La e-videncia de la in-videncia.

videntePor Pablo del BARCO

Aquí los llamamos echadores de cartas, videntes, adivinadores, tarotistas, quiromantes, astrólogos… Son una plaga en los medios de comunicación. Aparecen en cadenas de televisión, nocturnos muchas veces, sin fijación de sintonía, parece que sin patente legal, propagando siempre su calidad de emisión en directo. Estos “brujos” tienen hartas cualidades: los vemos el mismo día y a la misma hora en dos cadenas diferentes, con diferentes vestiduras, con poblada barba de un día para otro. La calificación de su teatro de operaciones es de lo más variada, en una diversidad cristiano-pagana digna de un estudio específico. A poco que abren la boca dan prueba de su escasa cultura; algunos/algunas pegan unos hachazos temibles al diccionario y a la gramática (la “visícula”, los “glanguios”, la “apófisis”). Algunos tienen la condición de extranjeros, pero no son estos los que peor hablan. Y todos exhiben la virtud de redentores; del cuerpo, aventurando soluciones médicas, perturbadoras, para sus “clientes”, o del alma, después de haber sacudido la intimidad con, por ejemplo, noticias de la traición de un marido en una pareja estable.

Como no me gusta escribir a humo de pajas me he sometido a sus adivinaciones, augurios, consejos…, que transcurren en una sintonía cariñosa: “mi amor”, “mi vida”, “gloria mía”, “mi vida bonita”, “corazón” mío”…; es el trato, que no solo suena a falso sino que es tan falso como su familiaridad. Así inician el diálogo, después de esperar minutos preocupantes con el teléfono desgranando las altas tarifas del contacto. Cuando el e-vidente vidente-in-vidente parece medio serio, observas sus preguntas, el modo en que las articula, cómo los consultantes les ponen la respuesta “a huevo”, aunque a veces patinan de la manera más brutal: hombres que, a toda costa, van a encontrar la mujer de su vida siendo neta e indudablemente homosexuales; maridos que les ponen cuernos a su mujer, cuando han fallecido tiempo ha; un hijo que anuncian volverá al seno materno cuando nunca salió de él, meteduras de pata que ejecutan contra los consultantes, a pesar de que estos nieguen la mayor; ellos insisten porque “lo dicen las cartas y ellas no engañan nunca”.

Voy a mi caso: consulté, con la mosca tras la oreja, cinco veces, todas con un resultado catastrófico: nada que me pronosticaron sucedió, más bien lo contrario. Empecé a desconfiar cuando una vecina, que era gallega y no teniendo otro oficio mejor empezó a ser consultora por el ofrecimiento de un director de televisión secundaria amigo suyo. Como era gallega se suponía que tenía el ADN de bruja y adivinadora. Tal como desconfié se desarrolló la catástrofe. Cuando uno de estos personajes, flamante, que goza de prestigio en el área, insistió en hacerme un sortilegio para favorecer mi economía, me eché a temblar. En efecto, al día siguiente me llegó una sanción de casi 2.000 euros y mi negocio en sociedad empezó a precipitarse de manera imparable; no me invento nada. De lo que me facturó la compañía telefónica por el tiempo de las llamadas, esperas y consultas, prefiero no acordarme. Pero nunca olvidaré lo inútil de mis consultas, que me dejó un regusto amargo pensando, sobre todo, en la gente humilde y generalmente ignorante que de buena fe llamaba para solucionar su vida, esperando que con las palabras, embaucadoras, falsamente cercanas y también ignorantes de su realidad, lo iban a conseguir.

Hay en este mundillo una situación que favorece a los “videntes”: no existe comprobación de las predicciones, y el resultado negativo no es criticable porque el que consulta y conoce el fracaso teme que caigan sobre él todas las maldiciones de los “brujos”, todo su poder maléfico e inevitable. O, simplemente, se avergüenza de haber acudido a uno de estos sujetos, fracasar y hacer el ridículo; nunca confesarán el fracaso ni la estafa a que fueron sometidos.

Podía hacer una historia de gente estafada y de sus correspondientes estafadores. No hace mucho un juez sentenciaba contra el conocido Octavio Aceves por las profecías fallidas en el caso de la desaparecida Anabel Segura. De los escándalos de Cristina Blanco y las actuaciones de Rappel o de la “despampanante” Aramis Fuster, que cobran cifras astronómicas por sus “trabajos”, corre mucha información. Estos son los “brujos” de la “jet set”, endiosados e intocables. Otros, visitantes, como el argentino Ricardo Schiaritti o “Papa Mustaphá” son muy conocidos justamente por sus visitas a la Justicia. Lo que no se puede es evaluar el dinero que mueve este negocio porque la mayor parte funciona en dinero negro, y el Gobierno no se atreve a meterle mano, no siendo que en caso de hacerlo algún adivinador adivine de verdad los malos pasos que estos aseados y mentirosos muchachos del PP van dando cada día con más inseguridad y arrogancia.