De máximos y de mínimos (I)

Foto por Aneta Szpyrka
Foto por Aneta Szpyrka

Por Manuel CALVO SALAZAR

En el análisis político, las encuestas son instrumentos de análisis sociológico importantes pues ofrecen una foto fija los movimientos electorales de la población. De esta manera, se han utilizado para conocer las intenciones de voto en el corto plazo, teniendo en cuenta incluso el reflejo de ese voto con respecto a ciertas decisiones o ciertos acontecimientos. En la actualidad, esos movimientos demoscópicos demuestran una crisis sin precedentes del bipartidismo en la totalidad del Estado y la emergencia de algunas alternativas de carácter minoritario.

Pero no me interesa aquí destacar esta conclusión, por otra parte repetida por no pocos analistas, sino interesarme por un aspecto que es recurrente: los escándalos de corrupción y los incumplimientos de programa afectan de manera desproporcionada a las opciones de izquierda y lo hacen mucho menos a la opción (en singular) de derechas.

Causa pasmo, y la vez cierto sonrojo, comprobar que a una buena parte de ciudadanos de bien les traiga al pairo que su opción electoral preferida sea presuntamente corrupta o que incumpla sistemáticamente grandes apartados de su propio programa electoral. Este hecho también ha sido analizado hasta la saciedad. Mi tesis explicativa es que la opción ideológica de la derecha se asienta sobre un pilar central que sostiene todo su armazón político: el dinero por encima de todo. Lo demás son cuestiones que pueden llegar a ser más o menos importantes pero que son, al fin y al cabo, accesorias. Independientemente de ese pilar central, sostenedor de todo su armazón ideológico, hay que reconocer que esta estrategia es tremendamente sólida. De ahí que lo único que de verdad ha alejado al PP de sus votantes haya sido la subida de impuestos. A las gentes de derechas sólo les duele que les toquen el bolsillo. Mientras ese mínimo se cumpla, a lo demás puede renunciarse.

Mi propuesta estratégica no es más que copiar, en lo estratégico, a esta manera de actuar y presentarse como opción política dando respuesta a la siguiente pregunta: ¿existe algo que pudiera sustentar de manera central un discurso monolítico de izquierdas?.

Las izquierdas siempre hemos jugado al todo o nada. Nuestros armazones ideológicos han estado continuamente sustentados por varios apoyos, todos situados al mismo nivel. Conceptos como igualdad, defensa de lo público, economía solidaria, reparto de la riqueza, etc., han sustentado con igual importancia a la estructura ideológica de la izquierda y de esa manera es muy difícil llegar a proyectos comunes con otras tendencias de izquierda puesto que, si falta uno de estos apoyos, nuestro armazón se derrumba estrepitosamente. No existe ese pilar central.

De esa manera, la estrategia de la derecha ha sido siempre unirse bajo un paraguas de mínimos: el dinero, y la de la izquierda ha sido normalmente hacerlo (si se ha hecho) bajo un paraguas de máximos.

El resultado está ahí: en una situación en la que un gobierno de derechas se encuentra continuamente salpicado por escándalos e incumple su programa, las encuestas todavía lo dan como ganador, mientras la opción mayoritaria de izquierdas se hunde literalmente y la llamada a sustituirla no es beneficiaria de un salto electoral extremo. Y ello mientras, de nuevo en el lado izquierdo, se suceden las iniciativas ciudadanas y de grupos más o menos influyentes de conformar unas iniciativas políticas alternativas que no logran concitar un apoyo no digo masivo, sino siquiera mínimo para ser tenidos en cuenta. Todas, por cierto, intentando generar esos apoyos bajo un programa de máximos donde nada escapa al escrutinio.

Entiendo que esas opciones están condenadas a entenderse, pero este hecho ocurrirá si se suscita una unión bajo una sola idea que sustente el armazón político que pueda hacer las veces de pilar central de la ideología de izquierdas. A partir de este pilar central podrían, por supuesto, situarse todas los demás asuntos, pero ya de manera accesoria y, desde luego, menos importante.

A partir de esta conclusión, podría ahora responderse a esta pregunta: ¿qué podría representar este papel? Mi propuesta es que esa idea central que pudiera convertirse en aglutinador esencial de un proyecto de convergencia de izquierdas es la reivindicación por mayores cotas de democracia: la democracia, si se quiere, en mayúsculas. La idea central, y sustentadora de todo lo demás, sería inocular la democracia a todos los ámbitos de la vida de las personas: desde el hogar hasta la empresa, desde el centro educativo hasta las decisiones municipales. Democracia en todo lo posible.

En un hipotético gobierno realmente de izquierdas los votantes de esas opciones políticas seríamos entonces un poco más benévolos si ésta o aquélla decisión gubernamental está totalmente o sólo ligeramente en consonancia con nuestros preceptos ideológicos, siempre y cuando el balance global haya sido de una extensión creciente de la democracia.

La exigencia, entonces, sería de mínimos, en el sentido de que, siempre y cuando ese mínimo se respete, el apoyo seguiría ahí, esperando a ser renovado por ciudadanos responsables capaces de debatir y luchar por el cumplimiento de todo lo demás, de máximos, pero en un contexto de poder político sólido y consistente, tal y como disfruta la derecha de este país.

Democracia: esta, considero, pudiera ser la piedra filosofal que estábamos buscando.