El parte

Francisco de Goya y Lucientes, Los Caprichos, ¿Por que esconderlos? 1796-97. Museo del Prado
Francisco de Goya y Lucientes, Los Caprichos, ¿Por que esconderlos? 1796-97. Museo del Prado
Por Carlos ARENAS POSADAS

Hasta no hace mucho, las abuelitas se ponían delante del televisor o sintonizaban la radio nacional para escuchar “el parte”. Para los jóvenes es preciso aclarar que el “parte” había sido  el “parte de guerra”, las noticias del frente,  de la ubicación de las fronteras entre las dos Españas: la de “éstos”, la de “esta gente” como la definía mi padre para referirse a los vencedores, y la nuestra. Muchos años después de terminada la contienda, “estos” seguían siendo el  evanescente grupo de personas que, en el gobierno o por encima del gobierno, manejaba los hilos de la gobernanza del país.  Al decir “éstos”, los vencedores de toda la vida, se refería a poco más o menos quinientos oligarcas y a quienes los bautizaron cristianamente.

La historia de este país desde la edad media hasta la actualidad es la historia de “estos”, de los que han construido un Estado a su medida y han pagado a los eclesiásticos su contribución al negocio permitiéndoles que su estado vaticano se incruste en él y viva, como un parásito en su huésped, de la sangre del país.

Como digo, en la historia de España se puede seguir la trayectoria de los quinientos desde la edad media. Fueron señores conquistadores contra musulmanes luego convertidos en grandes terratenientes aristócratas o burgueses; plutócratas y especuladores en el XIX siempre cerca de la corte; instalados  en la cúpula de los ejércitos, la administración y la magistratura; consejeros de grandes empresas favorecidas por el Estado en el siglo XX y actuales banqueros que consiguen que el fiasco de sus sortilegios financieros sea reestructurado ordenadamente con el fondo constituido con el dinero y los derechos de la inmensa mayor parte de la población.

La casta de los quinientos se ha conformado y enquistado a través de indelebles lazos de sangre y parentesco,  ampliados, si acaso, con viejos amiguitos del alma y de pupitre en colegios postineros.  Esta casta ha practicado desde tiempo inmemoriales estrategias sociales y políticas “guerracivilistas”; el pueblo español  -¡que coman república! ¡que se jodan!-, ha sido siempre el enemigo a batir. Las barreras de entrada y el acceso exclusivo a los recursos tangibles e intangibles, la información privilegiada y un morro que se lo pisan han sido armas recurrentes. En sus manos,  la democracia, cuando la ha habido, ha estado siempre “atada y bien atada” con la complicidad de tontos útiles bien recompensados;  cuando el nudo gordiano  ha estado en trance de ser deshecho –en ambas Repúblicas en el plano político, en cualquier protesta jornalera en el plano social-, el recurso a la violencia ha sido un ocasión pintiparada para demostrar urbi et orbe quién manda aquí.

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p style=”text-align:justify;”>Nuestra muy anciana abuela preguntaría hoy: “niño, ¿que ha dicho “el parte”? Y la respuesta sería: abuela “esta gente” nos está ganando; perdemos terreno día tras día; tenemos partisanos y francotiradores de gritos en las calles, en la red, en algunos medios semiclandestinos, en organizaciones sociales y ciudadanas, pero “ésta gente” no solo resiste sin inmutarse sino que avasalla con boletines del Estado, vuelve a criminalizarnos con los mismos motetes de siempre pagando campañas de opinión estultas y embrutecedoras. Retrocedemos: resulta que hacienda ya no somos todos; el blanqueo de dinero y el fraude a gran escala se amnistía; las causas contra especuladores y genocidas se transforman en causas contra los magistrados que osan juzgarlos;  los banqueros imputados por prácticas corruptas entran a la cárcel por una puerta y salen por otra; los trabajadores pierden renta real y nominal por días; sus hijos vuelven a quedar excluidos de la universidad con el inmoral argumento de que sobran universitarios, de que sobran los de siempre; los inquisidores exigen que se catequice a todo niño en las escuelas.  Eso dice “el parte” de hoy abuela.  ¿Y los nuestros, qué hacen? Hacen lo que pueden en estas circunstancias, abuela, pero aún son pocos para evitar que “esta gente” siga inasequible al desaliento entonando la salmodia rancia del patriotismo, el sentido del deber y los méritos inmarcesibles del beato y el general.