La carta robada

Foto por Matt. Create. (Roads Less Traveled)
Foto por Matt. Create. (Roads Less Traveled)

Por Javier VELASCO 

Dos teorías económicas luchan por la supremacía teórica que ampare la política económica  para hacer frente a la crisis. Para los no economistas diré que política económica es una actividad que ejercen los gobiernos para orientar la economía, fundamentalmente a corto plazo, a través de instrumentos tales como la política fiscal, normas sobre mercado de trabajo, emisión o absorción de moneda, etc. En la actualidad, la política económica no proyecta a largo plazo sus instrumentos, entre otras cosas porque piensa que a largo plazo persistirá el sistema capitalista y que lo que se dice gobernar se gobierna para ir corrigiendo los problemas que van apareciendo a lo largo del tiempo. Por tanto, esas dos políticas no ponen en cuestión la esencia del sistema o bien porque creen que es el mejor de los mundos posibles, porque defienden los intereses de las élites, porque piensan que con reformas se pueden conseguir equilibrios sociales o porque, simplemente, no ven posible luchar contra el sistema y se limitan a proponer soluciones de mejora en espera de mejores tiempos. Ese es el caso de las partes en lucha por hacer frente a la crisis de crecimiento: la teoría de la austeridad y la teoría del aumento del gasto público en sus distintas formas.

La política de austeridad parte del principio de que la intervención del Estado supone una contracción del sector privado, que es el que crea riqueza y empleo. Es decir, crecimiento económico. Cualquier crisis se resuelve dejando que el mercado haga los ajustes necesarios y devuelva el equilibrio a la economía. Fin último: el crecimiento económico.

La política de aumento del gasto público, o keynesiana, parte del supuesto de que el crecimiento económico en los momentos de crisis se estrangula y el mercado no puede conseguir que salga de su marasmo. Es el sector público el que con su iniciativa de gasto hace que se desatranque el motor y eche a andar de nuevo. El gasto aumenta la demanda, que crea empleo, que supone nuevo gasto, más ingresos del sector público, etc., en un circulo virtuoso que consigue sus objetivos. Fin último: el crecimiento económico.

Por tanto, podemos afirmar que ambas posiciones económicas, que son pretendidamente políticas, propugnan lo mismo: crecimiento económico. La derecha, personificada por la señora Merkel, Rajoy, etc. defenderían la primera opción; y la izquierda con Krugman, Hollande, Partidos Socialistas, IU, defenderían la segunda.

En estos últimos días hemos visto en la prensa ejemplos de estas dos  perspectivas. Carmen Alcaide afirma que “Cuando parece que la crisis financiera remite y se normalizan los parámetros de los mercados financieros respecto a España, al tiempo que se alcanza el equilibrio de las cuentas con el exterior, llega el momento de impulsar el crecimiento para alcanzar las condiciones necesarias para la creación de empleo”.

Diego López Garrido, Nicolás Sartorius y Carlos Carnero en El País del 21 de mayo nos hablan del fracaso de la austeridad y piden un “plan de estímulo económico para la creación de empleo, sobre todo entre los jóvenes”. Más adelante hablan de “La necesidad de orientarse hacia el crecimiento, financiado con más ingresos-no con menor gastos público- es ya una evidencia imposible de obviar”.

En cuanto al economista jefe del Grupo BBVA, Jorge Sicilia, después de un farragoso artículo el 20 de mayo en el mismo diario, en el que hace un viaje superficial sobre los datos macroeconómicos y sobre algunas medidas habituales del mercado de trabajo, permanentes en el escenario de la derecha como es el énfasis en la moderación salarial,  señala: “”hoy no se debe pensar que España no es capaz de volver a crecer a tasas por encima del 2%. El partido no termina hasta que finaliza”.

En suma, todos piensan, o actúan, como si la crisis fuese una incidente temporal del sistema que se puede solucionar con medidas económicas o políticas, como es el caso de la Unión Política Europea, en la que una política fiscal sería el instrumento equilibrador que asistiese al crecimiento económico, la creación de empleo y la lucha contra la desigualdad, en este orden, que es un orden ideológico, no económico. Pero dejando esto para otra ocasión: ¿Y si a pesar de la austeridad o del aumento del gasto público fuese imposible que se produzca crecimiento? ¿Dónde quedaría el análisis de la izquierda?

En un cuento maravilloso de Edgar Allan Poe, “La Carta robada”, el protagonista es testigo de cómo el comisario de policía, con medios científicos exhaustivos, busca desesperadamente una carta que podría poner en peligro al poder existente a través de unas palabras, creemos que de amor, comprometidas. El comisario es incapaz de encontrarla porque utiliza métodos analíticos convencionales que le impiden ponerse en otra lógica que sí se lo permitiría. No así el narrador, persona inteligente, observadora y sin prejuicios, que mira desde otro ángulo. Al final la carta es localizada por este protagonista en un lugar que estaba a la vista de todos, en un sitio que el comisario no podía imaginar, porque era demasiado fácil y porque pensó que el ladrón iba a ocultarla de forma más complicada.

Tengo el mismo sentimiento con respecto al dogma capitalista del crecimiento económico. La dominación del sistema pasa por hacernos creer que el futuro va a ser una prolongación del presente y nuestra derrota viene dada por jugar a competir con ellos, discutiendo dentro de sus coordenadas, como hacía el comisario de policía buscando la carta. El futuro, que ya ha empezado, ciertamente, no va a ser como el pasado, esto puede ser percibido por cualquier persona sin prejuicios. Estamos en el final del capitalismo industrial y cada vez es más evidente. El futuro no va a crear puestos de trabajo industriales. Si sigue como hasta ahora creará un mundo de servicios, servidumbre y catástrofe biológica  que conducirá a un escenario de infierno colosal. En el futuro la docena de tecnologías que emergen poderosamente en este periodo pueden servir para crear una prosperidad más sosegada que la histérica sociedad de consumo o un fin del partido desastroso.

La izquierda tiene que debatir el presente, pero no será izquierda si no construye un proyecto no capitalista para este siglo. La salud, la educación, el medio ambiente, Internet son los nuevos nichos de empleo para los cuales el capitalismo no está diseñado, salvo que fuerce la privatización, lo que sería una escalada más del conflicto social. La necesidad colectiva y la gratuidad son los vectores del futuro. Y una vida más sosegada e igualitaria. Nunca la humanidad ha necesitado tanto una revolución.