Saskia Sassen: “El problema no es la disciplina fiscal en la eurozona sino la financiarización de todo”

London City Hall. Foto por nick.garrod
London City Hall. Foto por nick.garrod
Saskia Sassen.
Saskia Sassen.

La socióloga holandesa Saskia Sassen, especializada en la sociedad global moderna y, más en concreto, en las ciudades y  la globalización, ha sido galardonada con el Premio Príncipe de Asturias de las Ciencias Sociales 2013. En esta entrevista opina sobre diversos acontecimientos y procesos de la actualidad social y económica: la crisis financiera y Europa, los conflictos sociales en las grandes ciudades, el papel de las grandes metrópolis en un mundo globalizado y, finalmente, el problema de la vigilancia de los ciudadanos para constituir un estado policial.

En su opinión, ¿cuál es la causa fundamental de la crisis de la Eurozona?

Tengo un gran respeto y admiración por lo que supone el proyecto de la integración europea. Este respeto viene no de la idea de que todos debemos estar juntos y crear algún tipo de “super estado”, sino de los elementos fundacionales que impulsaron el proyecto: la creencia en la ley y la creencia en soluciones no militares. Pero hay algo que a este respecto lo califica y es que cuando se estaba tomando el impulso para acelerar la adopción del euro fue dirigido por las corporaciones empresariales. Los grandes ganadores del euro fueron las grandes compañías que podrían de este modo aumentar de tamaño y entrar en el espacio económico global de manera más efectiva. Los que sufrieron fueron las empresas más pequeñas conectadas a los mercados subnacionales y regionales.

Ahora bien, no estoy en contra de tener una moneda integrada —es evidente que para mí, como para alguien que viaja por toda Europa, es fantástico—; el problema fue la prisa. Recuerdo los debates en los que supuestamente no había manera de hacerlo. Bueno, lo conseguimos. ¿Por qué? Porque grandes intereses de poderosas corporaciones estaban tras eso y cuando ellos quieren conseguir algo, ¡por Dios que lo consiguen! El hecho de que la mayoría de esas economías nacionales estuvieran constituidas por pequeñas empresas, mercados regionales y producción local fue sencillamente pasado por alto. Y ahora creo que estamos pagando el precio.

Hay, desde luego, otros problemas. Uno es que la integración a escala continental, y la moneda única, les vino muy bien a las finanzas —algo que es muy diferente de la banca— para seguir con sus actividades. Si tuviéramos todavía monedas nacionales diferentes, con bancos centrales controlando firmemente la situación se habría evitado los aumentos  a gran escala que hacen que valga la pena para las finanzas globales. Cuando tienes este nivel de integración, las finanzas se movilizan y las finanzas “se financializan”.

Hablar de finanzas no es hablar de dinero: si nos fijamos en los derivados financieros contratados, que son la medida básica del valor de las finanzas, el valor de estos es varias veces mayor que el PIB mundial. Las finanzas son extraordinariamente perjudiciales y parte del problema en este momento no es la falta de disciplina en las economías de la eurozona. Ni siquiera es la falta de responsabilidad mostrada por los gobiernos nacionales. Es la financiarización de todo. La situación en Grecia, donde de repente hemos tenido mercados financieros apostando contra el país es típica, para mí, de una conducta criminal.

Dados los problemas económicos en la Eurozona, ¿está disminuyendo la importancia de la Unión Europea ante el resto del mundo?

Siempre he pensado que si la Unión Europea hubiera sido inteligente habría incorporado a Turquía. Turquía ya no quiere integrarse —es muy posiblemente en este momento una economía mucho más dinámica que la de la UE— pero hubiera sido inteligente haberla atraído al proyecto. Hubiera incorporado a una población musulmana que es increíblemente ilustrada. El mundo académico turco, por ejemplo, está en mi opinión entre los mejores. Creo que ha sido una oportunidad perdida para crear un puente con la parte del mundo musulmán más cercana a Europa.

Sin embargo, sigo creyendo que la integración europea importa. Importa al mundo como una zona poderosa que está por la solución de los problemas mediante la negociación y la diplomacia. Los europeos saben de diplomacia; la única diplomacia que los EE.UU. reconocen es tener cañones más grandes. De este modo, la pérdida de la Unión Europea sería una lástima para la geopolítica mundial, mucho más que desde una perspectiva económica.

Foto por Pranksky
Foto por Pranksky

En la última década se han producido disturbios en las ciudades europeas, como París y Londres. ¿Cómo se pueden entender estos actos de desorden público?

Cuando veo que ocurren estas cosas mi primera reacción es salirme del lenguaje corriente acerca de los “disturbios”, o el de las descripciones del Occupy movement, que frecuentemente es percibido como algo inútil o incluso destructivo porque no hay tras él ni partido ni programa. Creo que necesitamos revisar estas formas de descripciones a fin de entender que algo importante está sucediendo. La cuestión clave, para mí, como universitaria y teórica, es: ¿los que no tienen poder hacen historia? Y si la respuesta es sí, entonces, ¿hacen ellos historia sin convertirse en autoridad?

Si observamos cómo hemos tratado frecuentemente la cuestión de la carencia de poder, nos hemos visto normalmente por defecto como si no tuviéramos poder, pero si algo positivo sucede entonces nos volvemos fuertes. Yo sostengo que entre esas dos condiciones hay un vasto número de historias invisibles que involucran a la gente que estuvieron sin poder pero que, sin embargo, hicieron una historia que ha permanecido invisible porque no se empoderaron. Al empoderarte te haces visible. Sin embargo, creo que bajo ciertas condiciones la falta de poder puede llegar a ser compleja y en esa complejidad reside la posibilidad de hacer historia, o el logro de objetivos políticos de forma distinta, incluso si no llega a empoderarse. Esos momentos pueden ser puntos en una trayectoria que es multigeneracional. Pensemos en el movimiento de los derechos civiles en los EE. UU., que arrancó hace ya un siglo o más, o en la lucha de la mujer por el voto. No quiero perder esos momentos que son quizás un peldaño hacia algo que marca una diferencia.

De esta forma, cuando me fijo en esos disturbios y revueltas, me pregunto si esta es la política de los que no tienen poder. Esta gente sabe que si tratan y negocian con parlamentos directamente a fin de conseguir una ley que cambie las cosas no van a llegar a ninguna parte, por lo cual creo que estos movimientos expresan otras formas con las que los que no tienen poder pueden adquirir una voz política. En París, en las banlieues (barrios de la periferia), se da por supuesto desde hace tiempo que el único idioma en el que puedes hacerte visible antes los medios de comunicación y la sociedad es yendo a quemar unos cuantos coches. Esto es lo que ocurre. Es un tipo de violencia urbana que actúa como forma de comunicación.

De todas maneras, creo que las revueltas de Londres fueron algo diferente de los movimientos Occupy. Las revueltas de Londres estuvieron también relacionadas con el descontento de la clase media por el fracaso de estado liberal, como lo están los movimientos Occupy. Si vamos al detalle, el contrato social del estado liberal ha sido siempre con la clase media y lo que hemos visto es que el contrato social con esta generación particular se ha roto por las políticas neoliberales de privatización, recortes de los gastos y austeridad.

Yo veo en las revueltas de Londres una versión desarticulada que no funciona como forma de comunicación como sí ocurre en los movimientos Occupy, sino que utiliza su cuerpo: es la somatización de la política. Quieren objetos materiales, quieren volverse consumidores, sus cuerpos se convierten en el instrumento y entran en las tiendas para coger lo que quieren o necesitan.

Es realmente más un saqueo que un movimiento político pero es el extremo de una escala mientras que el otro extremo lo ocupan gentes con una agenda social más sustantiva. Esta agenda trata de la confrontación de la clase media con una situación en la que el Estado les está fallando: jugaron con las reglas de juego establecidas, se plantearon la educación de forma seria, a lo mejor obtuvieron un título universitario, y todavía no tienen trabajo. No niego que los disturbios de Londres ofrecen una situación ambigua —se hicieron muchas cosas censurables— pero hay otra dimensión en la cual esta gente forma parte de esta historia en gestación. Y mi principal observación aquí es que aunque ellos no tengan poder todavía pueden hacer historia.

Usted ha desarrollado el concepto de ‘ciudades globales’, lugares que actúan como puentes entre grandes mercados globales emergentes y economías nacionales. ¿Cómo debemos ver las ciudades globales en Europa y sus relaciones con el resto del mundo?

La ciudad global es una especie de agujero estructural en el tejido de las economías nacionales, de las sociedades nacionales y de los territorios nacionales. Cada ciudad global es muy individual y altamente especializada, pero esto está fuera del alcance del radar de los comentaristas  porque cuando ves el lado de los consumidores de esas economías, lo que es más fácil de comprender y ver, hay una gran cantidad de estandarización. Además, cuando nos fijamos en el panorama de los renovados centros de las ciudades nos encontramos con que las tecnologías de vanguardia de esos centros financieros, de los aeropuertos, y todos los distritos comerciales y residenciales de lujo tienen un alto grado de estandarización… ¡sí, en el vector del lujo! No importa lo imaginativos que puedan ser los arquitectos, no importa que incorporen algunos detalles a los edificios para hacerlos diferentes, se puede notar ese ambiente estandarizado, con tecnologías de vanguardia.

Esto ha llevado luego a la hipótesis de que las economías de esas ciudades se están haciendo también más homogéneas. Sin embargo, en mi investigación he encontrado que la globalización ha impulsado una mayor especialización de las diferentes capacidades a través de las ciudades. Tomemos Europa: Londres es un centro financiero muy diferente de París o Fráncfort, y aún más de Nueva York o Shanghái, y podemos citar algunos más. Y todas esas ciudades son radicalmente diferentes. Si te fijas en los EE. UU., hay dos grandes centros financieros globales, Chicago y Nueva York, y los dos son radicalmente diferentes —a pesar de que el entorno vanguardista que ambas ciudades han utilizado en sus centros tiene los mismos elementos técnicos—. Esto es válido para todos los centros financieros de primer nivel. China tiene cuatro centros financieros principales que son radicalmente diferentes. Y esto se refiere no solo a las finanzas sino también a todos los servicios especializados —todo lo que está relacionado con la empresa— de la economía de la empresa al máximo nivel corporativo. El asesoramiento legal especializado y la contabilidad creativa también tienden a especializarse en torno de diversos sectores —se puede manejar la industria pesada y la logística global en Chicago y en Shanghái, en Nueva York y Pekín—. De este modo, cuando se trata de la ciudad global  independiente del medio social y cultural más grande de la ciudad—realmente no se puede generalizar a nivel continental ni distinguir entre ciudades globales de Europa y de EE. UU. y Asia. Cada una de esas ciudades tiene una función única, especializada, que la ofrece a los mercados globales y que ninguna otra ciudad puede proponer.

Ahora, la función global de esas ciudades es solo una parte de la ciudad. Londres es muchas ciudades y dentro de ella existe esa función global: una función completamente especializada que opera en muchos circuitos globales, donde la mayoría de los mercados de consumo —el mundo del arte, el mercado de seguros y podíamos añadir más— no participan. Si hablamos de las ciudades en general, desde luego que hay similitudes, pero no podemos generalizar acerca de esas ciudades en términos de lo que ellas significan para la economía global. Lo que importa a la economía global es el sector intermediario: no el consumidor final de la economía sino la economía de “la empresa para la empresa” donde el negocio hace negocios con el otro. Es en este mundo de “la empresa para la empresa” donde captas la extraordinaria importancia que las diferencias especializadas de esas ciudades tienen en los mercados globales, las empresas globales y los gobiernos, que también aprovechan esas capacidades.

Foto por the|G|™
Foto por the|G|™

Recientemente ha escrito sobre el asunto de la vigilancia. ¿Cree que los derechos ciudadanos, tanto dentro como fuera de Europa, están potencialmente amenazados por las medidas de seguridad destinadas a combatir el terrorismo?

La vigilancia es una de las cuestiones sobre las que estoy trabajando desde hace poco, pero no sobre la vigilancia a pequeña escala como las CCTV (circuitos cerrados de vigilancia) o las cámaras de tráfico, que para mí son realmente benéficas si ayudan a prevenir el crimen o la muerte de ciclistas. Estoy interesada en algo muy diferente: un sistema de vigilancia transnacional que abarca varios países.

Los Estados Unidos aportan la posición más extrema y está sirviendo de norma para el sistema. En los últimos diez años, como parte de la guerra contra el terrorismo, los EE. UU. han desarrollado un sistema de vigilancia que consta de más de 10.000 grandes edificios que almacenan un gran aparato técnico de vigilancia y recopilación de datos sobre personas y organizaciones. Emplea a casi un millón de personas con acreditación de seguridad de máximo nivel, incluyendo al menos a 260.000 empresas privadas. Esas empresas alquilan talentos extranjeros, lo cual es uno de los aspectos que más me interesan por lo que supone de transnacionalizar y desnacionalizar este mundo del alto secreto.

¿Cuál es la lógica que hay tras esto? La lógica de que para nuestra seguridad —y por esto entendemos prevenir ataques terroristas— cada ciudadano debe ser considerado, por la lógica del sistema, un sospechoso. Y toda esta vigilancia existe simplemente para llegar a un puñado de individuos, en un año dado, que podrían en la actualidad ser terroristas. Esto plantea dos problemas. Primero, en este tipo de sistema, ¿qué somos nosotros los ciudadanos? ¿Somos los nuevos colonizados? ¿Se nos debe controlar y enseñar cómo ser civilizados? Segundo, tenemos esta enorme superestructura de vigilancia para llegar a unos cuantos individuos que son amenazas reales, y entonces ocurre lo de Boston. Tienen ahora una masiva cantidad de datos que han recogido sobre todo el mundo; pero al mismo tiempo no están haciendo inteligencia al viejo estilo. De este modo el aspecto clave es ¿quién se está beneficiando realmente de esto? La respuesta está en las empresas que están involucradas en la producción y actualización de este aparato tecnológico.

De este modo, la cuestión de la vigilancia no tiene que ver con esta obsesión que existe en el Reino Unido sobre la vigilancia a pequeña escala y la conservación de detalles  personales. Ya estamos expuestos a través de las redes sociales como Facebook, Twiter y Google como para que esto importe. Más bien, como alguien dijo, estamos a una vuelta de llave de un estado totalitario: todavía no hemos girado la llave pero todos los elementos están dispuestos.

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 La entrevista fue realizada por Stuart A Brown and Chris Gilson, editores de EUROPP. Traducida por J. Aristu, con la inestimable ayuda de Antonio Delgado Torrico.

 

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