La burbuja

burbujaPor Manuel CALVO SALAZAR

Qué fácil resulta ahora hablar de burbujas. Recuerdo con cierta nostalgia algunas charlas y conversaciones públicas en las que me atrevía a decir, siguiendo conclusiones extraídas de datos relativamente bien contrastados, que el precio de la vivienda en España iba a caer, y que el desastre sería mayor en relación directa con el tiempo que tardáramos en comenzar un “aterrizaje suave” dirigido y gestionado.

Todavía recuerdo, con cierta claridad, las expresiones faciales de los presentes en las salas e incluso, algunas intervenciones de los turnos de pregunta y debate al respecto, algunas ciertamente duras, en las que se me casi acusaba de ser un agorero, emitiendo opiniones producto del manejo de datos sesgados.

Todas esas imágenes me sobrevinieron de golpe durante el año 2007 y, particularmente, tras el verano aterrador del 2008, cuando todo finalmente se derrumbó estrepitosamente.

Los datos eran claros. Nada puede crecer permanentemente y menos y lo hace a un ritmo alocado de más del 15% (que fue el crecimiento del precio de la vivienda durante muchos años). En realidad, nada puede crecer insistentemente sin decaer en cierto momento. La cuestión no es esa, sino intentar medir la magnitud del batacazo. En esos años la intenté medir, y mis resultados fueron más que evidentes: la magnitud del batacazo inmobiliario iba a ser realmente espeluznante. Y así ha sido. Desde luego no fui yo el único que advertí de esta situación. Hubo mucha gente, incluso algunos de ellos economistas, que acertaron plenamente en esta previsión.

La burbuja se gestó gracias a muchos factores pero se sostuvo, considero, por dos fundamentales. El primero, porque hubo una capacidad incalculable de crédito barato y accesible y, segundo, un consenso social generalizado que, curiosamente, sólo beneficiaba directamente a un determinado sector de la población.

Ahora el problema es más gordo, si cabe. Entonces y ahora la voracidad de nuestro sistema económico está sustentada en el consumo incesante de recursos naturales, como ya se sabe. Y este consumo, con formato de burbuja, no podrá mantenerse en el tiempo. Ahora es mucho más fácil reflexionar y comunicar sobre este asunto. Basta con explicar que estamos literalmente montados sobre una burbuja de consumo de recursos naturales (energías y materiales). La existencia de esta burbuja está sustentada, como la inmobiliaria, en dos factores fundamentales: la existencia de un acceso fácil y barato a las fuentes energéticas (que juegan un papel similar al del acceso al crédito barato) y un consenso social fuerte en torno a una situación insostenible, porque hay un sector de esa sociedad que está siendo directamente beneficiaria del producto de esa burbuja.

Y la burbuja explotará. No hay más que mirar los datos. Lo que ahora es más difícil de calcular es la magnitud del batacazo, que se manifestará a todos los niveles y que perjudicará, eso sí, a las capas más débiles de la sociedad (como siempre).

La solución es un cambio de paradigma total que se denomina, internacionalmente: “transición hacia un modelo socioeconómico sostenible”, es decir, viable en el tiempo, basado en tasas de consumo de recursos naturales equivalentes al producto de las rentas del capital natural terrestre, lo que incluye, por supuesto, que todos los recursos deban tener origen renovable.

Socialmente eso tiene unas implicaciones de una magnitud formidable; hasta tal punto, que hemos de reconsiderar todas las certidumbres adquiridas en los últimos dos o tres siglos de historia. Habrá que repensar el papel del dinero y del tiempo y aprender a vivir con más lentitud y sosiego, lejos de las aceleraciones propias del crecimiento del PIB y el pago de una deuda impagable. Habrá que construir nuevos consensos en torno a nuevas formas de vida, basadas en el desarrollo de las relaciones de cooperación y colaboración entre agentes sociales y económicos.