Parásitos

Wall street. Foto por Manu_H
Wall street. Foto por Manu_H

Por Carlos ARENAS POSADAS

Desde que los hombres se asentaron formando sociedades estables, la convivencia fue  regulada por la casta de los parásitos; es decir, por el pequeño grupo de individuos que han sabido y podido sobreponerse a la gran mayoría para vivir lujosamente a su costa. En cada momento histórico los parásitos han poseído en exclusiva los instrumentos claves para justificar e imponer su predominio:  la conexión directa con los dioses, las armas para conquistar, defender o reprimir,  la tierra y la mano de obra adquirida en conquistas, la interpretación “científica”  del mundo que justifica privilegios, el capital que impone reglas a los que carecen de él,  el estado del que se obtienen prebendas, subvenciones, sobresueldos; el  fondo samurái que transcurre los vertiginosos caminos del negocio especulativo,  etc.

En casa fase de la historia, las sociedades han convivido, malvivido, en contacto con el poder generado desde los parásitos: el senatorial dimanado de los captores de esclavos, el jurisdiccional de los señores feudales, el parlamento domeñado de la burguesía capitalista, el aparato del partido único, etc. De modo transversal, las iglesias religiosas, laicas o nacionalistas han atufado de hegemonía el poder de aquellos y han sido espléndidamente recompensadas  por ello.

Pero a todo cerdo le llega su San Martín, y a los parásitos también. Los matarifes no hay que buscarlos muy lejos; están entre ellos, en las contradicciones que sus respectivos sistemas encierran en el medio y largo plazo. La esclavitud se terminó cuando los conquistadores no pudieron abarcar militarmente los amplios límites del territorio que controlaban; los señores feudales empezaron a sucumbir desde el momento en que se fueron rindiendo a las baratijas de los mercaderes; estos capitalistas han debido readaptarse desde el siglo XIX,  dejando jirones de su  dominio en buena parte del globo o pactando compartir el poder y el beneficio con los trabajadores, como ocurrió en las décadas centrales del siglo XX.

Esos jirones de poder abandonado en manos de sindicatos y partidos obreros fueron insoportables de asumir por las elites económicas. El capitalismo productivista a lo largo del siglo XX había generado un antídoto, la clase obrera,  que amenazaba con destruir el sistema  en la crisis de los setenta. Las pócimas para combatir tales amenazas fueron drásticas: guerra de las galaxias contra el poder  soviético, dictaduras militares contra los movimientos revolucionarios en el tercer mundo y, lo más importante,  el establecimiento de estrategias anti obreras en base a la revolución tecnológica sustitutiva de mano de obra, la constitución de un mercado global del mercado de trabajo y la construcción de un nuevo tipo de capitalismo en occidente en el  que la producción y la distribución de mercancías dejaban el primer puesto en la jerarquía de la realización de beneficios a la simple y nada pringosa especulación en productos financieros más o menos basura.

Los parásitos de hoy ya no se definen como burgueses sino como “ahorradores”; millones de personas en el mundo que de forma autónoma o en manos de  brokers, intermediarios, gerentes de fondos, mueven billones de euros cada día  en busca de centésimas  de rentabilidad inmediata. La ausencia de crédito a las empresas de economía real no es más que una prueba de que el beneficio es ajeno a la iniciativa económica y a la creación de empleo. No hay nadie más desleal para con los de su país que estos  “grandes ahorradores”  y la cohorte de  “capitalistas populares” que, al menos que se sientan estafados como los “preferentes”, participan de las especulaciones financieras al tiempo que reclaman mano dura y gritan ¡que se jodan! a parados y desahuciados.

El sometimiento al parasitismo financiero en las últimas décadas ha sido absoluto; el poder de la banca y de los grandes fondos de inversión amenaza los instrumentos democráticos, alimenta las ambiciones más zafias del ser humano y recuerda el poder tiránico de los señores de la guerra. El próximo reto de la humanidad es la revolución insecticida.