De medios y tertulias

Foto por catorce14
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Por Javier ARISTU

Desde hace poco tiempo suelo seguir con poco interés los programas de opinión de los medios televisivos. Me resultan forzados y con pocas posibilidades de transmitir dinamismo. Sé que, en general, los periodistas de estos medios tratan de penetrar en la coraza de los políticos y desean desmontar el discurso de madera de éstos. A veces lo consiguen y a veces caen ellos mismos en el idéntico juego del lenguaje formal y de la jerga política. Me parecieron muy decentes, desde un punto de vista profesional, los debates que hicieron conjuntamente las cadenas francesas TF1 y F2 con Nicolas Sarkozy y Segolène Royale en la campaña presidencial de mayo de 2007 y, también en los mismos medios, con Sarkozy y Hollande en 2012. Creo que las entrevistas que, en general, hacen los medios franceses y belgas, los que he podido conocer, entran dentro del estricto marco del periodismo profesional y serio. El periodista pregunta libremente y en directo; el político responde como puede y sabe, de acuerdo con las plantillas y entrenamientos que sus asesores le hayan podido hacer. No digamos de la mítica BBC donde el periodista es un auténtico escrutador e interrogador de tercer grado. Que se lo pregunten si no al alcalde de Londres Boris Johnson, desarmado e inutilizado ante las incisivas preguntas del periodista Andrew Marr el pasado 24 de marzo. Me parece que, de forma generalizada, la información y la opinión está perfectamente separada en estos programas y, además, el periodista suele jugar de forma exacta su papel: preguntar, inquirir, exigir respuestas, averiguar lo que el político no quiere desvelar. Y cuando tiene que opinar recurre al formato diferente, al comentario, al análisis glosado de la actualidad, distinguido de los momentos informativos.

De España me soprenden varias cosas relativas a los estilos televisivos de este país. Destaco tres: la continua mezcla de información y opinión; la escasa presencia de políticos en debates y sesiones de entrevistas en estos medios y, en tercer lugar, el cada vez más imponente protagonismo de los propios periodistas opinadores. Vayamos por partes.

No soy yo experto en comunicación y medios pero creo que es innegable la confusión que existe entre la información y la opinión en bastantes medios de televisión. Los hechos ocurridos en RTVE tras la llegada del nuevo gobierno del PP no se entenderían en otros países europeos. ¿Modificar el estatuto de la televisión pública sin consenso parlamentario y propiciar un cambio de responsables en los servicios informativos precisamente pocas semanas después de acceder a las tareas de gobierno? Es algo muy difícil de entender. Sólo en Italia se ha podido producir eso con los gobiernos de Berlusconi. En el caso de España, este ejemplo habla, creo que no exagero, de la obsesión por hacer de la televisión pública el altavoz de un gobierno, no precisamente de la opinión pública. Si uno recorre otros medios públicos autonómicos la sensación puede ser la misma: el periodista transmite noticias oficiales, administrativas, no parece ser altavoz de lo que ocurre en la calle, salvo contadas y loables excepciones.

El otro asunto deja también mucho que desear. La anécdota de un presidente de gobierno expuesto ante una rueda de periodistas a través de un televisor de plasma y sin ninguna posibilidad de contestar a preguntas de los medios parece sacado de un cuento de ciencia ficción. La manía de convocar a ruedas de prensa “sin preguntas” es un chiste. La imposibilidad de que el presidente del gobierno vaya necesariamente a la televisión de forma periódica y ante una rueda de periodistas no se puede entender en un sistema democrático donde los medios de comunicación juegan un papel decisivo a la hora de configurar la opinión pública. No hay color si comparamos la frecuencia de intervenciones y entrevistas ante medios del presidente Hollande o de la misma canciller Merkel con las del presidente Rajoy. España sigue siendo un solar en transparencia y comunicabilidad del gobierno y en general de los políticos.

El tercer asunto es el que más me está interesando. Me refiero al papel de los periodistas como comunicadores y creadores de opinión. Si los economistas hace ya tiempo que han pasado a ocupar la función de orientadores del discurso político y tecnócratas decisivos del gobierno de la gente (véase la interesante reflexión sobre esta cuestión en el blog de José Ignacio Torreblanca), como sacerdotes de una ortodoxia social, bastantes periodistas están ocupando la tribuna ya no como flageladores del poder sino como poder directamente. Salvando ejemplos conocidos y numerosos que a cualquier ciudadano responsable le tiene que satisfacer y que muestran ese  papel de guardianes críticos de los intereses de la ciudadanía, se viene produciendo una deriva del periodista hacia el opinador, como otro sacerdote omnipotente e indiscutible. Me refiero a ciertas tertulias televisivas, copadas literalmente por los mismos profesionales de la opinión insensata. Ponga usted los nombres. Pasan de la Cinco a la Sexta, de ésta a 13TV, y si hay tiempo en la medianoche de 24 Horas, luego se dan un borneo por El gato al agua… y así de lunes a viernes, que el fin de semana está para perderse y retomar fuerzas. Son tertulianos pendientes de su Ipad, hablan de todo, saben de todo, tienen información de todo. ¿El euro? Ahí tengo un discurso. ¿Transparencia? Tienen una enciclopedia. ¿Política internacional? Sus informadores le tienen abastecido. ¿Europa? Por favor, Durao Barroso les llama cada semana… en fin, son los expertos omnipresentes en las cadenas de televisión al mediodía, a media tarde, a media noche, cuando en realidad son gente ignorante, ayuna en formación de criterio y, especialmente, repetidores de un discurso permanente contra la política, contra las instituciones, contra los políticos… porque ellos son los que ejercen la política desde la televisión. Si es a gritos, mejor, que gritando y no dejando hablar al otro es como mejor se entiende uno.

¿Hasta cuándo tendremos que soportar esta bajeza, este detestable espectáculo social? ¿No es posible que en la sociedad de la información en la que estamos estos personajes se dediquen a otra cosa? La sociedad del bienestar a la que tanto critican podría hasta pagarles un salario mínimo o una pensión de por vida por que permanezcan calladitos. Es cuestión de salud pública.

Hace ya varios siglos el genio de Cervantes captó este tipo de personajes cuya virtud es hablar y aconsejar de todo pero a quienes tampoco les es ajeno el vicio de criticar sin fundamento. Cuenta nuestro autor que en la comida de don Quijote y Sancho con los duques (cap. XXXI de la 2ª parte) había “con ellos un grave eclesiástico destos que gobiernan las casas de los príncipes: destos que, como no nacen príncipes, no aciertan a enseñar cómo lo han de ser los que lo son; destos que quieren que la grandeza de los grandes se mida con la estrecheza de sus ánimos; destos que, queriendo mostrar a los que ellos gobiernan a ser limitados, les hacen ser miserables”.

Pues eso, miserables.