, se trata de simplificaciones. La región industrial de Lombardía no parece tener mucho que ver con la región turística del Algarve; una metrópolis mundial como Barcelona parece estar a años luz del caos de Atenas. Sin embargo, hay algo de verdad en este acrónimo de PIGS. Dejando a un lado la crisis económica, estos países tienen algo en común. La corrupción de la clase dirigente. ¿El Milán de los escándalos es realmente tan distinto de Lisboa? ¿La Cataluña nepotista no tiene nada en común con Grecia? Teniendo en cuenta que en los periódicos del sur de Europa se cita todos los días el nombre de un nuevo responsable político acusado de corrupción ¿a alguien le extrañan los triunfos electorales de las fuerzas populistas y antisistema?

Creencias y política

Existe el peligro de acabar considerando la corrupción como una característica de todo el sur de Europa. Y de caer en los estereotipos de algunos periódicos sensacionalistas del norte, que describen a italianos, griegos y españoles como pandillas de holgazanes que viven del derroche y la corrupción. Y si consideramos que los PIGS son todos países católicos (excepto Grecia, que es un país ortodoxo), mientras que las naciones menos corruptas del mundo son todas protestantes (excepto Singapur), el riesgo de determinismo cultural es más fuerte que nunca.

“La cultura política clientelista y neo-patrimonialista es un rasgo de los países de la Europa mediterránea. En los países católicos, la religión es un factor importante para explicar los comportamientos electorales y el funcionamiento de la cultura política dominante”. Es la explicación de Luís de Sousa, investigador en el Instituto de Ciencias Sociales de la Universidad de Lisboa y presidente de la filial portuguesa de Transparency International.

“No obstante, no hay que conceder una importancia excesiva a la religión en detrimento de otros factores estructurales que podrían influir en la percepción de las personas sobre la corrupción y cómo actúan ante ella. Se dice que las naciones del mundo menos corruptas son protestantes, pero si nos fijamos en la parte inferior de laclasificación, nos damos cuenta de la presencia de muchos países del África subsahariana que fueron colonizados por naciones protestantes.”

Gianfranco Pasquino, profesor del Centro de Bolonia de la Escuela de Estudios Internacionales Avanzados de la Universidad Johns Hopkins, comparte esta misma opinión. “La religión influye, sin duda, pero por ejemplo, los católicos de los países de mayoría protestante no son más corruptos que sus conciudadanos luteranos o calvinistas. Lo que influye realmente es la estructura del conjunto de un sistema. Quizás más que la religión en sí misma, lo que desempeña una función clave es la actitud de la iglesia frente a la corrupción. La ha tolerado durante demasiado tiempo y ha considerado que los pecados sexuales son más graves que los relacionados con el dinero”.

Lustre ético escandinavo

Como mencionamos anteriormente, antes Irlanda formaba parte de los países designados con el acrónimo PIIGS. Y precisamente en este país profundamente católico surgió una idea un tanto sorprendente para luchar contra el clientelismo y los vínculos entre la política y las finanzas: confiar a extranjeros la dirección de los bancos locales, responsables de la crisis financiera que afectó al país en 2008. De este modo, el británico Matthew Elderfield, exdirector de la Autoridad Monetaria de Bermudas, fue elegido para dirigir la vigilancia financiera del Banco Central de Irlanda. Según el Financial Times, que publicó un artículo sobre el asunto, “nombrar a un extranjero para un puesto tan importante constituye un gran cambio para Irlanda, ese pequeño país cuyo sector financiero estaba dominado por los vínculos familiares, las relaciones políticas y el clientelismo”.

Elderfield está en buena compañía. El vicegobernador del Banco Central de Irlanda, Stefan Gerlach, es sueco, al igual que el economista jefe, Lars Frissell. A Dublín le pareció una buena idea aprovechar la reputación de honestidad de los escandinavos para dar un poco de lustre ético a su arruinado sistema bancario.

Tal vez se podría importar esta idea, con algunas mejoras, al sur de Europa. Podríamos enviar a Grecia y a ciertas regiones italianas y españolas a algunos tecnócratas nórdicos para que las gobernaran. Dinamarca, Finlandia y Suecia se sitúan respectivamente en el primer, segundo y cuarto lugar de la clasificación de Transparency International. Para estos países, una sociedad sin corrupción sí es posible.

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Publicado originalmente en Linkiesta, lo hemos recogido traducido de la publicación Presseurop.

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